En el número 47 de la Revista Artes de México se hace un pequeño recorrido por algunas vertientes de este tema en la cultura mexicana. Con textos de Alberto Ruy Sánchez, Miguel León-Portilla, Dominique Dufétel, Xavier Lozoya, Héctor Gómez Vázquez, Agustín Pyramus de Candolle, Pedro Schneider, Salvador Novo, Sylvia Navarrete y Nezahualcóyotl, Artes de México nos presenta, no sólo un número exquisitamente ilustrado, sino, en palabras de Ruy Sánchez, “un ramillete triple de acercamientos a las flores”.

Ciudad de México, 26 de mayo (SinEmbargo).- La flor es uno de los elementos más simbólicos, recurrentes y fascinantes en casi todas las culturas del mundo y, especialmente, en la mexicana. Son forma y esencia, símbolos universales de lo efímero, de la belleza y de la primavera; encarnaciones fragilísimas y voluptuosas, fugaces pero de existencia cíclica, estructuras geométricas divinas, reflejos en miniatura del cosmos, metáforas de una sensualidad desbordante. Las flores han sido significado y significante a lo largo del tiempo, y su esplendor recorre el imaginario de muchas civilizaciones.

En el número 47 de la Revista Artes de México se hace un pequeño recorrido por algunas vertientes de este tema en la cultura mexicana. Con textos de Alberto Ruy Sánchez, Miguel León-Portilla, Dominique Dufétel, Xavier Lozoya, Héctor Gómez Vázquez, Agustín Pyramus de Candolle, Pedro Schneider, Salvador Novo, Sylvia Navarrete y Nezahualcóyotl, Artes de México nos presenta, no sólo un número exquisitamente ilustrado, sino, en palabras de Ruy Sánchez, “un ramillete triple de acercamientos a las flores”. Se abordan el simbolismo de la flor en el mundo prehispánico, la postura de los científicos ilustrados del siglo XVIII en su afán de representar y catalogar toda vida vegetal, la poesía de varios que han escrito en torno a su fascinación por las flores y, por último, se habla del descubrimiento de la única flor ⎯mexicana, por cierto⎯ cuyos órganos sexuales están invertidos.

Foto: D.R. ©Códice Borbónico, Xochiquétzal, “las flores y plumas prciosas” en Flores, Artes de México, 1999.

Foto: D.R. ©Francisco Hernández, Macpalxóchitl, 1649 en Flores, Artes de México, 1999.

Según la mitología mexica, en la primavera del mundo, Ometéotl ⎯el Dador de vida⎯ hizo brotar las flores, las cuales entretejieron el universo mesoamericano. Las flores están estrechamente ligadas al lenguaje, a los rituales y, en general, en la expresión indígena; como señala León-Portilla, “el reino vegetal está presente en la simbología de la imagen del mundo”. En las páginas del Códice Fejerváry-Mayer, el cosmos indígena está representado con cuatro cuadrantes en los cuales hay una pareja de dioses y un árbol con flores en lo más alto. Menciona León-Portilla en “Universo de flores: la palabra de Mesoamérica” que estos son los árboles floridos del mundo: arriba, en el rumbo del oriente está el “árbol del quetzal”, con flores azules y amarillas. A la izquierda, en el norte, hay un mezquite de flores amarillas y blancas coronado por un águila. Abajo, en el poniente, se alza una ceiba de flores blancas donde descansa un colibrí. A la derecha, en el sur, se encuentran un perro y un árbol de cacao de flores blancas con corolas abiertas.

Las connotaciones de las flores en Mesoamérica son muy variadas y complejas. Hay brotes que son alusiones en ofrendas, rituales, calendarios, danzas, atavíos. En las lenguas indígenas, la flor se asocia a la poesía, al arte, la belleza, la danza y a los cantos, como se refleja en los versos de Nezahualcóyotl. También simboliza la comunidad, el poder de la palabra, la búsqueda del alma, la guerra y el sacrificio. De igual manera, las plantas eran fuente invaluable de conocimiento y sanidad. Sin embargo, los pueblos sabían que aunque existen flores exóticas, con perfumes embriagadores y placenteros, al final todas se marchitan para renacer una y otra vez. La sabiduría indígena reconocía la tragedia de lo efímero, pero reconocía en las flores y los cantos razones poderosas para disfrutar la vida.

Por fin lo comprende mi corazón:
Escucho un canto,
Contemplo una flor:
¡Ojalá no se marchiten!

Nezahualcóyotl

Foto: D.R. ©Francisco Hernández, Macpalxóchitl, 1649 en Flores, Artes de México, 1999.

Foto: D.R. ©Floripondio. Burgmansia aurea. Tecomaxóchitl en Flores, Artes de México, 1999.

Resulta importante destacar que la cosmogonía prehispánica está basada en la dualidad y en el choque de opuestos, por lo que la existencia representa una lucha constante del universo, pero también del ser humano. Para los mesoamericanos, especialmente para los mexicas, la flor más valiosa era el alma encarnada en el corazón humano. Como señala Dominique Dufétel en “Cortar flores para Huitzilopochtli”, al sacrificar a los prisioneros de guerra y ofrecer esta flor a los dioses, se perpetuaba la lucha eterna del cosmos, y, de la misma manera, “cada hombre debía vivir esta lucha en su interior para que su alma floreciera, para que le brotaran flores del cuerpo”. La flor, entonces, se asocia también a la sangre, al calor, a la vida, al equilibrio del mundo, pero también a la conexión del hombre con su entorno.

Queda claro que para los pueblos originarios la naturaleza, particularmente las flores, era reflejo del carácter cíclico y efímero de la existencia, encarnaciones vivas de la búsqueda de trascendencia, pequeños cosmos, contenedores de cada paradoja y contradicción de la vida. Nosotros, en cambio, hemos perdido casi por completo la conexión con nuestro hábitat y son pocos los que se ven representados en elementos naturales. El racionalismo ilustrado, occidental y antropocentrista —que rechaza la espiritualidad y que coloca al ser humano en la cima de todo— sigue permeando nuestro pensamiento.

Foto: D.R. ©Juan Navarro, Historia natural o jardín americano, 1801 en Flores, Artes de México, 1999.

Foto: D.R. ©María Sada, Flor de toloache, 1993, Óleo/ tela, marco pintado al óleo 77 x 77 cm, en Flores, Artes de México, 1999.

Asismismo, durante el año de 1735, tuvieron lugar dos eventos: uno de ellos fue la publicación de Systema Naturae, de Carl Linneo, donde propuso un sistema de clasificación destinado a categorizar todas las formas vegetales del planeta, y el otro acontecimiento fue el lanzamiento de la primera gran expedición científica de Europa que pretendía determinar de una vez y para siempre la forma exacta de la Tierra. El deseo de medir, de comprender, de descubrir, de saberlo todo y de clasificar categóricamente todas las cosas impulsaba al conquistador del siglo XVIII tanto como impulsa al pensamiento científico actual. Si bien este tipo de estudios han traido conocimiento y beneficios, también es cierto que el afán de categorización y definición nos han vuelto ciegos a otros tipos de sabiduría, a las esencias de la naturaleza, a la metáfora y el poder de la representación, a las flores.

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