El Presidente AMLO. Foto: Adolfo Vladimir, Cuartoscuro

Utilizo el título de la reconocida obra de ensayos y crónicas que Carlos Monsiváis dedicó a una decena de escritores mexicanos, miembros de la “tradición literaria” nacional (línea que a su vez el autor de Por mi madre bohemios tomó prestado del famoso Poema 20 de Pablo Neruda) para llamar la atención sobre la importancia de la opinión pública, y más aun, de la necesidad de hacerlo desde una perspectiva crítica, permanente y en condiciones de libertad.

Creo conveniente decirlo de eso modo no sólo porque esta represente mi primera entrega en SinEmbargo, gracias a la generosidad profesional del reconocido periodista, también chihuahuense, Alejandro Páez Varela, ni únicamente porque esté basado en la admiración que tengo por Monsiváis, sino además por el estado que guarda la libertad de expresión en los tiempos que corren.

Los arrebatos presidenciales con los que se deslindan igualmente a los periodistas fifís de los chairos, entendiendo a unos y otros como los críticos y afines al nuevo régimen, han tenido su caja de resonancia en la apartada entidad norteña de Chihuahua, con un gobernador surgido del PAN –sobre todo del hartazgo por la corrupción de César Duarte– que casi a diario enfrenta a los medios de información que sostienen una crítica férrea hacia su mandato. Extraña que Javier Corral Jurado como periodista de origen haya delimitado, igual que López Obrador a nivel federal, quiénes son los “buenos” y los “malos” periodistas, en una suerte de maniqueísmo que afecta esencialmente a la ciudadanía que ha caído en el desencanto.

Escribir, por ejemplo, sobre los riesgos en que el poder político ha colocado el proyecto democrático de México, no en razón del evidente estado al que llegó durante el gobierno de Peña Nieto, sino como el único sistema que le puede dar viabilidad al país. La Cuatroté lo encara en un ambiente preconizando una pugnacidad que fácilmente puede cruzar los límites de la coexistencia, en una diversidad abigarrada pero carente de los canales que conduzcan a los grandes acuerdos nacionales. Estamos en riesgo de que la política de adversarios, en la que unos destruyen a los otros y tienen eso como triunfo, desbarranque la larga y acompasada transición a la democracia y se convierta en un fracaso.

Las políticas públicas del régimen hacia la población abierta tienen un inequívoco sabor clientelar que alimenta un proyecto de continuidad, más que la construcción de ciudadanía. Lejos estamos de que la improvisada administración pública federal pueda arribar al grado de la neutralidad necesaria para el estado democrático, sin contrapesos, con autonomías siempre amenazadas, con la centralización del poder en un solo hombre que conduce a profundizar la ausencia de un sistema de partidos para construir un régimen democrático. No cualquier cambio de régimen es admisible.

Escribir, por ejemplo, de la rijosidad en Morena, que nos grita que ya se acomodan las piezas, a medio año de gobierno lopezobradorista, rumbo a una sucesión presidencial inimaginable ahora, y en paralelo, la indefinición del perfil de este partido. Un movimiento –y hay muchas voces autorizadas que así lo dicen– no es el camino para un cambio de régimen genuinamente democrático, y en medio de simulaciones que aparentan las manos fuera de López Obrador en el próximo Congreso Nacional de su partido, no ocultan la realidad de su intervencionismo arbirtral, a la vieja usanza del PRI. Y sin izquierda, peor.

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