El sistema inmunitario es capaz de hacer frente a todo tipo de amenaza que se presente: desde microorganismos patógenos hasta granos de polen, pasando incluso por cánceres o trasplantes.

Ciudad de México, 26 septiembre (AsMéxico).- A la espera de una vacuna que acabe con el coronavirus o un medicamento que sea realmente eficaz para combatir sus síntomas, por el momento el único capaz de combatir contra el SARS-CoV-2 es nuestro sistema inmunitario. Una vez que el coronavirus entra en nuestro organismo, este despliega todas sus defensas para defenderse. Pero, ¿sabemos qué es realmente el sistema inmunitario y cómo funciona?

Alfredo Corell, Catedrático de Inmunología de la Universidad de Valladolid, lo defina en una entrevista para ABC como “una red compleja de células y moléculas diferentes que están interconectadas entre sí”.

PIEL MUCOSAS, LA PRIMERA BARRERA DEFENSIVA

Nuestro sistema inmunitario, como detalla Corell, es capaz de hacer frente a todo tipo de amenaza que se presente: desde microorganismos patógenos hasta granos de polen, pasando incluso por cánceres o trasplantes. Para ello, consta a una primera línea defensiva, un nivel cero, que “separa el interior del exterior”. Se trata de la piel y las mucosas que recubren todo nuestro cuerpo. “Es el nivel más básico, pero no por eso deja de ser importante”, asegura.

Esta primera barrera, expresa el Catedrático, está formada por “células que funcionan como ladrillos, unidas por conexiones muy fuertes; son una barrera física inexpugnable”. Sin embargo, esta barrera puede verse quebrada cuando hay daños en los epitelios, algo que ocurre, por ejemplo, cuando nos cepillamos los dientes con fuerza y rompemos la barrera de la mucosa oral. Pero, además, también constituye una barrera química por las sustancias que secretan estas mucosas, que suponen un “ambiente hostil”, debido a un pH ácido que dificulta la aparición de infecciones.

INMUNIDAD INNATA

Es el segundo nivel defensivo. En caso que fallo en la piel y las mucosas aparece la inmunidad innata o natural. “No cambia a lo largo de la vida y responde siempre igual sin importar de qué patógeno se trate o si es la primera o segunda infección”, afirma Corell. Su actividad comienza cuando las células infectadas producen interferones, que avisan a las células cercanas para que paren de producción de proteínas. De esta forma, serán menos propensos a fabricar nuevos virus.

En este nivel de defensa también aparecen los macrófagos, que fagocitan (engloban y digieren) las células que han sido infectadas o los patógenos; las células asesinas naturales, que envían sustancias a las células infectadas para matarlas o la supuración, un proceso en el que se produce un líquido con células muertas y linfocitos alrededor de células infectadas. Tras ello está el complemento: varias moléculas que alertan a la defensas, poniendo en marcha el proceso de la inflamación. En los lugares donde hay reacción inmunitaria notaremos hinchazón, enrojecimiento, calor y dolor.

ÚLTIMA LÍNEA: INMUNIDAD ADAPTATIVA

Por último, en caso de que la inmunidad innata sea insuficiente para contener la infección, entra en juego la fase final: la inmunidad adaptativa, la más “especializada”. “Esta respuesta tiene un nivel de complejidad muy alto y solo está presente en vertebrados, alcanzando en los mamíferos el máximo nivel de desarrollo”, detalla Alfredo Corell.

En este nivel son esenciales los linfocitos B y T, que se caracterizan por la presencia de “moléculas que reconocen a agentes infecciosos de forma muy específica, comparable al acoplamiento de una llave en una cerradura. Estas células tienen unos receptores con un sistema genético único que combina fragmentos de genes al azar”. De esta forma, son capaces de enfrentarse a cada posible microbio patógeno pese a los cambios en su material genético.

Entre los linfocitos T se diferencian dos tipos de células: los cooperadores (CD4), que toman las decisiones de la inmunidad adaptativa, y las T citotóxicas (CD8), que se encargan a neutralizar las células infectadas o tumorales. Lo hacen a través de “un poro que agujerea la célula, a través del que inyectan enzimas que inducen el suicidio celular”, expresa Corell.

ANTICUERPOS

La función de los linfocitos B es la de la “síntesis de los anticuerpos o inmunoglobulinas”, algo que ocurre por indicación de las células T CD4. Producen citocinas que actúan como mensajeras, trasladando órdenes del tipo “asesinato”, producción de anticuerpos o de aumentar la inflamación.

Los anticuerpos son grandes proteínas, capaces de reconocer al antígeno para indicárselo a otras células, aunque en algunos casos pueden neutralizar por completo al patógeno. “Son verdaderos misiles, con un grado de especificidad máxima”, afirma el Catedrático.

Tras eliminar la infección, la mayoría de las células B y T mueren, pero algunas siguen circulando por la sangre en forma de células de memoria, listas para volver a reconocer al patógeno y desencadenar la respuesta adaptativa de una forma más rápida que en el primer encuentro ante el virus. Uno de los grandes misterios en torno a la COVID-19 es la presencia de anticuerpos en las personas que han sido infectadas. En algunos casos han desaparecido tras algunos meses. Sin embargo, según Corell, no es motivo para preocuparse. “No significa que dejen de tener inmunidad. Pueden quedar células de memoria, capaces de disparar la respuesta si ocurre una reinfección”.

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