En la historia de la ciencia y la filosofía, en general del pensamiento, ha habido muchísimas ideas que han cambiado el rumbo de la humanidad. Foto: Especial.

Dejemos por un momento la pandemia y los problemas humanos, “demasiado humanos” (como los llamó Nietzsche); esos que “hallan su acomodo en cualquier parte” (como dice El brindis del bohemio) y levantemos la cara hacia el amplio horizonte. Ya me cansé de chapalear en lo imperativo; quisiera dar un paso para restablecer la normalidad y eso se logra, al menos en mi caso, ocupándome de lo importante. Abordemos, pues, esos asuntos que no son noticia hoy, pero que han sido pensados y repensados durante siglos y que seguirán demandando la atención en el futuro, cuando este lamentable episodio se haya diluido y nadie lo recuerde.

En la historia de la ciencia y la filosofía, en general del pensamiento, ha habido muchísimas ideas que han cambiado el rumbo de la humanidad y hoy se me vinieron a la mente dos de ellas que, de veras, trastocaron la visión humana acerca del mundo y a mí me sacudieron las entendederas de manera violenta cuando las comprendí: una la puso en el mundo Einstein y la otra, Hegel. La primera tiene que ver con el espacio y la segunda con la praxis: con la acción propiamente humana:

Comencemos con Einstein: la noción de espacio que se tenía por válida en su época era la newtoniana (idea que hoy todavía comparte mucha gente): el espacio como algo neutro, preexistente, dado: como un contenedor, pero que en sí mismo no es nada: el llamado espacio absoluto. En ese espacio los cuerpos se presentaban y se movían sin que el espacio mismo contara y, sobre todo, sin que ocurriera nada con él. Con esa noción de espacio, Newton afirma que la Tierra, atraída por la fuerza gravitatoria del Sol, saldría disparada INSTANTÁNEAMENTE si el Sol desapareciera de súbito. La afirmación parece lógica, pues, si imaginamos la fuerza de gravedad como una larga cuerda que nos detiene, efectivamente, si desaparece lo que tira de esa cuerda, su ausencia la resentimos instantáneamente. A Einstein, sin embargo, le chocaba la instantaneidad, pues sabía que en el universo no existe nada más veloz que la luz y ésta tarda 8 minutos en viajar del Sol a la Tierra. Esta incongruencia sólo podía resolverse con una idea distinta de la gravedad. Diez años, dicen, le tomó a Einstein resolver el problema y, precisamente, lo logra con su Teoría General de la Relatividad, que es donde aparece una manera completamente diferente de entender el espacio: el espacio no es un contenedor neutro, sino que es algo y, además, algo que se deforma por la masa de los cuerpos que aparecen en él. Pasar del espacio absoluto al relativo; del espacio como aquello en lo que no hay nada y cualquier objeto puede caber, y llegar a concebirlo como un algo deformable, tan deformable que si el peso es suficientemente grande puede hacer que el espacio se combe tanto que se cierre, como ocurre con los hoyos negros, es una idea excepcionalmente genial. Gracias a ella, la gravedad se explica a partir de la curvatura del espacio.

Pasaron muchos años antes de que esta teoría tuviese su primera demostración empírica. Se diseñó un experimento, aprovechando la ocurrencia de un eclipse total de Sol y, como la cúpula celeste es la misma de noche (cuando el Sol no está enfrente deformando el espacio) que de día (cuando el Sol no solo nos impide ver las estrellas, sino que curva el espacio por su presencia) y se constató que las estrellas que se veían de día no estaban en el mismo lugar que por la noche. Lo que significaba no que las estrellas se hubiesen corrido sino que la luz se doblaba de acuerdo con la curvatura del espacio calculada por Einstein. Dicen que cuando se le informó de los resultados del experimento, Einstein no manifestó ninguna emoción y quien lo entrevistaba le preguntó: ¿No se asombra por el resultado? Y Einstein se limitó a responder: Lo que me habría asombrado es que no fuese así.

La maravilla de Hegel la expondré la próxima semana (Continuará).

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