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Antonio Salgado Borge

26/04/2019 - 12:05 am

Notre-Dame y los pobres

Algunos dueños de grandes capitales en distintas partes del mundo han ofrecido donar sumas millonarias para subsidiar la reconstrucción de la catedral de Notre-Dame.

Reclamar a los grandes capitales por no donar dinero ante las tragedias es un error. Foto: AP

Algunos dueños de grandes capitales en distintas partes del mundo han ofrecido donar sumas millonarias para subsidiar la reconstrucción de la catedral de Notre-Dame. Una de las críticas más comunes a estos ofrecimientos es la conveniente selectividad del espíritu filantrópico de los multimillonarios o de sus corporaciones. El reclamo es que, a la hora de decidir a quién donar sus recursos, los grandes capitales suelen olvidar a las personas viviendo en condiciones inhumanas.

Reclamar a los grandes capitales por no donar dinero ante las tragedias es un error. Y lo es porque la dirección de este reclamo expresa la misma mentalidad que ha permitido a los grandes capitales, particularmente los dedicados al sector financiero, seguir acaparando recursos que podrían ser distribuidos en el resto del mundo. Para ser claro, pedir donaciones voluntarias a los ricos para combatir la pobreza implica una claudicación tácita ante dos posibilidades a las que los grandes capitales suelen oponerse: (a) el cobro obligatorio de contribuciones por medio de impuestos y (b) la posibilidad de que Estado reparta directamente dinero a quienes más lo necesitan.

Alguien que tiene ambos puntos muy claros es el historiador holandés Rutger Bergman. Recientemente este académico se convirtió en un fenómeno viral a través de un video donde aparece sermoneando a un grupo de multimillonarios reunidos en Davos -Suiza- durante una sesión del Foro Económico Mundial. Bergman tenía un discurso preparado, pero de última hora decidió usar su presentación para dejar en evidencia que los discursos sobre desigualdad, justicia o transparencia de la élite económica de este planeta ignoran un detalle fundamental: que esta élite es gran parte de la causa del malestar social que caracteriza a nuestros tiempos. Y es que, hasta antes de la presentación de Bergman, en Davos no se había hablado de un gigante elefante sentado en medio de la sala: los ricos del mundo suelen evadir impuestos y no pagar la parte que les corresponde. No discutir este tema en el marco del Foro Económico Mundial, dijo Bergman, es como ir a una conferencia de bomberos y no hablar del agua.

El video de Bergamn ha sido visto millones de veces. Sin embargo, poco se ha hablado de la causa por la que Bergman fue invitado a Davos en primer lugar. El motivo para esta invitación es que en su libro titulado “Utopía para Realistas” (Bloomsbury, 2017) el académico holandés explica y respalda una serie de soluciones para algunos de los principales problemas de nuestro tiempo. Desde luego, una de las ideas es que los ricos deben pagar impuestos. Dado que este punto es incontrovertible, lo menciono aquí sólo a manera de contexto. Lo que me interesa señalar aquí para fines analíticos es otra de las ideas principales planteadas por este académico en su libro: la solución para terminar con la pobreza pasa porque el Estado reparta dinero sin condiciones a aquellas personas que lo requieran. Esto es, cuando se trata de repartir dinero a los pobres es al gobierno a quien debemos voltear a ver.

Esta propuesta, claro está, no es nueva y está directamente relacionada con el concepto de renta básica universal; la idea de que a cada persona, por el hecho de haber nacido, el Estado debe asignarle un ingreso fijo. Un elemento central en la propuesta de Bergman es que el dinero que reciben las personas debe ser sin condiciones y sin trámites burocráticos: o, por ponerlo de otra forma, “el único requisito es tener pulso”. Sin embargo, lo relevante aquí es que Bergman defiende este concepto con un énfasis original que incluye numerosas evidencias de casos de éxito.

La idea de “regalar” dinero enfrenta dos obstáculos que Bergman enfrenta con eficiencia. El primero de estos obstáculos es técnico; ¿cómo se puede implementar esta propuesta sin arruinar económicamente a un país? Esta inquietud, que podría parecer de inicio la más relevante, es respondida con Bergman mostrando que en la mayoría de los casos dar dinero a los pobres en los hechos termina siendo económicamente productivo. Para respaldar esta idea, Bregman documenta diversos casos que van en tres continentes distintos. La conclusión es que cuando esto ha ocurrido el Estado ahorra en gasto social y obtiene más ingreso por impuestos. El resultado, según distintos cálculos, es que esta política ¡se termina pagando sola!

Si el obstáculo técnico a la idea de Bergman cae ante el peso de las evidencias, ¿por qué entonces todavía existe tanta resistencia? La respuesta a esta pregunta pasa por el segundo de los obstáculos que enfrenta la idea de dar dinero sin condiciones a quienes lo necesitan: una barrera de corte ideológico. Para algunas personas cercanas a la cosmovisión de derecha esta idea dar dinero a los pobres los volvería holgazanes y, lo que es crucial, la disminuiría la productividad. Pero las evidencias presentadas por Bergman en su libro muestran que lo contrario es cierto. Y es que después de recibir un ingreso que les permite estabilizar sus condiciones de vida, la mayoría de las personas trabaja con igual o mayor dedicación. La idea de que los pobres son flojos -o, más específicamente, que son pobres porque son flojos- es un mito que Bergman arrasa con datos. El vínculo pobreza-flojera es una suposición que en la mayoría de las veces sólo está respaldada por prejuicios.

Pero el obstáculo ideológico a la propuesta de dar dinero a los pobres sin condiciones no sólo viene de la derecha. Para Bregman, la izquierda también se resiste a esta idea, aunque por motivos muy distintos. La izquierda suele temer que los pobres no hagan buen uso de los recursos que se les asignan. El miedo es que lo mal gasten o, peor aún, que lo utilicen para comprar drogas como alcohol o tabaco. Por ende, los gobiernos de izquierda suelen construir un aparato burocrático para cuidar el “buen” uso del dinero asignado. Sin embargo, Bergman muestra que esta visión, como la de la derecha, revela también un prejuicio: las personas que reciben este ingreso no lo malgastan, sino que lo emplean para mejorar sus condiciones de vida.

Por ejemplo, las evidencias muestran que los pobres no aumentan su consumo de alcohol u otras drogas al recibir efectivo del gobierno; lo reducen. Por contraintuitivo que parezca, esto es cierto incluso cuando el dinero es asignado a adictos en recuperación. Bergman muestra que en realidad el único aspecto en que los pobres manejan sus finanzas más deficientemente al promedio tiene que ver con la planeación a largo plazo. Pero también muestra que esto se debe a la escasez inmediata y que una vez que esta ha sido atendida, la asimetría desaparece.

Bergman no está en contra de libre mercado ni del capitalismo en sí mismo; su idea no es derrumbar al capitalismo sino salvarlo. Su libro empieza detallando una serie cambios positivos radicales que se ha producido en el último siglo gracias a este sistema. Pero, para el autor, varios de los más importantes problemas actuales surgen porque estos beneficios parecen haber alcanzado su límite y porque el exagerado peso de los grandes capitales ha generado condiciones perversas -como trabajo excesivo, desigualdad, pobreza, falta de movilidad social…-. A su vez, estas condiciones han generado un justificado malestar y pueden conducir a las democracias liberales al colapso. En este contexto, reclamar a los ricos donar dinero a causas justas para combatir la pobreza es apuntar al objetivo incorrecto. Si genuinamente se busca una transferencia de recursos a las personas más vulnerables con el fin de mejorar significativamente, de una vez y por todas, sus condiciones de vida, entonces se requiere de un reparto de efectivo constante que sólo puede venir del Estado.

En “Utopía para realistas” Rutger Bergman incluye tres capítulos dedicados a mostrar que su solución a la pobreza no es ni descabellada ni demasiado arriesgada: diversos casos que respaldan su viabilidad técnica, económica y social. Si nuestra intención es terminar con la pobreza, la exigencia tendría que estar dirigida hacia los gobiernos que claudican ante el estado de cosas injusto que a los grandes capitales del mundo suele beneficiar o tener sin cuidado. Exigir muestras de buen corazón a los multimillonarios en lugar de buscar soluciones radicales tan sólo muestra nuestra dificultad de ver más allá del conveniente molde que estos grandes capitales han creado.

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Antonio Salgado Borge
Candidato a Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Cuenta con maestrías en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y en Estudios Humanísticos (ITESM). Actualmente es tutor en la licenciatura en filosofía en la Universidad de Edimburgo. Fue profesor universitario en Yucatán y es columnista en Diario de Yucatán desde 2010.

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