Cuando uno se aventura a vivir el Mundo Maya, las fronteras entre Guatemala, Chiapas (México), Belice, Honduras y El Salvador desaparecen, porque en su ADN sigue intacta una forma de ver la vida que forma parte de nuestra esencia como humanos y que poco a poco va desapareciendo en el mundo actual.

Por Alida Juliani

Ciudad de Guatemala, 25 ene (EFE).- Recorrer las huellas que la antigua civilización Maya dejó en el sureste de México y Centroamérica no es hacer una simple ruta turística, sino transitar de la mano de sus descendientes un camino en el que la vida se funde con el entorno natural, la cosmovisión, las tradiciones y la calidez del contacto humano.

Cuando uno se aventura a vivir el Mundo Maya, las fronteras entre Guatemala, Chiapas (México), Belice, Honduras y El Salvador desaparecen, porque en su ADN sigue intacta una forma de ver la vida que forma parte de nuestra esencia como humanos y que poco a poco va desapareciendo en el mundo actual.

La experiencia que propone la Organización Mundo Maya, nacida en agosto de 1992, y que Efe pudo vivir en un viaje por la zona, comienza en Guatemala, en uno de los entornos más mágicos que uno puede imaginar: el lago Atitlán.

La zona arqueológica más importante de la cultura Maya se ubica en la parte central norte de la Península. Foto: Marco Polo Guzmán, Cuartoscuro

RUPALAJ K’ISTALIN, LOS MAYAS DEL LAGO

En el lado suroccidental de ese lago, el más grande de Guatemala, amanece San Juan la Laguna y lo hace desde lo alto del cerro de Las Cristalinas, el cerro Kyaq Aaba’aj, y el Kajnom, nombres mayas que marcan el entorno donde desarrollan su vida los indígenas tz’utujiles.

Ellos son una parte pequeña de los diferentes pueblos descendientes de los mayas que han conservado idioma propio, 24 en total en todo el área.

Despertar en una de las casas comunitarias que las propias familias han habilitado para atender al turista, desayunar con sus integrantes, compartir fruta, tortillas de maíz recién cocinadas, café de las laderas volcánicas, huevos frescos y frijoles, es solo el inicio de una experiencia que atrapa y en la que quedas inmerso en las horas siguientes en las que te conviertes en uno mas.

Amanecer en el lago Atitlán, en San Juan La Laguna, el más grande de Guatemala. Foto: EFE

Por eso, rápidamente pasas a aprender las técnicas decorativas con las que los locales visten las paredes de sus casas con impresionantes grafitis espontáneos donde cuentan su historia, o te dejas llevar por el ritmo de los telares con los que las mujeres de la comunidad, organizadas en cooperativas, crean dibujos imposibles que tiñen después de manera natural con las plantas de la zona

Ellas, mujeres empoderadas, son también las que te enseñan a trabajar el cacao para convertirlo en chocolate de mil sabores, para que cargues energías antes de adentrarte en el sin fin de senderos históricos que rodean al lugar.

UAXACTUM, LA DESCONEXIÓN ANTES DE TIKAL

A 25 kilómetros al norte de Tikal, el gran emblema maya de Guatemala, abre sus puertas al viajero Uaxactum, una comunidad indígena de más de 100 años de antigüedad que custodia el centro arqueológico del mismo nombre, y que constituye el corazón de la Reserva de la Biosfera Maya.

Pasar un tiempo con sus habitantes, antes de acceder a la gran maravilla maya guatemalteca, es como desconectar en el tiempo y el espacio y aprender a disfrutar de sensaciones tan auténticas como sentir el agua fría de una ducha recorriéndote la piel.

Porque en Uaxactum no hay ni cobertura telefónica, ni internet, y por eso todo lo que vives es básico, puro, auténtico. Tanto como el compartir un almuerzo en uno de sus pequeños, pero muy cálidos restaurantes, donde la comida tradicional (a base de frijoles, tortillas de maíz, huevos de corral y café) te sorprende con ingredientes que la selva que te rodea te regala: mención especial al chakáh, un hongo escaso pero exquisito.

Parque nacional de Los Volcanes, en El Salvador. Foto: EFE

Desde Uxactum, donde las noches estrelladas se confunden con los amaneceres desde el antiguo observatorio astronómico maya, una estrecha carretera lleva a Tikal. Con suerte, en el silencio selvático la fauna autóctona te sorprende con visitas inesperadas, como zorros plateados que cruzan rápidos la carretera y, con suerte, algún jaguar.

Poco se puede decir de la gran urbe maya que empequeñece las figuras de sus visitantes entre las siluetas de sus majestuosos templos, que todavía hoy conservan la grandeza de la civilización que los vio nacer. Este relato debe dejar espacio para la sorpresa de sus visitantes.

BELICE, LA PEQUEÑA GRAN DESCONOCIDA

Mientras disfrutas de un almuerzo a base de Salmutes, las tortillas de maíz con pollo pibil y crema acompañadas de pico de gallo o tomate y cebolla con chile habanero, no puedes imaginar que un rato después vayas a embarcar en un viaje en lancha por el New River, el río que recorre el norte de Belice rumbo a Lamanai, su principal centro arqueológico.

Estás en Belice, ese pequeño gran país, un auténtico desconocido guarda tesoros naturales e históricos que sorprenden a cada paso.

Belice es muy caribeño en su físico, gran contraste con su día a día en inglés, idioma oficial, que se entremezcla con la latinidad de sus habitantes, más parecidos a un mexicano que a la familia real británica.

Cuando estás allí no puedes dejar de visitar a la familia Carrillo, originaria de Yucatán (México), que invierte su tiempo y sus esfuerzos en recuperar los vestigios que la civilización maya dejó, no solo en el país sino en los cimientos de su propia casa, levantada sobre los restos de un antiguo asentamiento.

Pintura mural en Sonsonate, El Salvador. Foto: EFE

Conversar con ellos sobre su idea de levantar el primer museo maya del país no es solo un acto de amabilidad sino algo que un viajero no podrá olvidar entre sus experiencias de vida.

EL RENACER EN LA SELVA LACANDONA

Parece mentira, pero en un simple viaje en barca Guatemala se convierte en México. Y lo sabes porque te lo dicen, porque en realidad el paisaje no cambia mucho, aunque, una vez más la historia de los mayas te ha trasladado a un escenario distinto por las costumbres de sus habitantes.

Unos kilómetros después de cruzar la frontera de Corozal, el micromundo ecológico de Top Ché te espera para sorprenderte con un ambiente cálido y familiar que encabeza doña Julia, quien a sus 97 años representa el alma de los indígenas lacandones, tejiendo con finas hebras canastos artesanales con una energía que saca de los baños que cada mañana, como desde siempre, se da en las aguas del cercano río.

En Top Ché la vida se detiene porque las horas están dedicadas a transitar por los ríos, caminos fluviales desde los que atravesar la selva, o a caminarla atravesando senderos de vegetación increíble, donde cada árbol, planta, mata, tiene su propia historia y sentido.

COPÁN, EL MUSEO DEL REY 18 CONEJO

Los esfuerzos para rescatar los vestigios mayas en Belice contrastan con el rico patrimonio arqueológico escultórico de Copan, el principal asentamiento en Honduras de esa civilización mesoamericana.

Custodiado por las ruinas que le dan nombre, Copan Pueblo alberga en su museo piezas de un increíble valor escultórico, todas originales, entre las que destaca la impresionante replica a escala natural del Templo Rosa Lila, también conocido como Templo del Sol, descubierto en perfecto estado.

Los cuidadores de estas joyas son la “Asociación de Guías de Copán”, que cuenta con 21 miembros, todos locales, que prestan sus servicios en diferentes idiomas y que transmiten a los visitantes el sincero cariño que sienten por sus raíces. Doy fe de su autenticidad.

Nadie que visite Copán podrá olvidar jamás el nombre del rey 18 Conejo, el decimotercer gobernante de esa ciudad-estado, cuyo amor por el arte dejó una huella imborrable.

EL SALVADOR, LA POMPEYA MAYA

Esa misma huella imborrable quedó sepultada bajo la lava de los volcanes de El Salvador, el último país en el que la civilización maya se estableció sin contar con que la fuerza de la naturaleza arrasara con sus últimos vestigios.

Quizá por eso el país centroamericano puede asemejarse a la Pompeya italiana, enterrada bajo la lava, pero esplendorosa igualmente.

Sin embargo, ese pequeño país alberga ocho ciudades mayas a visitar, la más conocida Cerén, pero también lugares más desconocidos como Santo Domingo de Guzmán, han recuperado no solo la tradición de sus cerámicas artesanales, también el nahuat, única lengua indígana maya que hablan ya muy pocos de sus habitantes y que comparten con el turista con clases particulares que, seguro, van acompañadas de un rico caldo de gallina.

El Mundo Maya es, en resumen, un viaje fascinante, en el que sumergido en los kilómetros de bosque que lo enmarcan, como reza uno de los carteles del Parque Nacional de Los Volcanes de El Salvador, el viajero no encontrará wifi, pero sí una mejor conexión con la vida.