Un terreno de selva deforestado, en el Parque Nacional Natural Tinigua, en Colombia. Foto: EFE

El día de la Tierra fue instituido el 22 de Abril de 1970 por el Senador de Wisconsin, EU, Gaylor Nelson. Su intención no fue sólo celebrar a la Pacha Mama, sino señalar la necesidad de iniciar un diálogo político sobre los abusos de poder en contra de la naturaleza.

Durante los años 60 en los Estados Unidos hubo un activismo rampante y combativo. Mientras la contaminación del aire se hacía visible y las capas de smog nublaban el horizonte en las ciudades más importantes del mundo, las personas empezaban a ver la conexión entre la industrialización y la destrucción de la naturaleza.

La presencia de chimeneas humeantes de ser consideradas como algo altamente positivo, estandarte del progreso y la productividad, pasaron a ser identificadas como la causa de muerte de personas y animales silvestres. En 1962 alrededor de 750 personas murieron en Londres a causa del smog. Y en 1965 luego de cuatro días de inversión térmica, una nube de smog mató a 80 personas en Nueva York. En 1969, una plataforma petrolera ubicada a 35 millas de la costa de California derramó 200 mil galones de petróleo matando a casi 4 mil aves, así como a peces, focas y delfines.

Es a raíz de estos hechos que en los 70 nacen en todo el mundo oficinas gubernamentales para hacer frente a la creciente alarma ante los problemas medioambientales.

Pero volvamos al día de hoy. Los problemas del medio ambiente persisten debido a que los gobiernos no sólo no se han logrado convencer de la relevancia del problema, sino que los sectores que lo agravan, al igual que hace 50 años, defienden sus intereses económicos y políticos, impidiendo soluciones de raíz.

Ya no estamos para esperar otros 50 años. El planeta tiene un calentamiento de 1.1 grados centígrados, devastando familias, hogares y comunidades enteras. Sin mencionar la pérdida de hábitats y por consiguiente de la biodiversidad biológica, la cual es una de las formas de medir la salud del planeta. Y la salud del planeta nos debe preocupar hoy más que nunca que hemos visto cómo las enfermedades zoonóticas como el ébola, la gripe aviar, la gripe por el virus H1N1, MERS SARS y ahora el COVID-19 serán cada vez más frecuentes dado que, según menciona el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente: el 75 por ciento de todas las enfermedades infecciosas emergentes en humanos son de origen animal y están estrechamente relacionadas con la salud de los ecosistemas.

Corrales de engorde, Estados Unidos. Las lagunas de desechos masivos acumulan gases peligrosos de sulfuro de hidrógeno y pueden contaminar el agua subterránea con nitratos y antibióticos. Foto: Mishka Henner. EFE

Si revisamos lo que hemos hecho desde hace 50 años, vale la pena preguntarnos si hemos aprendido la lección, aunque todo indica a las claras que no. Hoy, es momento de exigir a nuestros gobiernos que tomen cartas en el asunto y en lo particular que hagamos un esfuerzo para salvar al planeta cambiando nuestros hábitos.

Hace 50 años nuestro entendimiento general sobre el tema ambiental era que la “revolución verde” implicaba plantar árboles y usar focos ahorradores de energía. Hoy, es claro que tenemos que realizar otras acciones como la de cambiar a una dieta basada en plantas para disminuir las emisiones que lanzamos a la atmósfera y así evitar a toda costa que la temperatura del planeta siga en aumento. Las consecuencias de la intensificación del sector pecuario no es nada nuevo. La FAO lo ha expresado en su estudio “La Gran Sombra del Ganado” desde hace 13 años.

La producción animal tiene un papel relevante en el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad, ya que el sector pecuario es responsable del 14.5 por ciento de las emisiones de gas invernadero globales. La ONU ha declarado que la meta para todos los gobiernos del mundo es frenar el calentamiento global en 1.5 grados centígrados, lo cual significa que habrá efectos menos devastadores. Cada fracción adicional a esta cifra implica impactos cada vez más severos.

Si quieres ayudar al planeta, apoya las iniciativas para reducir o eliminar tu consumo de carne, insta a tus gobiernos, a tus escuelas y fuente de trabajo a que hagan compromisos, políticas y acciones que promuevan el aumento de una dieta basada en plantas. Que esta celebración del día de la Tierra sea contundente, nuestra comprensión y acciones son consecuencia del papel que juega la producción animal en el cambio climático, la contaminación atmosférica, la degradación de la tierra, del suelo y del agua, y en la reducción de la biodiversidad.

Hoy más que nunca la Tierra nos está hablando, y escucharla será nuestra salvación.