Lo que fue presente reúne los diarios íntimos del autor colombiano, donde relata su camino desde 1985: sus angustias, obsesiones, amores y dificultades económicas. Leemos los diarios como si escucháramos el monólogo, a lapsos oscuro y triste, de un joven que, conforme nos cuenta sus deseos más inconfesables, madura, envejece.

En entrevista para Puntos y Comas, Faciolince habla sobre la experiencia de transcribir el pasado, de las implicaciones personales y familiares de publicar textos tan íntimos, y de la escritura de diarios en tiempos de cuarentena.

Ciudad de México, 24 de abril (SinEmbargo).- Antonio Muñoz Molina escribió, en un artículo para El País, que los diarios –refiriéndose a los escritos por Stendhal– se leen como si acabaran de escribirse. “O más exactamente: como si se estuvieran escribiendo ahora mismo, delante de nosotros”.

Esa misma impresión, ese efecto, provoca la lectura de Lo que fue presente (Diarios 1985–2006), de Héctor Abad Faciolince, volumen que reúne los diarios íntimos del autor, en los que relata las angustias de un escritor que, en sus inicios, escribía poca ficción y mucho sobre sus obsesiones, sus amores y sus dificultades económicas.

Leemos los diarios como si escucháramos el monólogo, a lapsos oscuro y triste, pero también emotivo, de un joven frente al espejo que, conforme nos cuenta sus deseos más inconfesables, madura, envejece. En las primeras páginas brota la autocrítica dura, incluso cruel, del futuro narrador:

«Escribo mal y quien mal escribe es porque mal piensa. No soy claro de inmediato, y hay que ser claro sin rebuscamientos. Un diario representa la búsqueda de la claridad: el borrador de los libros que algún día voy a escribir mejor».

Y más adelante se cuestiona el valor mismo, para la posteridad, de ese registro cotidiano de infortunios, alegrías y pesares:

«Si todos los pensamientos se parecen, ¿para qué dejo testimonio del mío? Es como embalsamar la propia mano y dejarla en un frasquito para el gusto macabro (asqueroso) de los tataranietos. […] Pero tal vez logre que la escritura no sea un despojo, una ‘letra muerta’, una momia. Eso, que la escritura sea como mi cuerpo vivo, como mi mano que aprieta la mano del otro».

Y así se leen los diarios de Abad Faciolince, como una mano que te aprieta mientras te adentras en su intimidad.

También abundan los momentos lúbricos, como aquel en el que relata una infidelidad con una “musa pálida de nombre virginal” que le recuerda que vivir es delicioso. Y desperdigados por ahí, entre esas 610 páginas, resplandece uno que otro aforismo, como un halo de luz al final de un oscuro pasillo: «La terrible banalidad de los que nunca han sufrido». El diario consigna, además, uno de los momentos más trágicos en la vida de Abad Faciolince, mismo que marcó su carrera literaria e inspiró su novela El olvido que seremos (2006): el asesinato de su padre Héctor Abad Gómez, ocurrido el 25 de agosto de 1987 en Antioquia, Colombia.

En una de las entradas, fechada el 4 de octubre de 1987, Abad Faciolince escribe: «Mataron a mi padre. Lo mataron por motivos políticos. […] Creo que ningún niño, ningún adolescente ha querido a su padre como yo al mío. Cuántas veces no lloré, antes de su muerte, por su muerte». En las páginas de los diarios íntimos desfilan los pensamientos más oscuros e, incluso, una que otra mentira vital (Ibsen dixit), esas que enmascaran una verdad demasiado amenazadora, peligrosa o dolorosa para ser expresada en voz alta.

Y uno intuye algo al leerlos: todos nos parecemos.

“A mí me parece que el valor de los diarios, frente a las memorias, esa escritura retrospectiva, es que los diarios se escriben en presente. Y si uno logra, al publicarlos, ser honesto y no modificar nada, adquieren un valor universal. Eso fue lo que intenté preservar a toda costa”, dice Abad Faciolice.

En entrevista con Puntos y comas, el escritor colombiano habla sobre la experiencia de transcribir el pasado, de las implicaciones personales y familiares de publicar textos tan íntimos, y de la escritura de diarios en tiempos de cuarentena.

REESCRIBIR LA VIDA

—A la hora de volver a tus diarios de juventud, ¿cómo fue leer, en el presente, a ese Héctor del pasado, en el que quizá no te reconoces?

—Los diarios son un género extraño, tanto cuando los escribes como cuando los editas. Y también cuando uno mismo, como autor, los lee y transcribe. Tengo una memoria bastante defectuosa, así que la experiencia de leerlos fue algo rarísimo. Me acuerdo de los hechos, pero no de los detalles. Hay una especie de despersonalización muy curiosa. Es como leer a un clon de uno mismo, pero joven, con preocupaciones y angustias que no reconozco como mías, aunque tiene un lado agradable porque uno se ve envejecer, madurar, cambiar.

—Los diarios surgen después de que quedas insatisfecho con una novela que decidiste no publicar, como cuentas en el prólogo. Cito una de tus frases, para preguntarte: ¿Esta vaina de ser escritor te mantiene todavía agitado?

—A pesar de los años de carrera, sigo siendo autocrítico con mi trabajo. Quiero estar convencido de que todo lo que publico vale la pena, de que no es pura basura. Lo que ha cambiado es que, tras varios libros publicados, ya no me angustia lo que me atormentaba al inicio. Puedo decir (suspira), tranquilamente, que soy escritor y que tengo la fortuna de ser leído, a pesar de que la perspectiva de fracaso, de que los libros no salgan bien, sigue presente. Por eso sigo desechando proyectos literarios. Y me desanimo, pero eso no me derrumba, no me hunde.

El diario consigna uno de los momentos más trágicos en la vida de Abad Faciolince: el asesinato de su padre, el 25 de agosto de 1987 en Antioquia, Colombia. Foto: Erick Baena Crespo

—A la hora de transcribir tus diarios, ¿tuviste la tentación de omitir anécdotas o hechos para no lastimar a tus seres queridos?

—Sí, esa tentación siempre está presente, pero hubiera sido una gran deslealtad. Lo primero que hice fue una transcripción fiel de los diarios, de principio a fin, como si yo fuera una máquina, despojado de todo pudor. Luego necesité de la ayuda de mis editores, además de un buen amigo, para sacar el machete y podar el número de páginas, de lo contrario el libro hubiera sido de casi 1200 páginas. La vida, a diferencia de un libro, no se puede corregir. Puedo corregir la ortografía, cambiar párrafos de lugar, omitir palabras que se repiten o eliminar pasajes que, poniéndome en los zapatos del lector, pueden ser tediosos por reiterativos. En eso consistió la labor de edición. Pero nunca hubo censura ni ganas de omitir las situaciones más escabrosas o duras que –el libro lo constata– están ahí.

¿EJERCICIO TERAPÉUTICO O DOLOROSO?

—Tras la publicación de los diarios, ¿te preocupó la opinión de tu familia?

—Lo que más me angustiaba era el efecto que tendría la lectura de los diarios en mis hijos, que tienen 33 y 29 años. Hice sufrir mucho a su madre y me preocupaba que la lectura de los diarios les causara dolor. Por eso hablé con ellos antes de tomar la decisión de publicarlos y fueron muy generosos, me dijeron: “Publica lo que quieras; nosotros no los vamos a leer”. A mi madre, mis hermanas y mi esposa no les pedí permiso, y creo que ha sido duro para ellas, aunque todavía no me han dicho nada.

—Después de El olvido que seremos, una novela testimonial, en la que cuentas la historia de tu padre, es natural que un autor autobiográfico como tú publique sus diarios. No obstante, ¿sientes pudor sobre lo que revelas en sus páginas?

—En mi vida de carne y hueso soy muy pudoroso: me cuesta mucho trabajo hablar de intimidades. En mi vida literaria, en cambio, no me importa ser impúdico: es como si fuera otra persona. Cuando escribo me brota esa personalidad impúdica, que puede ser cruel con los demás y conmigo mismo. Y eso tiene que ver con que concibo la escritura como un territorio de libertad pura, en donde no hay riendas. También hay otro factor: dejé de escribir diarios en el 2006, así que han pasado 14 años, periodo en el que puedo decir: “Ese era yo”.

—A la hora de transcribir, revivir momentos, reescribir hechos trágicos, ¿ha sido terapéutico para ti o todo lo contrario: una experiencia dolorosa?

—Escribir los diarios me ayudó a entender mejor lo que me estaba pasando. Y ahí vaciaba la angustia, el enojo y la culpa que me invadía en esos momentos. A la hora de transcribir, tuve momentos de mucho desagrado, en los que me decía: “¿Por qué tengo que escarbar viejas heridas?”. Si este ejercicio de memoria fue catártico, todavía no lo sé. Creo que conforme pase el tiempo podré saber qué efectos tendrá en mí la publicación del libro. A finales de noviembre del año pasado, cuando se publicaron en Colombia, me sentía muy mal. Creía que la lectura iba a producir cierta repugnancia y tenía miedo del rechazo de la gente, incluso de la prensa. Así que exponerme a las entrevistas me ha servido para tranquilizarme, pues, por fortuna, lo que temía no ha pasado: ningún periodista me ha hecho sentir juzgado.

DIARIOS DEL ENCIERRO

—El encierro domiciliario, debido a la contingencia sanitaria ocasionada por el Covid-19, que nos obliga a estar con nosotros mismos, a mirar hacia adentro, ¿qué efectos tendrá en tu escritura, en tus próximos proyectos literarios?

—Por ahora los efectos no han sido buenos. Creo que la angustia por lo que puede pasar en el mundo no me ha permitido, en estos días de aislamiento total y solitario, concentrarme en ningún proyecto personal. Para no sentirme del todo inútil empecé a traducir un cuento de Kipling que me cuesta bastante trabajo entender en algunos pasajes. Esa concentración en otro asunto me ha convenido. Al menos no me paso el día tratando de estar actualizado sobre el desastre que vive el mundo, o las tonterías que hacen o dicen ciertos funcionarios (incluyendo a varios mexicanos). Creo que en mi actual estado mental soy más capaz de responder a estímulos externos (música, lectura, traducción) que a estímulos internos (creativos).

“Los libros que ahondan en la enfermedad contagiosa pueden ser benéficos en este contexto”, opina el autor colombiano. Foto: Erick Baena Crespo

—Los ciudadanos ansían el fin de la contingencia sanitaria, no obstante es algo que ocurrirá dentro de algunos meses, aparentemente. Parece el momento preciso para escribir diarios. ¿Qué piensas de este tipo de bitácoras del encierro?

—Sí, es curioso. En estos días he notado que mucha gente está escribiendo diarios y a veces publicándolos en los periódicos. Hay como un renacimiento del género y eso me agrada, me sorprende. Tal vez en situaciones de tensión la gente se vuelca hacia sí, hacia la intimidad. También he leído un par de crónicas de personas que han enfermado y se han recuperado. ¿Qué quedará de todo esto? No lo sé, es muy pronto para decirlo. Quizá aparezcan nuevos talentos, voces desconocidas que en estas circunstancias encuentran el tono y el tema que necesitaban. 

—Parece que el miedo nos arrebata, en estos momentos, algo de humanidad (en Jalisco, México, un grupo de personas bañó con cloro a enfermeras por temor al virus), ¿a qué libros recomiendas acércanos para recuperar la empatía?

—Si se leen los viejos libros sobre la peste veremos que era igual en el medioevo. En el prólogo de Boccaccio a su Decamerón se describen situaciones muy tristes, como padres abandonando a sus hijos, viejos o jóvenes que mueren solos, gente que escapa de sus amigos o de sus seres queridos. En estas situaciones sale lo peor (pero también lo mejor) del ser humano. Es una gran experiencia para los ojos curiosos: aprenderán mucho sobre la naturaleza humana. Los libros que ahondan en la enfermedad contagiosa pueden ser benéficos en este contexto. Como tenemos tiempo, recomendaría leer La montaña mágica de Thomas Mann.