Atrapasueños. Foto: Captura de pantalla

Esa palabra  es el bautizo/ de la última bocanada/ de

oxígeno./  Su poder arde/ entre los tiempos y la

conciencia./ Estamos aquí para encontrarla/ y se

pronuncie desde nuestras entrañas. Tomás Calvillo (1)

 

1.

Hay realidades que nos ahogan la palabra,

que la hunden en un paisaje helado,

que le cortan las alas y el deseo,

que la dejan húmeda de mares revueltos,

Inerme, frágil,

distante, ajena.

¿Cómo se nombra entonces al pan y al vino?

¿Cómo se cuenta la zarza ardiente entre las manos?

¿Con qué arrullos se acuna al recién nacido?

Esa palabra era el bautizo/ de la última bocanada/ de oxígeno.

Sumergidos con ella, sofocados en el límite de la sangre,

manoteamos el velo líquido

intentando salvar una mirada.

¿Nos has visto avanzar enloquecidos

por las orillas quemadas de sal?

Las yemas de los dedos lisas de silencio,

las pupilas que se mueven al ritmo de los pasos

y reflejan el blanco que las huellas quiebran.

Nombres, nombres, nombres,

Gestos y plegarias:

una eternidad sin piel.

Teníamos la levedad de un atrapasueños

para juntar tantas ausencias.

¿Por qué quebraron entonces las varillas?

¿Quién cortó la garganta de los pájaros?

Nada de esto se parece a aquello que nos prometieron.

Inerme, frágil,

distante, ajena.

Sin palabras beso la tibieza tus huesos.

2.

¿Cómo se vive con un desaparecido? ¿Con qué sonidos se lo nombra? ¿En qué silencios se lo intuye? Les juro que quisiera escribir sobre otras cosas, pero “la cabra siempre tira al monte”, y aquí estoy otra vez acompañando a los que abrazan a sus ausentes.

País el nuestro de huesos masticados por el desierto. “…todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos”, dice Antígona González buscando el cadáver de su hermano (2)

¿Han visto alguna vez las rondas de mujeres que se abrazan conmovidas porque han encontrado una de las miles de fosas que cubren México? ¿Las han visto velar juntas los fragmentos de huesos hallados? Llega entonces para ellas no el consuelo: sólo algo de paz, una pequeña paz que lagrimea.

Porque el horror de la desaparición es no tener certeza de qué ha sucedido con nuestro ser querido: ¿está vivo, está muerto, vive esclavizado en algún lado, lo han torturado durante todos estos años? Imposible hacer el duelo que toda persona merece. ¿Cómo sin cuerpo?

Rituales antiguos, rituales desde el comienzo de los tiempos. Quizás sea este vínculo con nuestros muertos lo que nos vuelve humanos. En Grecia les ponían una moneda en la boca, en Roma los rodeaban de flores, la tribu Yanomamö come las cenizas de sus seres queridos para ayudarlos a llegar al otro mundo, en Irán los cuerpos se llevaban a las torres de silencio para que los buitres los devoraran, los antiguos mexicanos enterraban también al perro del difunto para que guiara el alma hacia el Mictlán, hay quienes se cortan los dedos, quienes se rasgan la ropa o tapan los espejos, o quienes prefieren ponerlos –como canta Mercedes Sosa- “en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro”.

¿Y nosotras? ¿Y nosotros? ¿Y las madres, los padres, los hermanos de los 43 estudiantes, de los 72 migrantes, de los 30 mil de mi sur, de los más de 60 mil   desaparecidos en México, de los más de 400 mil asesinados? Y nosotros: ¿qué hacemos? ¿Frente a qué túmulo podemos orar, llorar o cantar?

3.

¿Cómo se vive con un desaparecido? Se preguntan Alicia de los Ríos y Liliana Gutiérrez en el excepcional documental de Daniela Rea, “No sucumbió la eternidad” (2017). La primera es hija de Alicia de los Ríos, militante de la Liga Comunista 23 de septiembre, desaparecida por el Estado mexicano en enero de 1978. A Alicia niña los abuelos, queriendo protegerla, le decían que su madre se había ido a estudiar al extranjero. Ella creció esperándola.

Liliana, por su parte, es la pareja de Arturo Román, y estaba embarazada cuando a su compañero y a su cuñado los secuestró el crimen organizado en San Fernando, Tamaulipas en agosto de 2010, dos días después de la matanza de migrantes. “¿Cómo explicarle a mi hijo que su padre no estaba?”

Alicia es hoy profesora, trabaja el tema de la memoria, y logró encontrar un cierto equilibrio en la herida y la desesperanza. Han pasado más de cuarenta años. Los tíos dicen, “Yo creo que está viva, y que la tiene el Estado”. Nunca les han respondido nada, “éste es un dolor que no se puede acabar”, agregan.

Liliana le transmite a su hijo el amor que por él sentía su padre aún sin conocerlo; cada escena remite a las historias que le cuenta al niño para que de a poco vaya sabiendo cómo era.

La naturaleza, la maternidad, el compromiso, son temas que se entretejen en esta malla sutil de memorias dolidas, encuentro y desencuentros con los ausentes. 1978, 2010, o 2020, la respuesta del estado es similar: por acción o por omisión. Estamos aún lejos de poder construir esas tres columnas fundamentales de los derechos humanos: memoria, verdad, justicia.

El documental es sensible y profundo. La ética, respetuosa de las palabras y los silencios de las víctimas, lo convierte en un conmovedor ejercicio político y amoroso.

Hemos acuñado nuevos términos y creado nuevos “oficios” en este infierno en el que vivimos: los “sabuesos” y las “buscadoras”, por ejemplo, que son madres y padres que recorren el país buscando fosas clandestinas, clasificando huesos, dialogando con los equipos de antropología forense; o los “jornaleros forenses” “que rascan la tierra a cambio de un sueldo pagado por los familiares de desaparecidos”, como cuenta Paula Mónaco Felipe (3).

Él le habla a los muertos aunque no los conozca. (…)

—Compañero, si estás ahí, dame una señal. O si me voy a acostar, hazme saber en un sueño dónde tengo que buscarte mañana. Háblame.

Les nombra con afecto mientras camina sobre capas de arena que mueve el viento. Clava la mirada en las plantas y en la maleza. Busca alguna transformación del terreno, un árbol que pudo servir para vigilar. Donde                     muchos vemos sólo verde o café, él lee historias completas.

—Yo he conocido mucho el campo y el campo a mí me dice muchas cosas.

Hemos creado también nuevos rituales, nuevas formas de sepultar y honrar a nuestros muertos. Son los que llevamos a cabo a través las crónicas, del periodismo narrativo, de la poesía, del cine, del teatro o la música. Se cuenta el horror para acompañar el proceso de simbolización del duelo, para cerrar ese “duelo suspendido” o inacabado, que es el resultado de una de las mayores perversiones de la violencia.

¿Cómo se vive con un desaparecido? ¿Con qué sonidos se lo nombra? ¿En qué silencios se lo intuye?

4.

Hay realidades que nos ahogan la palabra.  El mundo ya no es digno de la palabra / Nos la ahogaron adentro, escribió Javier Sicilia en su último poema, aquel del dolor lacerante por el asesinato de su hijo Juan Francisco.

Si ustedes leen el domingo estas páginas que ahora escribo, sabrán que estaré marchando junto al poeta y a cientos de personas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, y de otros muchos movimientos de víctimas, incluidos las madres y padres de los chicos de Ayotzinapa que caminarán exigiendo justicia como cada día 26, de cada mes, de cada año.

Me quedo con los últimos versos del poema del gran Raúl Zurita que le da título al documental de Daniela Rea:

       Porque nos encontramos no sucumbió la eternidad

      Porque tú y yo no nos perdimos

     ningún cuerpo

     ni sueño ni amor fue perdido (4).

En ese encuentro del tú y el yo tejemos la levedad del atrapasueños para abrazar tantas ausencias.

(1) Tomás Calvillo, “La primer y única”, citado por Javier Sicilia en Mensaje inaugural: Inicio de la Caminata por la Verdad, la Justicia y la Paz, 23 de enero de 2020 (consulte aquí) 

(2) Sara Uribe, Antígona González, México, Sur+, 2014.

(3) Ver Paula Mónaco Felipe, “Los jornaleros forenses”, en Gatopardo, mayo de 2019.

(4) El poema completo se puede leer en su libro Poemas de amor (consulte aquí)