Vivimos circunscritos en el espacio de la casa. Foto: Óscar de la Borbolla.

Un fantasma recorre el mundo, un virus imperceptible a simple vista que ha segado la vida de 2 millones de personas y que nos tiene a todos hundidos en el temor al contagio y con las esperanzas puestas en las vacunas que no sabemos, bien a bien, cuándo terminarán por devolvernos a la añorada y extraviada normalidad. Y hay algo más que también recorre el mundo y que va cobrando, en muchos de nosotros, carta de naturalidad: me refiero a una creciente vivencia de irrealidad, a la sensación de que las cosas no son deveras, contantes y sonantes, sino que estamos metidos en un sueño, aunque lo soñado sea una pesadilla.

El relativo aislamiento al que nos hemos sometido (estar la mayor parte del tiempo en casa solos o tratando con los más íntimos), la sustitución de lo presencial por lo virtual (el mundo dentro de una pantalla), la pérdida de la experiencia viva de encontrarnos de veras con los demás en los antiguos sitios de reunión, hacen que paulatinamente lo real se haya venido diluyendo. Los otros con su plena presencia corpórea, su tridimensionalidad material, su aroma, su textura, sus feromonas; los detalles que sólo en el contacto próximo podemos advertir, se han convertido en meras imágenes a las que sostienen infinidad de pixeles y, aunque sus voces sean reconocibles, no dejan de ser más que sonidos satelitales que han viajado cientos de kilómetros antes de salir por el auricular de nuestro teléfono o de nuestra tableta que hoy, por cierto, es nuestra principal ventana al mundo.

No hemos perdido del todo el contacto con los demás, pero “los demás” son hoy como los personajes del cine, la televisión o la radio: imágenes de pantalla o voces que salen de los auriculares y, aunque sepamos que son gente de carne y hueso, perfectamente reales, solo recibimos de ellos una parcialidad: su imagen y sus voces; características escasas que nos entregan una realidad desteñida, abstracta, una simulación y, por ello, la creciente sensación de que habitamos en la irrealidad.

Si ya de por sí el uso de las redes sociales había trasladado parte de nuestra vida a internet, ahora que la mayoría de las relaciones con el mundo son virtuales, se han atenuado las fronteras que nos permitían distinguir nuestra vida real de las vidas que observamos en las series de televisión: tenemos más familiaridad con los personajes de esas series que con nuestros amigos, estamos más al día de lo que ocurre con nuestros “amigos” virtuales que con los reales o, por lo menos, son tan parecidos: nombres, avatares, memes despersonalizados recorren las redes; fotografías de nosotros en otros tiempos y en escenarios que nos recuerdan otros tiempos.

Vivimos circunscritos en el espacio de la casa; salimos a la calle, algunos encapsulados en sus autos, pero todos detrás del cubrebocas o de viseras de acrílico y, principalmente, detrás del miedo a los demás, al virus que tal vez traigan los demás, y desde ahí, detrás del miedo, somos espectadores de un mundo distante del que sabemos por las noticias, porque hoy para todos, todo y todos son mensajes, información, imágenes virtuales de un mundo remoto. Esa irrealidad que nos rodea es la realidad actual y, frente a esto, no es extraño que nos sintamos seres igualmente irreales, y que nuestra vida se torne indistinguible del sueño. Somos fantasmas que recorren un mundo fantasmal.

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@oscardelaborbol