Eros una vez -y otra vez-, Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti, no sólo explora ideas eróticas y amorosas, sino que realiza verdaderas aportaciones a la lengua española, escarbándole un filo a las palabras ya existentes.

“Creo que es parte de la riqueza de la poesía, estirar los márgenes del lenguaje. Me interesa pedirle al lector que me acompañe a descubrir las infinitas posibilidades del idioma”, explica la autora en entrevista.

Por María Rascón 

Ciudad Juárez, 8 de agosto (SinEmbargo).- Julia Santibáñez es una poeta que disfruta el baile de las palabras. Son su juguete preferido: “Al escribir me divierto, me paseo por las tripas del lenguaje y encuentro ahí tesoros descomunales.”

Su libro Eros una vez -y otra vez- obtuvo el Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti por decisión unánime entre más de 300 libros. En él no sólo explora ideas eróticas y amorosas, sino que realiza verdaderas aportaciones a la lengua española, escarbándole un filo a las palabras ya existentes:

“Creo que es parte de la riqueza de la poesía, estirar los márgenes del lenguaje. Me interesa pedirle al lector que me acompañe a descubrir las infinitas posibilidades del idioma.” Al finalizar la lectura tenemos la posibilidad de hacer nuestras sus palabras, de infinitarnos con el ser amado o engorilarnos sobre su cuerpo. Dejar que se chaparrite nuestro corazón. Etceterear cualquier cosa.

Su poesía se nos presenta como un juego. El lector puede insertar su poema favorito, aquel que convenga a los epígrafes seleccionados por Santibáñez, o llenar los espacios en blanco con alguna de las palabras que hay en la lista definida de opciones:

A. hábito, B. capricho, C. placer. Acerca de las cualidades de libro objeto que tiene su poemario, la autora confiesa: “para mí la poesía no se queda solamente en palabras, sino que a través de ellas busca echar mano de otras artes: acordes musicales, estampas plásticas, pasos de danza.” A través de la reconstrucción de la palabra, levanta imágenes sobre el papel, como en el poema “Primer Pudor”:

Tan insegura,
soy la niña sentada a la mesa
de
re
chi
ta
que de golpe se vuelca al plato de fideos
y se queda ahí,
con la vergüenza de grasa en la falda,
esperando que nadie se dé cuenta.

En ocasiones los títulos contradicen al contenido de los poemas en el mejor de los sentidos, casi como si nos contaran, simultáneamente, dos historias. Despiertan así un sin número de interpretaciones, invitándonos a imaginar la historia previa o posterior al instante que la autora nos muestra. ¿Realmente hemos leído lo que creemos haber leído? Es, ante todo, un poemario sugerente, de disfraces metafóricos. Un sólo detalle es capaz de transformar el desenlace:

“(El erotismo) es de los terrenos más pantanosos para escribir, porque se ha dicho tanto que resulta fácil caer en el lugar común, andar por el caminito del bosque que de tan transitado ya casi se volvió una carretera. El erotismo me interesa en ese sentido, por el reto que comporta: ¿de veras puedo decir esto creativamente? ¿Puedo aportar algo aquí?”, se pregunta la autora.

En su poesía, tan íntima, de secretos del cuerpo que se cuentan al fondo del patio, apenas hay lugar para el otro, ese ser amado (odiado a veces). En palabras de Santibáñez “(El amor) es un riesgo, porque te va la vida en él, implica quitarte la piel y entregarla a la persona amada, quedar vulnerable y hasta en ridículo, pero feliz”. Los ecos de su poesía resuenan en los corazones defraudados de amor. El verdadero mensaje está oculto en lo que no se dice, en los resentimientos callados y las confesiones escondidas.

El libro entero tiene un tono de diario y palabras al oído, de humedad y faldas que se mojan o se arrancan: “Solemos tener abotagados los sentidos, pero el erotismo los estimula de manera brutal e inmediata. El cuerpo es mi principal asidero de la realidad, dado que no creo en un más allá, y es justamente a través de lo que huelo, toco y pruebo como me acerco a ese otro, aquel con quien comparto la cama o el deseo.”

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