Mucho nos hemos quejado varios de la polarización existente en las redes sociales. Foto: Pixabay.

Utilizo, como supongo que la mayoría de mis lectores, WhatsApp todos los días. Es una vía de comunicación simple que permite resolver asuntos pronto: ¿a qué hora llegaremos a comer?, ¿cuál es la dirección del sitio a donde voy?, si mi hijo ya hizo la tarea. Los que más me interesan, sobra decirlo, son los que me vinculan con mi familia o con asuntos laborales. También los de los amigos.

Tras éstos, vienen otros más complicados. Lo son porque involucran a más de dos personas. Si somos pocos, solemos ser ordenados. Sobre todo, porque los participantes solemos estar en una misma tónica. De nueva cuenta, sirven para ponernos al tanto de alguna noticia o para concretar los detalles de un encuentro o para avisar de un retraso o una ausencia. Hasta ahí, me manejo con cierta tranquilidad.

Mis problemas comienzan con los chats grupales. Esos foros en los que participan varias personas. Participo en dos escolares, uno por cada uno de mis hijos; en otro de vecinos; en uno laboral donde se acumulan una treintena de personas. Es con ellos cuando me doy cuenta de lo difícil que es llegar a grandes acuerdos. De entrada, porque una gran parte del contenido es irrelevante. Me ha pasado que, en una misma mañana, reciba medio centenar de “Buenos días” lanzados al aire. No me parece mal que me saluden pero la constante vibración del teléfono suele distraer. Sobre todo, porque no hay mucho contenido en el deseo matutino y porque, en realidad, es una muletilla.

He sido espectador silente de diálogos entre dos o tres padres de familia al igual que los otros veinte, callados. Me ha tocado ver cómo se pelea una pareja de padres frente a un auditorio callado. También, que haya acusaciones de uno al otro: hasta ahora, el método más eficiente para silenciar la voz del resto de los participantes, incapaces de tomar partido. Lamento mucho las peticiones constantes de tarea. Cuando yo estudiaba no había chats y, si se me olvidaba la tarea, tenía pocas opciones: llamarle a un amigo o no hacerla y pagar las consecuencias. Ahora son los padres quienes resuelven el problema del niño distraído. Tan fácil que sería que se comunicaren con uno sólo de los otros padres, sin poner de manifiesto todos esos olvidos.

Mucho nos hemos quejado varios de la polarización existente en las redes sociales. Nos hemos vuelto especialistas en temas desconocidos y lanzamos nuestras opiniones con flagrancia, suponiéndolas ciertas. Cada quien. Mi problema radica en que esta tendencia ya se sumó a alguno de los chats virtuales que habito. Así, mientras unos defienden a Maduro, otros hablan a favor del nuevo proceso democrático en Venezuela. El asunto se agrava: pronto ya no se descalifican las posturas ni se discute sino que se señala al que piensa diferente. Si en las redes sociales era casi inocua esa agresividad, no lo es en un chat de papás, por ejemplo. Al día siguiente tienen que verse y los insultos siguen latiendo en sus conciencias y en las de quienes atestiguamos la pelea. Es casi como ser adolescente de nueva cuenta y esperar a que se encuentren a la salida dos que se estuvieron provocando durante todo el día.

Eso sí, nunca falta alguien que busca mediar a partir de la empatía extrema o del anuncio revelador de que todos somos buenas personas y perseguimos el mismo fin. No estoy de acuerdo con esos discursos pero los agradezco en tanto vuelven a normalizar la frecuencia de las intervenciones. Eso no evita, sin embargo, una nueva discusión en torno a marcas de mantequilla o una nueva petición por la tarea.

Me parece que todas estas herramientas para comunicarnos de formas más efectivas, también cargan el lastre de la inconsciencia: como es tan fácil decir, ahora lo hacemos sin pensar demasiado. No pretendo quejarme, pues, de la herramienta ni de la utilidad de estos foros. Si acaso, de que nuestro mundo está cada vez más lleno de distracciones, por una parte, y de que éstas se van llenando de agresiones, por la otra.

Y pensar que se supone que una de las diferencias entre escribir y hablar radica en que uno tiene que pensar más el discurso fijado. Sobre todo, ahora, cuando todo mundo guarda registro del mismo.