Literatura Random House recupera este clásico de referencia del feminismo y la teoría de género. Un ensayo que se ha convertido en un auténtico manifiesto feminista.”Escribo desde la fealdad y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal cogidas, las incogibles, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.” Gana un ejemplar.

Ciudad de México, 26 de enero (SinEmbargo).- Controvertido ensayo autobiográfico que habla sobre sexo, feminismo y la cultura de la violación, Teoría King Kong se ha convertido en un libro de referencia para feministas y LGTBQ. La experiencia de Virginie Despentes, su autora, la hace escribir sobre prostitución, violación, pornografía y la necesaria revolución de los géneros, con la intención de contribuir al derrumbe de los cimientos patriarcales de la sociedad actual.

Literatura Random House prepara este relanzamiento junto al último libro de Vernon Subutex, la trilogía que ha confirmado a Despentes como la nueva dama de las letras francesas. Traducción revisada y actualizada por Paul B. Preciado.

Gánate un ejemplar de Teoría King Kong. Foto: Especial

Fragmento de Teoría King Kong, de Virginie Despentes, con autorización de Literatura Random House

TENIENTAS CORRUPTAS

Escribo desde la fealdad y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.

Me parece formidable que haya también mujeres a las que les guste seducir, que sepan seducir, y otras que sepan casarse, que haya mujeres que huelan a sexo y otras a la merienda de los niños que salen del colegio. Formidable que las haya muy dulces, otras contentas en su feminidad, que las haya jóvenes, muy guapas, otras coquetas y radiantes. Francamente, me alegro por todas a las que les convienen las cosas tal y como son. Lo digo sin la menor ironía. Simplemente, yo no formo parte de ellas. Seguramente yo no escribiría lo que escribo si fuera guapa, tan guapa como para cambiar la actitud de todos los hombres con los que me cruzo. Yo hablo como proletaria de la feminidad, desde aquí hablé hasta ahora y desde aquí vuelvo a empezar hoy. Cuando estaba en el paro no sentía vergüenza alguna de ser una paria, sólo rabia. Siento lo mismo como mujer: no siento ninguna vergüenza de no ser una tía buena. Sin embargo, como chica por la que los hombres se interesan poco estoy rabiosa, mientras todos me explican que ni siquiera debería estar ahí. Pero siempre hemos existido. Aunque nunca se habla de nosotras en las novelas de hombres, que sólo imaginan mujeres con las que querrían acostarse. Siempre hemos existido, pero nunca hemos hablado. Incluso hoy que las mujeres publican muchas novelas, raramente encontramos personajes femeninos cuyo aspecto físico sea desagradable o mediocre, incapaces de amar a los hombres o de ser amadas. Por el contrario, a las heroínas de la literatura contemporánea les gustan los hombres, los encuentran fácilmente, se acuestan con ellos en dos capítulos, se corren en cuatro líneas y a todas les gusta el sexo. La figura de la desgraciada de la feminidad me resulta más que simpática: es esencial. Del mismo modo que la figura del perdedor social, económico o político. Prefiero los que no consiguen lo que quieren, por la buena y simple razón de que yo misma tampoco lo logro. Y porque, en general, el humor y la invención están de nuestro lado. Cuando no se tiene lo que hay que tener para chulearse, se es a menudo más creativo. Yo, como chica, soy más bien King Kong que Kate Moss. Yo soy ese tipo de mujer con la que no se casan, con la que no tienen hijos, hablo de mi lugar como mujer siempre excesiva, demasiado agresiva, demasiado ruidosa, demasiado gorda, demasiado brutal, demasiado hirsuta, demasiado viril, me dicen. Son, sin embargo, mis cualidades viriles las que hacen de mí algo distinto de un caso social entre otros. Todo lo que me gusta de mi vida, todo lo que me ha salvado, lo debo a mi virilidad. Así que escribo aquí como mujer incapaz de llamar la atención masculina, de satisfacer el deseo masculino y de contentarme con un lugar en la sombra. Escribo desde aquí, como mujer poco seductora pero ambiciosa, atraída por el dinero que gano yo misma, atraída por el poder de hacer y de rechazar, atraída por la ciudad más que por el interior, siempre excitada por las experiencias e incapaz de contentarme con la narración que otros me harán de ellas. No me interesa ponérsela dura a hombres que no me hacen soñar. Nunca me ha parecido evidente que las chicas seductoras se lo pasen tan bien. Siempre me he sentido fea, pero tanto mejor porque esto me ha servido para librarme de una vida de mierda junto a tipos amables que nunca me habrían llevado más allá de la puerta de mi casa. Me alegro de lo que soy, de cómo soy, más deseante que deseable.Escribo desde aquí, desde las invendibles, las torcidas, las que llevan la cabeza rapada, las que no saben vestirse, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen los dientes podridos, las que no saben cómo montárselo, esas a las que los hombres no les hacen regalos, esas que follarían con cualquiera que quisiera hacérselo con ellas, las más zorras, las putitas, las mujeres que siempre tienen el coño seco, las que tienen tripa, las que querrían ser hombres, las que se creen hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les dan igual los hombres pero a las que sus amigas interesan, las que tienen el culo gordo, las que tienen vello duro y negro que no se depilan, las mujeres brutales, ruidosas, las que lo rompen todo cuando pasan, a las que no les gustan las perfumerías, las que llevan los labios demasiado rojos, las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse como perritas calentonas pero que se mueren de ganas, las que quieren vestirse como hombres y llevar barba por la calle, las que quieren enseñarlo todo, las que son púdicas porque están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las que se encierra para poder domesticarlas, las que dan miedo, las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que no tienen a nadie que las proteja excepto ellas mismas, las que no saben proteger, esas a las que sus hijos les dan igual, esas a las que les gusta beber en los bares hasta caerse al suelo, las que no saben guardar las apariencias; pero también escribo para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran con facilidad, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que les den por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos.

Porque el ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre realizada pero no desbordada por los pañales y por las tareas del colegio, buen ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre, esta mujer blanca feliz que nos ponen delante de los ojos, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, aparte del hecho de que parece romperse la crisma por poca cosa, nunca me la he encontrado en ninguna parte. Es posible incluso que no exista.

En realidad, si la mujer no tuviera existencia salvo en la ficción que han escrito los hombres, uno se la imaginaría como una persona de la mayor importancia, muy heterogénea, heroica y mezquina, espléndida y sórdida, infinitamente hermosa y extremadamente horrible, tan grande como el hombre, más grande según algunos. Pero esa es la mujer en la ficción. En la realidad, como señala el profesor Trevelyan, la encerraban, la golpeaban y la zamarreaban por el cuarto.

Virginia Woolf, Una habitación propia, 1929

¿TE DOY O ME DAS POR EL CULO?

Desde hace un tiempo, en Francia no nos dejan de echar la bronca con respecto a los años setenta. Que si hemos tomado el mal camino, que qué hemos hecho con la revolución sexual, que si nos creemos hombres o qué y que, con nuestras tonterías, váyase a saber dónde ha ido a parar la buena y vieja virilidad, esa de papá y del abuelo, de esos hombres que sabían morir en la guerra y conducir un hogar con una sana autoridad. Y con la ley respaldándoles. Nos echan la bronca porque los hombres tienen miedo. Como si la culpa fuera nuestra. Resulta asombroso y, como poco, moderno, que sea un dominante el que venga a quejarse de que el dominado no pone bastante de su parte… El hombre blanco, ¿se dirige aquí realmente a las mujeres o intenta más bien expresar que está sorprendido del giro que están dando globalmente sus asuntos? En cualquier caso, no es posible que nos echen tanto la bronca, que nos llamen al orden y nos controlen de este modo. Por una parte, jugamos demasiado a ser la víctima, por otra, no follamos como es debido, o somos demasiado zorras o demasiado tiernas y enamoradas. Sea lo que sea, no hemos entendido nada. O somos demasiado porno o no somos demasiado sensuales… Definitivamente, esta revolución sexual fue como echar margaritas a las tontas. Hagamos lo que hagamos, siempre hay alguien que se esfuerza por decirnos que es una mierda. Casi era mejor antes. ¿De verdad?

Nací en 1969. Fui a un colegio mixto. Supe desde los primeros cursos que la inteligencia escolar de los niños era la misma que la de las niñas. Llevé minifalda sin que nadie de mi familia se preocupara por mi reputación frente a los vecinos. Empecé a tomar la píldora a los catorce años sin más complicación. Follé desde que tuve la primera ocasión, me gustaba muchísimo en esa época y, veinte años después, el único comentario que se me ocurre al respecto es: “mejor para mí”. Me fui de casa a los diecisiete años y tuve derecho a vivir sola sin que nadie pudiera decirme nada. Siempre he sabido que trabajaría, que no estaría obligada a soportar la compañía de un hombre para que me pagara el alquiler. Abrí una cuenta corriente a mi nombre sin ser consciente de que pertenecía a la primera generación de mujeres que podían hacerlo sin depender de su padre o de su marido. Empecé a masturbarme bastante tarde, pero ya conocía la expresión después de haber leído libros muy claros sobre la cuestión: no era un monstruo social porque me masturbaba, en todo caso, lo que yo hacía con mi coño era asunto mío. Me he acostado con cientos de hombres y nunca me he quedado embarazada y, de todos modos, sabía dónde abortar, sin necesidad de autorización, sin poner mi vida en peligro. He sido puta, me he paseado por la ciudad con tacones altos y escotes largos sin rendir cuentas a nadie, cobraba y me gastaba cada céntimo que ganaba. He hecho autostop, me violaron, y después volví a hacer autostop. Escribí un primer libro que firmé con mi nombre de mujer, sin imaginarme por un segundo que cuando fuera publicado vendrían a recitarme la cartilla de todas las fronteras que no debo cruzar. Las mujeres de mi edad son las primeras que pueden vivir una vida sin sexo, sin tener que entrar en un convento. El matrimonio forzado se ha vuelto insólito. El deber conyugal ha dejado de ser una evidencia. Durante años, estuve a millones de kilómetros del feminismo, no por falta de solidaridad o de conciencia, sino porque, durante mucho tiempo, ser del sexo femenino no me impedía hacer gran cosa. Como tenía ganas de vivir una vida de hombre, he vivido una vida de hombre. Y es que la revolución feminista ha ocurrido. Basta de contarnos que antes estábamos más satisfechas. Los horizontes se han ampliado, nuevos territorios se han abierto radicalmente, hasta tal punto que hoy nos parece que siempre ha sido así. Es cierto, hoy Francia dista mucho de ser la Arcadia para todos. Aquí no estamos ni contentas ni contentos. Y esto no tiene ninguna relación con el respeto de la tradición de los géneros. Podríamos quedarnos todas en delantal en la cocina y tener hijos cada vez que follamos, eso no cambiaría en nada la quiebra del sistema de trabajo, del liberalismo, del cristianismo y del equilibrio ecológico.

Las mujeres que me rodean ganan efectivamente menos que los hombres, ocupan puestos subalternos, encuentran normal que las menosprecien cuando emprenden algo. Existe un orgullo de sirvienta que avanza con trabas, como si fuera útil, agradable o sexy. Un goce de esclavo en la idea de servir de trampolín. Nos avergüenza nuestro poder. Siempre estamos vigiladas por los hombres que siguen metiéndose en nuestros asuntos para decirnos lo que nos conviene y lo que no, vigiladas sobre todo por las otras mujeres, por la familia, por las revistas femeninas, por el discurso dominante. Es necesario reducir nuestro poder, nunca bien visto en una mujer: “competente” quiere decir todavía “masculino”.

Joan Rivière, psicoanalista de principios del siglo xx, escribe La feminidad como mascarada en 1927. Estudia el caso de una mujer “intermedia”, es decir, heterosexual pero viril, que sufre cada vez que se expresa en público, tiene un miedo tan horrible que pierde los papeles y que se traduce en una necesidad obsesiva y humillante de atraer la atención de los hombres.

“El análisis desveló que su coquetería y sus flirteos compulsivos […] se explicaban de este modo: se trataba de un intento inconsciente de disminuir la ansiedad que le provocaba el miedo a las represalias que temía recibir por parte de las figuras paternas después de haber mostrado sus proezas intelectuales. La demostración en público de sus capacidades intelectuales, que en sí mismas representaban un éxito, adquiría el sentido de una exhibición que pretendía mostrar que ella poseía el pene del padre, después de haberlo castrado. Una vez hecha la demostración, sentía un miedo horrible de que el padre se vengara. Se trataba, evidentemente, de una conducta destinada a apaciguar la venganza intentando ofrecerse sexualmente a él.”

Este análisis ofrece una clave de lectura del éxito del modelo de la “calentona” en la cultura popular actual. Ya sea mientras andamos por la ciudad o cuando vemos MTV o un programa musical en la primera cadena o cuando hojeamos una revista del corazón, nos asalta la explosión del estilo superputa, por otra parte muy favorecedor, que adoptan muchas chicas. Es una manera de disculparse, de tranquilizar a los hombres: “Mira qué buena estoy, a pesar de mi autonomía, de mi cultura, de mi inteligencia, en realidad, lo único que quiero es gustarte” parecen gritar las niñas en tanga. Tengo la posibilidad de vivir de otro modo, pero he decidido vivir alienada a través de las estrategias de seducción más eficaces.

Podemos extrañarnos, a primera vista, de que las chavalas adopten con tanto entusiasmo los atributos de la mujer-“objeto”, que mutilen su cuerpo y lo exhiban espectacularmente, al mismo tiempo que esta joven generación valoriza la “mujer respetable”, lejos de una sexualidad lúdica. La contradicción es tan solo aparente. Las mujeres envían a los hombres un mensaje tranquilizador: “No tengáis miedo de nosotras”. Vale la pena llevar ropa poco confortable, zapatos que dificulten la marcha, vale la pena rehacerse la nariz o hincharse los senos, vale la pena morirse de hambre. Nunca antes una sociedad había exigido tantas pruebas de sumisión a las normas estéticas, tantas modificaciones corporales para feminizar un cuerpo. Al mismo tiempo, ninguna otra sociedad ha permitido de modo tan libre la circulación corporal e intelectual de las mujeres. La refeminización de las mujeres parece una excusa que viene después de la pérdida de las prerrogativas masculinas, una manera de tranquilizarse, tranquilizándoles. “Liberémonos, pero no demasiado. Queremos jugar el juego, no queremos poderes vinculados al falo, no queremos asustar a nadie.” Las mujeres se aminoran espontáneamente, disimulan lo que acaban de conseguir, se sitúan en la posición de la seductora, incorporándose de este modo a su papel, de modo tan ostentoso que ellas mismas saben que –en el fondo– se trata simplemente de un simulacro. El acceso a los poderes tradicionalmente masculinos implica el miedo al castigo. Desde siempre, salir de la jaula se ha visto acompañado de sanciones brutales.

No es tanto el hecho de que hayamos asimilado la idea de nuestra propia inferioridad, no importa cuál haya sido la violencia de los instrumentos de control, la historia cotidiana nos ha mostrado que los hombres no eran por naturaleza ni superiores ni diferentes a las mujeres. Es más bien la idea de que nuestra independencia resulta nefasta la que está implantada en nosotras hasta el tuétano. Idea que los medios de comunicación retoman con insistencia: ¿cuántos artículos en los últimos veinte años se han escrito sobre las mujeres que dan miedo a los hombres, sobre las que se han quedado solas, las que han sido castigadas por su ambición o su singularidad? Como si ser viuda, estar sola o abandonada en tiempos de guerra, o ser maltratada fuera una invención reciente. Siempre hemos tenido que arreglárnoslas sin la ayuda de nadie. Pretender que los hombres y las mujeres se llevaban mejor antes de los años setenta es una contraverdad histórica. Nos frecuentábamos menos, eso es todo.

En el mismo orden de cosas, la maternidad se ha vuelto una experiencia femenina ineludible, valorada por encima de cualquier otra: dar la vida es fantástico. La propaganda “promaternidad” nunca ha sido tan martilleante. Menudo camelo, el método contemporáneo y sistemático de la doble obligación “tened hijos, es fantástico, os sentiréis más mujeres y más realizadas que nunca”, pero hacedlo en una sociedad decadente en la que el trabajo asalariado es una condición de la supervivencia social, aunque no está garantizado para nadie, y menos para las mujeres. Traed hijos a ciudades donde la vivienda es precaria, donde el colegio se da por vencido, donde se somete a los niños a las agresiones mentales más perversas, a través de la publicidad, la televisión, internet, las empresas de refrescos y todos sus colegas. Sin niños la alegría femenina no existe, pero criar a los niños en condiciones decentes es casi imposible. Es necesario, de todos modos, que las mujeres sientan que han fracasado. En cualquier cosa que emprendan, debemos poder demostrar que ellas lo han hecho mal. No hay actitud correcta, forzosamente hemos cometido un error en nuestra elección, se nos responsabiliza de un fracaso que es, en realidad, colectivo, social y no femenino. Las armas utilizadas contra nuestro género son específicas, pero el método también se aplica contra los hombres. Un buen consumidor es un consumidor inseguro.

Sorprendente y tristemente revelador: la revolución feminista de los años setenta no ha dado lugar a ninguna reorganización con respecto al cuidado de los niños. Tampoco del espacio doméstico. Ambos son trabajos benévolos, por tanto, femeninos. No hemos salido de la condición del artesanado. Tanto política como económicamente, no nos hemos preocupado del espacio público, no nos lo hemos apropiado. No hemos creado las guarderías necesarias ni los jardines de infancia, no hemos creado los sistemas industriales de trabajo a domicilio que nos hubieran permitido emanciparnos. No hemos invertido en estos sectores económicamente rentables, ni para hacer fortuna, ni siquiera para que sirvieran a la comunidad. ¿Por qué nadie ha inventado el equivalente a Ikea para cuidar a los niños, el equivalente de Macintosh para hacer las tareas domésticas? La organización de la colectividad sigue siendo una prerrogativa masculina. Nos falta seguridad con respecto a nuestra legitimidad para irrumpir en lo político; no se puede pedir menos, visto el terror físico y moral al que se enfrenta nuestra categoría sexual. Como si otros se fueran a ocupar correctamente de nuestros problemas y como si nuestras preocupaciones específicas no fueran tan importantes. Nos equivocamos. Si parece evidente que las mujeres se vuelven tan corruptas y asquerosas en contacto con el poder como los hombres, parece también innegable que ciertas consideraciones son específicamente feme…

Virginie Despentes (Nancy, Francia, 1969) es novelista y directora de cine. Transgresora y pro­vocadora, su mirada punzante sobre nuestra so­ciedad nunca está exenta de un toque de ironía. La popularidad le llegó con su primera novela, Fó­llame (Reservoir Books, 1998), que fue llevada a la gran pantalla. Desde entonces ha publicado Pe­rras sabias (Anagrama, 1998), Lo bueno de verdad (Anagrama, 2001, galardonada con el Prix de Flore y llevada al cine por el renombrado director Gilles Paquet-Brenner), Teen Spirit (2002), Bye-Bye Blon­die (Pollen, 2004) y Apocalypse bébé (2010, galardonada con el prestigioso Prix Renaudot). En 2006 publicó su ensayo autobiográfico Teoría King Kong (Literatura Random House, 2018), que la convierte en referente del posfeminismo.

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