Los hombres no son los adversarios. El machismo, sí. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro

Washington, D.C.—“La mujer en casa y el hombre en la plaza,” dice el refrán que pretende expresar una supuesta sabiduría popular que confina a la mujer a los quehaceres del hogar y al hombre a las libertades y privilegios del mundo externo. La idea de que cada sexo tiene su propia esfera de acción.

El Refranero de la biblioteca Miguel de Cervantes contiene una amplia compilación de refranes que desvaloran a la mujer y cuya característica es la misoginia. “A la mujer y al perro, el pan en una mano y el palo en la otra”. “A la mujer temeraria, o dejarla o matarla”. “La mujer de buen aliño, hilaba y devanaba y vendía vino, y daba la teta al niño”. “A la mujer y a la gallina, tuércele el cuello y te dará la vida”.

Si bien datan de tiempos antiguos, cuando la evolución de las relaciones entre mujeres y hombres era impensable, las actitudes sociales de hoy exhalan el tufo machista de los refranes de ayer. A más de tres siglos de “Hombres Necios”, los cambios sociales y culturales que anheló Sor Juana Inés de la Cruz, la primera feminista de México, son una asignatura pendiente.

La discriminación contra las mujeres y las niñas y la desigualdad entre sexos tienen su expresión extrema en los actos de violencia machista. México atraviesa por una crisis nacional de feminicidios–concepto acuñado por María Marcela Lagarde para distinguir a la violencia común de aquella que se dirige a mujeres y niñas sobre la base de su género. En 2019, 3 mil 825 mujeres y niñas fueron asesinadas, un incremento de 6 por ciento respecto a 2018 y casi el doble de lo registrado hace tres años, según María Salguero, creadora del Mapa Nacional de los feminicidios en México.

Se multiplican las protestas y surgen brotes de descontento en varios puntos del país. Las feministas alzan la voz. La indignación parece desbordar las redes sociales. López Obrador ve “mano negra”. Las mujeres prolongan el clamor para que el gobierno promulgue políticas públicas diseñadas a la crisis de los feminicidios y deje de embutirlos en el mismo costal de los homicidios de la violencia generalizada. Oyen, pero no escuchan.

La respuesta “anémica, insensible y condescendiente” del Gobierno de López Obrador, según críticos, ha inyectado un sentido de urgencia en el debate de género, de machismo y de cómo debería responder el gobierno. Las mujeres demandan un cambio de paradigma y nada menos (The New York Times 20/02/2020).

Pocas veces en el pasado el reclamo femenino había tenido tal resonancia. Los primeros grupos feministas en nuestra era nacieron en los movimientos estudiantiles de los 60 y 70 que desembocaron en masacres a manos de presidentes priistas al servicio de la CIA. México sintió el coletazo del auge de las luchas por la liberación de la mujer en Estados Unidos. Sus demandas eran similares a las de hoy: derecho al aborto, anticonceptivos accesibles, guarderías gratuitas, tolerancia sexual, equidad de género e igualdad de acción y derechos en el trabajo y en la sociedad.

Las políticas neoliberales no ayudaron. Per no por la interpretación simplificada y mecánica que hacen algunos políticos con tal de endilgarles los feminicidios. El feminismo latinoamericano enarboló la lucha por la equidad de género y la no discriminación. Pero lo hizo desde las ataduras de las instituciones neoliberales. Fue un feminismo no cimentado en la resistencia o en la demanda de cambio, sino en la adaptación al modelo neoliberal impuesto por el Consenso de Washington en México y en países latinoamericanos. Su efecto sobre el activismo femenino fue regresivo.

Las mujeres fueron de las más afectadas por los cambios dictados por el neoliberalismo. El concepto de “feminización de la pobreza” capta nítidamente el impacto negativo que tuvo en las mujeres. Muchas fueron arrolladas a trabajos marginales y de uso intensivo de mano de obra en las maquiladoras, sin derechos laborales o salarios justos. Con la ayuda de centros académicos y organismos internacionales, la lucha feminista fue cooptada y su mensaje adaptado al neoliberalismo (Stanford 12/12/2018).

El problema de fondo es el orden patriarcal. El hombre sigue dominando. La fuerza y la brutalidad machista se siguen usando para demostrar hombría y poder de dominio, para imponer la voluntad y los deseos de un sexo sobre el otro. Acoso sexual, violencia y feminicidio.

Los estudiosos de las causas del feminicidio reconocen que es un problema complejo en el que intervienen factores económicos, políticos, culturales, filosóficos e históricos. No es sólo el neoliberalismo. Si así fuera, se limitara a los estratos más marginados de la sociedad. No es el caso. También hay acoso sexual, violaciones y feminicidio entre los más pudientes y en países fuera de la órbita neoliberal. El machismo no es monopolio de una clase o de un sistema particular.

La batalla contra la discriminación, el hostigamiento sexual y los feminicidios no es confrontación de géneros. Los hombres no son los adversarios. El machismo, sí. Vivir sin miedo, libres para entrar y salir de casa, es derecho no negociable. Por eso, el 8 de marzo, la marcha es en sentido inverso: “El hombre en casa y la mujer en la plaza”; el 9 de marzo, la mujer en casa y no en la plaza. Pero por su libre y soberana voluntad.

Twitter: @DoliaEstevez