Entre los monstruos marinos que Luisa enfrenta a sus 17 años, está la idealización del amor, el descubrimiento de nuevas experiencias y la confrontación con la realidad y la decepción. Todo esto entre espectaculares paisajes oaxaqueños y múltiples posibilidades surrealistas.

Monstruos marinos es una magnífica exploración de los mundos interior y exterior de su narradora adolescente. Una historia de ensueño con partes filosóficas”, dijeron los jueces del Premio PEN/Faulkner de Ficción 2020, que este año seleccionó como ganadora a Chloe Aridjis por esta novela.

Ciudad de México, 25 de abril (SinEmbargo).- En su tercera novela, la escritora mexicana Chloe Aridjis vuelve a narrar a través de una protagonista mujer escenas que oscilan como olas entre la fantasía, la magia y solo una pizca de realidad.

A diferencia del mundo onírico de El libro de las nubes (2011) y Desgarrado (2015), en Monstruos marinos (Lumen, 2020) esboza un mundo, sí, un tanto surreal, pero con una consistencia diferente: la del mar, su obscuridad y su retadora profundidad.

Un reflejo de las reflexiones que pueden alcanzarse más en la playa, entre listones de espuma, que en una ciudad, entre cláxones y tráfico, como le ocurrió a Luisa, una adolescente apunto de alcanzar la mayoría de edad que enfrentó sus monstruos internos lejos de sus padres.

“Todos, desde los taxistas hasta los titulares de los noticieros, se quejaban del esmog, y el gobierno no hacía nada”, se quejaba de la ciudad. “El océano produce olas y nosotros respondemos con triángulos de colores para mediar [bandera roja para marea alta, por ejemplo]”, se quejaba en la playa.

En esta ficción de Aridjis son épocas de los walkman y cassettes de Joy Division. La narración es rápida, menos sombría que en las anteriores y el argumento sencillo, pero inquietante: una estudiante, habitante de la colonia Roma posterremoto de 1985, lee en el periódico que unos 12 enanos ucranianos se han escapado de un circo soviético y decide irlos a buscar a Zipolite, la playa nudista de Oaxaca, “el centro del cosmos”. Sus otras dos novelas se sitúan en Alemania y en Inglaterra.

Si los encuentra o no ya es secundario. Si los padres la regañan o no es irrelevante. Su escapada (de la rutina, de los padres, de la escuela de ricos donde está becada, de “lo absurdo” de la ciudad o de todo a la vez) es tan inestable como una lancha mal amarrada a la orilla. Fugitiva, sin permiso y sin dinero suficiente, como los enanos. Todas sus decisiones son su responsabilidad.

“El océano contiene la noche más larga de todas, en la profundidad la noche es perpetua, una oscuridad densa y absoluta jamás tocada por el sol, la luz puede penetrar el agua pero solo hasta cierto punto, y gran parte del océano es opaca por siempre; a 30 metros la noche dura 19 horas, a 45 metros la noche no cede más que durante 15 minutos del día solar, y en esos 15 minutos ofrece solo un crepúsculo pasajero, nada más”, discurre.

Entre los monstruos marinos que Luisa enfrenta a sus 17 años es la idealización de los chicos. Viaja a Zipolite con Tomás Román (o TR, como anotaba en las páginas de su cuaderno), un joven de 19 años que trabajaba en una librería y que conoció en la calle, un desconocido pero “misterioso” de ojos grises, dos lunares; un enorme hueco entre los dientes frontales.

Pero una persona te lleva a la otra. La figura masculina fortachona, mezclada de erotismo y confusión amorosa, vuelve a ser descrita por Aridjis como en su momento experimentó la protagonista de El libro en las nubes, Tatiana.

Esta ocasión a través de El Tritón, un extranjero (o local) enigmático (o no), menos surrealista que en su primer novela, cuya portada muestra el cuadro de la Ruptura (1955), de la surrealista Remedios Varo. El Tritón, un hombre que secuestra la total atención de Luisa solo por construir castillos de arena en cada anochecer, a lado de una Negra Modelo.

La atención que queda de la chica, vegetariana desde los 14 tras un pacto con el reino animal, es el contraste entre la vida urbana y la de costa, a donde decidió llevarse un sombrero para el sol y un libro prestado por uno de sus profesores.

“Buscaba la calma en la impaciencia del océano, cuyo único rastro de serenidad era el gris azulado de un paisaje indefinido a la distancia, que no era otra cosa que más mar”, describe Luisa. “Por las noches el estruendo era tan intolerable que tenía que recordarme a mí misma que el silencio es también una imposibilidad en la ciudad, y que incluso en los días en que no salía de mi casa la ciudad  se abría paso por las ventanas. Nuestra calle no era muy transitada, y aun así el clamor no cesaba: cláxones, los pregones de los vendedores ambulantes, mensajeros en motocicleta, el ruido de los radios en las azoteas y patios cercanos”.

Desde la playa sureña de Oaxaca, aun sin autos y sin vecinos impunemente escandalosos, la inmensidad del mar le pesa, los animales marinos le gritan y la monotonía le taladra los oídos más que la construcción de a lado de su entonces lejana casa en la capital del país, en tiempos de “la caída del sistema”.

Monstruos marinos se lee en tres o cuatro sentadas o acostadas, recomendable para “viajar” a la arena, luna llena y mar en estos tiempos de confinamiento.