Esta es, sin duda, una de las grandes enseñanzas que debe dejarnos a los mexicanos. Foto: Tercero Díaz, Cuartoscuro

El terremoto sucedido hace unos días en la Ciudad de México, mismo que dejó miles de personas damnificadas y millones de niños con problemas psicosociales, los cuales requerirán apoyo profesional urgente, ha mostrado el rostro más oscuro pero a la vez el más humano de la sociedad mexicana.

La tragedia, que curiosamente sucedió el mismo día que el terremoto de 1985, se ha ido recrudeciendo con los días, en la medida en que se van cuantificando los daños a los edificios (cientos dañados) y a los ciudadanos que o murieron bajo sus escombros o, al sobrevivir de milagro, se quedaron en la calle, sin más ayuda que la brindada por algunas organizaciones civiles o de gobierno entregadas al apoyo ciudadano.

Sin duda, el horror mexicano vivido durante y, sobre todo, posteriormente al terremoto ha mostrado las dos caras de nuestra sociedad: la solidaridad (se les ha podido ver a los ciudadanos en cadena desalojando escombro al pie de los edificios derruidos) y la rapiña, una rapiña que va desde lo gubernamental hasta lo periodístico, pasando incluso por lo ciudadano, pues muchos han visto en los apoyos a los damnificados la oportunidad de robar.

El caso de Frida Sofía, un montaje de Televisa para dramatizar la ya de por sí dura realidad vivida por las víctimas del sismo, o el reprochable caso del Gobernador de Morelos, Graco Ramírez, a quien se le acusa de secuestrar los apoyos a los damnificados para fines políticos, ponen de manifiesto el alto grado de corrupción de muchas de nuestras instituciones (incluidas las de gobierno).

Sin embargo, la solidaridad e incluso la fraternidad (dos términos que parecieran intercambiables pero que por mucho no lo son) brotó de forma natural en el grueso de los sectores de la población. Han sido estas muestras de solidaridad y fraternidad (de organización y de trabajo incansable, sobre todo) las que nos terminan de pintar como en un gran fresco la realidad mexicana: instituciones corruptas, rapiñeras, contra una sociedad todavía sensible al dolor ajeno y capaz de organizarse para enfrentar cualquier catástrofe.

Si con este terrible terremoto la sociedad civil ha demostrado con creces que puede por sí misma trabajar en un proyecto común, por qué entonces no lo hace de esta misma manera tan ejemplar para acabar con el saqueo de nuestra corrupta clase política (revocando mandatos presidenciales, encarcelando a gobernadores y a legisladores rapaces, etcétera), así como para impedir que sigan distorsionando la verdad televisoras (como Televisa) que han devenido en una vergüenza nacional.

Una sociedad organizada, informada y con un objetivo común, tal cual lo  hemos visto después del terremoto de la Ciudad de México, es lo que se requiere para derribar el ruinoso edificio en el que se ha convertido la clase política mexicana y, por extensión, el Estado que la protege, sacar todos sus escombros a cubetadas y empezar, desde los cimientos que queden, a construir algo nuevo, algo mejor.

Esta es, sin duda, una de las grandes enseñanzas que debe dejarnos a los mexicanos esta lamentable tragedia: que si la sociedad civil no empieza a tomar el control de su destino, no habrá nadie -ya lo hemos visto- que lo vaya a hacer jamás por ella.