lo tuyo era hacer, regularmente, un escándalo. Foto: Especial

ella era un bálsamo para tu dolor y tu vida aventurada, vida hecha jirones. ella era así: creía en los dragones pero lloraba porque nunca podría verlos. de verdad que tenías suerte, o cómo se explica la llegada de un bálsamo así.

lo tuyo era hacer, regularmente, un escándalo: desmontabas el colchón de la cama –cómo te gustaba hacer de las tuyas–, lo llevabas hasta la sala y lo dejabas caer en el centro. temblaba el piso y temblabas tú y temblaba ella. aquí, amor, aquí, decías, volteabas a verla y sonreías como si el fin del mundo estuviera hecho de pura ternura.

entonces agarrabas a la muchacha como si fuera la última vez en tu vida, escúchame bien, la última vez en tu vida que besabas a alguien. y la mirabas sin parpadear, tú, tremenda desdichada, como apostándole a que el alma se te saliera por las retinas. mordiéndola por todas partes, jugándole la lengua sobre el vientre, orejas y pestañas. sudando quedito hasta por las plantas de los pies.

así como también fue cierto que te pasabas por el culo la explicación científica de las leyes newtonianas; nada como que la inercia de los cuerpos se explique de esta única forma, decías y la arrastrabas al centro de la sala. no hay tal cosa, decías, que explique el caos como lo hacen las yemas de los dedos. y así le manoseabas todos los rincones.

tú tan plena, tan poca cosa en física, en matemáticas, tan feliz. y ella, mujer bálsamo, que tan serena te escuchaba y te ofrecía los brazos porque ella sí entendía de problemas relativos al movimiento de los cuerpos, de caída libre, de desaparecer sin razón.

ella se fue y dejaste todo igual. soplabas, a veces sin parar, a la piel muerta que quedaba sobre las sábanas. para que termine de irse, decías, para que la ley de la inercia, se explique al fin de otra manera.