ADVERTENCIA: EL SIGUIENTE ES UN TEXTO DE FICCIÓN

El siguiente texto fue compartido originalmente en Twitter. Su autor, Juan Burgos, autorizó que SinEmbargo lo compartiera.

Por Juan Burgos 

Ciudad de México, 25 de febrero (SinEmbargo).– Estamos en el año 2026, febrero 25. Poco más de 6 años después de la gran crisis mundial por el coronavirus. Nadie se esperaba lo que pasó. Nadie vio las advertencias.

Hoy el mundo es otro. Las grandes compañías de tecnología ayudaron a crearlo.

Pero, ¿a qué costo?

A finales de marzo del 2020 el mundo se enteró que China había estado escondiendo la realidad respecto al nuevo virus coronavirus, conocido como COVID-19.

Un virus que en un inicio se esperaba fuera como sus otras cepas, pero resultó mucho más agresivo, contagioso y resistente.

La tasa de contagio (R0, como le dicen los expertos) se elevó de un inicial 3.2 a un impresionante 25.8.

Es decir, se esperaba que cada paciente enfermo contagiara en promedio a 3.2 personas, pero realmente cada paciente enfermo contagió, en promedio, a más de 25 personas.

Ahora, el virus no resultó ser tan letal como otros coronavirus o incluso cepas de influenza. Lo que provocó la tranquilidad temporal de la comunidad internacional, pero también un descuido y relajamiento en protocolos para contención y contagio.

Grave error.

El COVID-19, a pesar de no ser tan letal, se caracterizó por tener un periodo de recuperación mucho mayor que otros virus y, lo más importante, el paciente recuperado podía contagiar otras personas por hasta 3 meses después de haber sido dado de alta.

Contagio silencioso.

Lo anterior causó que los sistemas de salud se saturaran de forma casi inmediata en todo el mundo.

Pacientes con tiempos de recuperación más largos y, además, contagios silenciosos gracias a un virus que se comportaba como algo que nunca habíamos visto.

Histeria colectiva.

China sorprendió al mundo construyendo en cuestión de semanas un enorme hospital en 2020.

Para 2021 había construido 13 hospitales iguales y aun así no se daban abasto para atender a tantos enfermos con periodos de recuperación sumamente largos y contagios atípicos.

Los sistemas de salud del mundo colapsaron. Los hospitales, clínicas y centros de salud no pudieron con la cantidad de enfermos.

Pero la real crisis de salud mundial vino cuando el virus llegó a África, India y Sudamérica a mediados del 2020.

Grandes poblaciones empezaron a emigrar a las áreas desarrolladas buscando huir de zonas de alto contagio y sin servicios de salud suficientes.

Los países más desarrollados se organizaron para establecer puntos de atención en las fronteras, pero fue insuficiente e insostenible.

La “gran migración mexicana” fue el parteaguas de la crisis, lo que provocó que las grandes compañías de tecnología entraran a ayudar.

A inicios del 2021, México recibió casi 2 millones de migrantes de Sudamérica.

Los servicios de salud en México colapsaron.

Los migrantes no querían llegar a México, el país tenía sus propios problemas de salud desde hace meses.

Querían llegar a Estados Unidos. Había un rumor respecto a que en Estados Unidos había una vacuna y un tratamiento que reducía el tiempo de recuperación y paraba el contagio silencioso.

En un principio Estados Unidos pensó en usar la fuerza militar para detener los migrantes a todo costo. Pero había certeza que el virus se propagaba vía aérea gracias a su resistencia para vivir fuera del paciente.

A nadie le convenía tener montones de muertos en la frontera.

Se requería un nuevo acercamiento a la solución del problema. Atender enfermos en grandes hospitales no estaba funcionando.

Ni China, con toda su capacidad de construcción, pudo contener el virus de manera exitosa. Urgía una solución rápida para evitar más contagios.

Fue aquí donde las empresas de tecnología entraron con una propuesta alternativa. Un esfuerzo coordinado entre Google, Huawei, Tesla y Amazon.

La idea general era monitorear y detectar pacientes de forma temprana y atenderlos desde su casa con medicamento y equipo médico.

Al principio la idea fue rechazada por la OMS y por los gobiernos. Pero ante la inminente crisis, el congreso de Estados Unidos decidió escuchar la propuesta.

Algo que en aquel entonces parecía un fragmento de un libro de ciencia ficción, pero nos quedábamos sin opciones.

Partiendo de la idea que la gran mayoría de la población tiene o puede tener acceso a un smartphone, Google, Huawei y Amazon desarrollaron un software especial que monitoreaba la respiración del usuario.

Esto pues había una clara conexión entre la respiración y virus.

El software vino a desnudar la realidad de la capacidad de escucha de los smartphones, pues las compañías de tecnología aceptaron que los micrófonos de estos aparatos, con el software adecuado, son capaces de escuchar y monitorear la respiración de hasta 6 personas en un cuarto.

Se tenía claro que no todos los habitantes de la tierra tendrían acceso a un smartphone o incluso electricidad para encenderlo.

Ahí fue donde entró Tesla que preparaba un proyecto muy importante de drones autómatas alimentados por luz solar. Los drones entregarían smartphones.

El objetivo era poner al menos un smartphone, con el software adecuado, y una fuente de poder solar para mantenerlo encendido, por cada 4 o 5 habitantes en toda la tierra.

Enfocándose, principalmente, en las zonas más afectadas por brotes o con brotes muy agresivos del virus.

Los smartphones detectarían casos sospechosos. Esos casos sospechosos serían ubicados y se enviaría un kit médico, desarrollado por un start up de San Francisco, que detectaba la posible presencia del COVID-19 en el aliento del paciente sospechoso.

Algo como un alcoholímetro.

En caso de que un kit médico detectara un paciente sospechoso inmediatamente se le enviaría, por medio de drones desarrollados en colaboración de Amazon y Tesla, el tratamiento, equipo y protocolos necesarios para atenderse en su casa.

Sin poder salir en al menos 90 días.

Los pacientes enfermos serían entonces ubicados geográficamente en una etapa temprana. Serían atendidos y aislados de forma rápida.

Y, a través también de Amazon, se les enviaría cada tres días un paquete de víveres. Salir de sus casas sin permiso significaría romper la ley.

El software sería una mezcla de lo que en aquel entonces conocíamos por Alexa, Siri y otros asistentes virtuales en el mundo. Los smartphones ya escuchaban todo lo que decíamos, solo que no lo sabíamos con claridad.

Todo estaba, tecnológicamente, dispuesto para la solución.

Antes de aprobar el plan mundial, se hizo una prueba en una ciudad que nunca supimos cuál fue, pero fue en México. Se rumora que fue en el norte.

Nadie sabía lo que pasaba. Se comentó en redes de la presencia de drones. Se demostró, 3 meses después, que el plan funcionó.

El costo de llevar la prueba de una población de 1 millón, a poblaciones de miles de millones era una locura.

Al enterarse, organizaciones de derechos humanos protestaron por temas de privacidad. La crisis de salud fue más fuerte. El plan se aprobó, nunca supimos el costo final.

Los primeros días era impresionante no ver un solo avión en el cielo, pero sí cientos de pequeños drones volar por todos lados.

Se desplegaron ejércitos en las ciudades del mundo para cerciorar que todo humano tenía un celular cerca. Se endureció la seguridad en todos lados.

Hubo muchas falsas alarmas. Pero el sistema de inteligencia artificial que generó Amazon aprendía de cada una de ellas.

Al primer año de la crisis, el 98% de la población del MUNDO tenía un celular y centro de carga solar.

Si llegaba un dron a tu casa, seguro tenías COVID-19.

Cada día fue más común convivir con los drones. Saber que alguien estaba durante 3 meses en cuarentena en su casa. Se potenció el home office.

Amazon compró Walmart para poder surtir los víveres a los pacientes en cuarentena. Todo usando distintos fondos de emergencia mundiales.

Una vez superada la crisis de salud, más o menos a finales del 2023 e inicios del 2024, el sistema de monitoreo establecido por las cuatro empresas comenzó a monitorear y detectar otros virus.

Pidieron más presupuesto para controlarlos y atenderlos oportunamente. Se autorizó.

Cada vez el sistema era más inteligente. Los diagnósticos cada vez más certeros.

El sistema, después de escuchar a tanta gente por tanto tiempo, empezó a prever crimen, violencia y disturbios, alertando autoridades con tiempo suficiente para aplicar medidas preventivas.

La respuesta de las autoridades era cada vez más tardada. Esto, pues las alertas, no solo de un posible virus sino de problemas sociales, eran cada vez más frecuentes.

Amazon y Tesla desarrollaron un dron con cámara que se posicionaba justo en la escena de un futuro problema.

Los “watch drones” fueron exitosos disuadiendo el crimen, violencia y estallidos sociales. Se generó un gran debate mundial sobre privacidad y DDHH.

Hubo quien argumento a favor y en contra. Pero nunca nos habíamos dado cuenta de lo rebasadas que estaban las autoridades.

A finales del 2024, no solo se había controlado la crisis de COVID-19, sino que los índices de violencia y crimen bajaron drásticamente en prácticamente todo el mundo gracias a los “watch drones”.

Fue ahí donde se empezó a cuestionar la razón de la existencia del gobierno.

La “salvación” del COVID-19 fue gracias a cuatro empresas y una serie de pequeñas empresas alrededor suyo.

La violencia estaba bajando. La gente empezó a pedirle a los gobiernos que les dieran la fuerza pública a estas empresas.

“Gobierno innecesario”. Se veía en protestas.

Las cosas escalaron rápidamente. Las empresas contaban con un sistema de inteligencia social impresionante.

Las empresas nunca emitieron una opinión, pero ante la posible amenaza, los gobiernos intentaron quitarles el control del sistema de inteligencia.

Empezó la hostilidad.

La amenaza del COVID-19 seguía presente, por lo que los gobiernos no podían intervenir a los 4 grandes para retomar control ante la posibilidad de una interrupción del servicio de monitoreo y alertas.

Las empresas se vieron amenazadas y decidieron actuar con el apoyo popular.

El inicio del 2025 fue de transición. Las 4 empresas tomaron el control del mundo.

Los cuatro grandes solucionaron el problema del COVID-19. Bajaron índices de violencia en casi todo el mundo.

Y ahora son los responsables del cobro de impuestos, seguridad y servicios públicos.

Aquel que fue empleado de gobierno es ahora empleado de las 4 grandes.

Se elige, para cada puesto, a quien el sistema de inteligencia decide que está más preparado para el puesto. Estamos constantemente monitoreados y el mundo está en paz.

Pero… ¿por cuánto tiempo?

Fin.