Con la pandemia está ocurriendo algo parecido. Hay un cambio de concepción de la realidad que nos marcará a todos. Foto: Especial.

No sé ustedes, pero en estos días en que mi vida se reduce a leer como enajenada, ver transmisiones de óperas, conciertos, viejas películas y obras de arte, no puedo dejar de pensar en los nuevos anacronismos que ya forman parte de nuestra existencia. Las escenas en las que después de hacer el amor fumaban y que hoy son impensables, la nobleza shakesperiana representada por nobles altos, rubios y de ojos azules, hoy encarnada por actores de todas las etnias; la célebre Lo que el Viento se llevó con una leyenda en la que se le acusa de justificar la esclavitud; la admirada obra de Balthus descolgada de los museos por sus perturbadoras escenas.

Estos cambios fueron paulatinos. Llevaron años, hasta conseguir su propósito. En su mayoría partían de una regla de higiene y de convivencia social, lo “bueno” para todos. El tabaco va en contra de la salud, las minorías deben ser representadas, cualquier acto de racismo es imperdonable, los abusos a menores son abominables.

Con la pandemia está ocurriendo algo parecido. Hay un cambio de concepción de la realidad que nos marcará a todos. Es tan vertiginoso que, si bien lo podemos percibir en ciertos casos, en otros habrá que esperar un tiempo para medir sus alcances. Por ejemplo, a mí me ocurre que no puedo ver una ópera, obra de teatro o escena íntima del cine sin desconcertarme ante la violación de la “sana distancia”. Casi todas las historias implican un flujo continuo de partículas de saliva entre los personajes. Y eso por no hablar de escenas eróticas, que ahora se antojan imposibles de ser filmadas. Me entra una nostalgia espantosa al ver a los personajes cantando unos encima de otros en coros, quintetos, cuartetos, tríos y duetos escupiendo boca a boca el odio, el amor y la pasión. ¿En lugar de ahorcarla, Otelo tendrá que matar a Desdémona con arco y flecha? ¿Romeo y Julieta no necesitarán el famoso veneno y con solo contagiarse de COVID-19 morirán? ¿Y qué decir de los ensambles musicales que interpretan a Mahler, Bruckner o Schostakovich, con más de cien músicos amontonados, especialmente los instrumentos de viento que no pueden más que soplar a pulmón batiente?

Difícil imaginarse la restauración de una nueva normalidad en el arte y los escenarios. Pero no solo eso entró en una pausa. Quedó atrás la suma de rutinas, actos que como autómatas nunca nos cuestionábamos. Incluso el tiempo dedicado al entretenimiento se había convertido en una lista para palomear. Los viajes, la asistencia a eventos culturales, las idas al cine eran parte de ese estándar de consumo que conformó nuestra existencia durante los años previos a este cambio global.

Todo ello ha sido sacudido por el tsunami que significa una pandemia planetaria. Expulsados de una normalidad en la que depositábamos nuestras certezas, de un día para otro nos convertimos en una especie de exploradores de lo inédito. La enfermedad no solo ha significado un cambio radical en la conducta e higiene, sino también la nueva forma en la que percibiremos al mundo. Ante un enigma sin solución inmediata, nos aislamos para preservar lo más elemental pero trascendente: la vida. En el aislamiento construimos realidades nunca imaginadas que asombrosamente hoy ya son costumbre: obligaciones, horarios, rutinas y funcionalidad a prueba de lo que sea.

Tal vez al iniciar este nuevo peregrinaje, como seres útiles que somos, tratamos de “aprovechar” el tiempo en todo eso que por una u otra razón habíamos procrastinado. Por unos días nos convertimos en generadores de buenos deseos, nos llenamos de intenciones y listas rebosantes de optimismo. Pero en la mayoría de los casos el estado de alerta que afinó nuestros sentidos se ha ido transformando en una especie de tedio vital. Ocupamos una enorme cantidad de tiempo en la nueva rutina logrando automatizar todas las acciones. Dejó de incomodar la exagerada limpieza, las veces que hay que lavarse las manos, limpiar los objetos traídos del “exterior”, establecer una distancia de metro y medio con los demás, dejar de besarnos. Un lastimoso abrazo lejano sustituye la calidez de antes. La imagen remota a través del Zoom se convierte poco a poco en la nueva forma de enfiestarse. Incluso la pornografía por internet se ha vuelto un consumo necesario para mantenerse sano.

Asimilar todo esto toma mucho tiempo. Y sin que nos demos cuenta ocupa gran parte de nuestra libertad de pensamiento. El ocio puede ser un tiempo que fomente la creación, pero cuando ese tiempo está invadido de incertidumbre se torna oscuro. Es disperso y poco eficaz, se desgasta en temores y elucubraciones infértiles. Contrario a lo que debería de ser, no provoca a la creatividad.

Una vez normalizado lo impensable, descubrimos que el tiempo empleado en los nuevos rituales de manutención de la salud nos convirtió en sus esclavos. Al día le faltan horas, o le sobran actividades urgentes. Entre las tareas cotidianas, nuestra lista de deseos se va diluyendo, ¿cómo soñar cuando recibimos noticias sobre la enfermedad y sus consecuencias que nos entristecen y hunden en una atmósfera de impotencia? No sé cómo les va en esto, pero a mí me hunde en una especie de contemplación improductiva, hasta que viene el próximo ritual de higiene.

El privilegio del aislamiento ha venido a entorpecer la certeza. Artistas, galeristas, coleccionistas, consultores tratan de adaptarse y utilizar las nuevas herramientas y volverlas un asunto llevadero. Pero una clase, conferencia, venta de arte, exposición a través del monitor siguen siendo rudimentarias y reducen el placer estético, hasta que no se normalice su uso.

Desde luego, el aislamiento no ha cancelado en todos los casos los buenos propósitos o la posibilidad de abordar nuevos proyectos. Benditos sean todos aquellos que han podido sacar lo mejor de sí mismos y convertir la adversidad en un tiempo de crecimiento. Me temo que no es el caso de la mayoría. En algún momento, cuando todo esto quede atrás, habrá que hacer el recuento de lo que significó para la creación artística. Tal vez ocurra que nombraremos este periodo como lo hicimos con la Edad Media, el Neoclásico o las vanguardias. Entonces hablaríamos del arte en la era del COVID-19 y tendríamos que valorar qué de todo lo creado en este periodo logra rebasar su mera intención.

No solo se trata de un paréntesis o de la posibilidad de aprovechar o no un tiempo extraordinario. La pandemia es un revoltivo que hará preguntarnos si podemos retomar el proceso de creación justo donde lo habíamos dejado, como si todo esto no hubiese sido sino un simple intermedio. ¿Cuántos de los artistas tendrán que replantear su obra a la luz de lo que acabamos de experimentar, los abismos contemplados, los momentos de oscuridad, aciagos, la desazón y la angustia que hemos vivido?, ¿quién logrará esas imágenes que nos hablen de este momento y representen las ideas de todos?, ¿cómo las nombraremos?, ¿habrá quienes juzgarán banales lo que venían haciendo frente a lo vivido? Pero también es cierto, ¿cuántos grandes proyectos iniciados en el aislamiento, ideas que parecían geniales durante el encierro, resistirán la nueva normalidad?

La realidad del virus es que nos coloca en nuevos paradigmas. Foto: Especial.

Sortear el coronavirus nos ha dado posibilidad de replantear las cosas, pero también de flaquear en ellas. Es tanto una fuente de inspiración como de parálisis. Nos es más fácil postergar para tiempos mejores con la justificación de que todo lo que ocurre es culpa de la pandemia y sus secuelas. El plan que no se cumplió solo puede justificarse por culpa del caos experimentado; es una forma de salir honrosos de un fracaso inminente. Ahora que vengan tiempos mejores, decimos. Antes era, cuando tenga tiempo, hoy es, ahora que pase la pandemia.

La realidad del virus es que nos coloca en nuevos paradigmas. No los podemos asimilar aún pero seguramente serán como dejar de fumar en las escenas amorosas, ver reyes de Inglaterra afroamericanos, extrañar ciertos artistas en los museos. En sustitución de grandes orquestas, recitales de piano y voz con varias butacas vacías entre los asistentes. Ver monólogos en el teatro o producciones musicales transmitidas. Visitar los museos del mundo con tickets adquiridos con el tiempo suficiente, por lo menos seis meses antes. Ingresar a las salas con cubre bocas y con el tiempo medido según la demanda. Asistir a una feria con cita, recibir las exposiciones y verlas en el celular.

Los tiempos de la nueva normalidad nos exponen a todos delante de nuestras propias insuficiencias o capacidades. Son un reto a la habilidad para adaptarnos o no. Tal vez el éxito en este nuevo esfuerzo sea la capacidad de saber distinguir cuáles serán nuestras nuevas actitudes y a dónde se dirigen los paradigmas: COVID-19, musa inspiradora de una época o el temido jinete apocalíptico, sepulcro de la creatividad.

www.susancrowley.com.mx

@suscrowley