Jorge Moch lleva años escribiendo sobre los horrores que se respiran en México. Orosucio, su más reciente novela, “describe una cruenta realidad mexicana, la descomposición de la sociedad, la violencia cotidiana y lo que las personas padecen”. 

Ciudad de México, 25 de octubre (SinEmbargo).– Jorge Moch, autor de novelas negras, dice que no le sorprendería que el aumento de violencia en México forme parte de una estrategia para “joder” y “desestabilizar” al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

“Es un Gobierno nuevo, por eso no me sorprendería que buena parte de esa violencia sea dirigida. A la larga bajará. Se requiere tiempo. Va la cosa bien. Creo que la Guardia Nacional nos ayudará a pacificar al país”, responde el escritor cuando se le pregunta su opinión sobre las cifras de homicidios en 2019.

Él lleva años escribiendo sobre los horrores que se respiran México. Orosucio, su más reciente novela, “describe una cruenta realidad mexicana, la descomposición de la sociedad, la violencia cotidiana y lo que las personas padecen”.

“¿Es más fácil escribir desde la tragedia? ¿Es más fácil escribir sobre la violencia?”, se le pregunta a Moch. “Yo creo que sí. Como mexicano, sí. Si fuera noruego, tal vez no. Como mexicano que vive sumergido en la violencia delictiva, sí creo que es más fácil narrar. Conozco la tragedia de cerca. Me ha tocado ver balaceras, por ejemplo. Yo vi cómo le vaciaron la metralleta encima a un chavo de 12 años. He visto cosas terribles. Se ha escrito mucho sobre la violencia. Es el caso de Orosucio, contesta.

En Orosucio, “el lector descubrirá en la novela más negra de las negras, personajes cuyas circunstancias los vuelven víctimas o victimarios sin posibilidad de escapar a un destino que, muchas veces, es decidido por fuerzas ajenas a la propia”.

El autor señala que escribe sobre autoridades que dan órdenes de muerte para mostrar eso que se intenta ocultar. “¿Cómo escribo sobre asesinato? ¿Cómo escribo sobre silenciamiento? Ha sido un reto. Hice investigación de campo. De ahí salen muchos de los personajes”, relata en entrevista con Puntos y Comas.

Orosucio, publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE), forma parte de una trilogía. El texto se encuentra precedido por Sonrisa de gato y ¿Dónde estás, alacrán?

Jorge Moch (Ciudad de México, 1966) es periodista, escritor e ilustrador mexicano. Ha colaborado con múltiples medios impresos como La Jornada Semanal y Milenio. Ha publicado trabajos de diversa índole y contenido (caricaturas, historietas, cuentos, entrevistas, ensayos, crónicas, reseñas literarias y cinematográficas, columnas editoriales y de opinión). Es autor de Hijos de la clepsidra (2007), por el cual obtuvo el Premio Nacional de Literatura Efraín Huerta, Sonrisa de gato (2006), ¿Dónde estás, Alacrán? (2008), Espinazo (2011) y Cenicienta (2012).

“Siempre he escrito y siempre he dibujado. Comencé a escribir a los 15 años y a esa misma edad comencé a dibujar”, cuenta Moch. El autor dice que uno de los peores infiernos que ha enfrentado es la página en blanco.

Puntos y Comas compartió en julio un adelanto de Orosucio. El texto puede ser consultado aquí. 

SANGRE EN LA NIEVE

Ya está aquí, otra vez, velo transparente y helado, vibración del aire fatal, estrangulamiento y angustia: mi tristeza. Sin ranchera que valga pero sin perro que ladre. Sin corrido que afloje la piedra negra que traigo enterrada en el pecho. Sin chingada madre.

La tristeza de uno es algo que se carga a solas. Es precisa- mente cuando a uno lo embarga la melancolía que viene a toparse de veras con lo solo que está en el jodido mundo. Y suele pasar que, por evitar humillaciones que echen sal en la herida, esa tristeza uno la disimula, la niega, la esconde a la mirada y al escrutinio ajenos; hace como que no la trae uno pegada en la nuca, aupada en la espalda, encorvándolo todo: espíritu, pasado, presente y futuro. Suele pasar que esta tristeza pegajosa y pesada, esta melaza triste que se le derrama a uno desde el pinche colodrillo hasta las uñas de las patas no sea más que una vieja gata revolcada y terca, siempre allí, siempre en el umbral, pesada y fofa, inamovible.

Retadora ante mi claudicación eterna y previsible, mi incapacidad de pelear con ella, conmigo mismo, con este abismo que siempre ha estado aquí, separándome de quienes tanto quise aunque fueran pocos. Porque siempre nos separa un abismo, y a estas alturas creo saber que vivir es precisamente ir gastando tiempo en el intento de negar eso, como el tal Sísifo con su puta piedra, así uno con su puentecito sobre el abismo, un puente- cito quebradizo y pinchurriento que tratamos de no ver, no aceptar, no reconocer que ahí vamos de bruces para despanzurrarnos en las piedras picudas del fondo hambriento siempre, sediento siempre, de sangre. Los psicólogos a eso le dicen neurosis; yo simplemente le digo puta la vida.

No sé cuándo empecé a enfrentarme a mi tristeza. Quizá de adolescente, aunque tampoco de niño fui una fiesta ambulante. No me descalabré de la risa cuando mi padre nos abandonó para irse a Estados Unidos y que nunca más volviéramos a saber de él porque de seguro se encontró a una gringa cogelona y ya no quiso saber de mi madre. Se rompía primero de tristeza, la pobre, y luego de fría indiferencia. Y luego de inanición. Y cuando mi madre, por no poderme mantener, me mandó a vivir al internado que regenteaba un cura abusivo y golpeador mi rabia se volvió tristeza. Cuando el cura me expulsó del internado porque me sorprendió robando galletas en la alacena por la madrugada, mi hambre se tornó tristeza. Cuando los soldados me acogotaron y me acusaron de tener algo que ver con la desaparición del Goyo el miedo se me fue convirtiendo pronto en tristeza. Cuando me abofetearon y me encueraron allí, en la nieve endurecida de la refrigerada en el bosque silencioso, rajado el silencio con sus carcajadas y sus insultos y mi llanto y mis berridos de dolor, y cuando me violaron quemándome el culo con los empellones y las rodillas con la dureza del hielo, todo aquello se me escurrió en tristeza, encalleciéndome lo que me pudiera quedar de alma. Cuando me cortaron los dedos meñiques de las dos manos casi por la mitad con un alicate el dolor fue una expresión extrema de mi tristeza y el corazón se me secó como un trozo de tasajo.

Por años me dijeron los curas y las monjas que había que trasmutar el sufrimiento en ofrenda a su dios. Quise hacerlo entonces y lo único que me quedó dentro fue un hueco enorme, el abismo sin puentes, la profundidad incalculable de mi tristeza porque comprobaba, mientras los alicates me arrancaban la piel y me trozaban el hueso con ruido de caña seca, que todo era mentira. Los soldados no estaban en el pueblo para protegernos, sino para ejecutar los intereses de sus comandantes y en ello cuidar los negocios turbios del viejo cacique que daba voces al viento helado de la sierra por su hijo desaparecido, la justicia nunca triunfa y los malvados nunca recibimos nuestro merecido siempre que nos volvamos más malos, más hijos de la chingada.

Dios no existe, ni hay virgen inmaculada que interceda por un niño al que los uniformados patean con sus botas encasquetadas y luego echan suertes para ver quién se la mete primero y luego ir al todoterreno por las pinzas y cortarle, a ese niño golpeado, insultado y vejado por ellos, un dedo de cada mano porque sí, porque podían hacerlo y eran tan desalmados que ninguno puso reparos, “para que aprenda a respetar”, dijeron.