Los hijos de muchos. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Los hijos de muchos. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Acapulco, Guerrero, 26 de octubre (SinEmbargo).– Apenas pasó los 17 años, el muchacho dejó atrás el viento del sur que sopla sobre la diminuta nación huave y tomó camino hacia Ayotzinapa justo como hiciera, dos décadas atrás, su padre Manuel Martínez.

Padre e hijo compartirían las mismas razones para alejarse de San Mateo del Mar, Oaxaca. Pasarían las noches en los mismos dormitorios atestados de muchachos de ojos negros y ansiosos. Descubrirían a Marx y Engels con el mismo pensamiento azorado y bajo la misma mirada satisfecha de los mismos maestros.

Luego de cuatro años, se reunirían en la misma casa en cuyo norte quedaron enterradas sus placentas. La vida giraría alrededor de las duras sequías, de las exiguas lluvias, de los ruegos a la Virgen de la Candelaria y a San Mateo y las súplicas dirigidas hacia el Cerro de Bernal donde, todo mundo ahí lo sabe, habitan en matrimonio las ánimas anteriores a Hernán Cortés.

Mucho tiempo después, sus cuerpos descansarían en el lindero norte del panteón del pueblo, porque el norte es para los hombres huaves. Y también lo son la derecha y el trueno. El sur, la izquierda y el viento son de las mujeres huaves.

Pero el destino se torció y ahora el muchacho está a cientos kilómetros de los camarones y el maíz, de su placenta y de su madre. El chavalo podría estar, con otros 42 como él, en algún pedazo de Guerrero en que a la tierra le huele la boca a muerte.

En tanto, su padre se aferra y es un hombre completamente intransigente en dos aspectos relacionados con su hijo: decir el nombre del muchacho y hablar de él en pasado.

La noticia llegó rápida, el mismo 26 de septiembre. Como pudo, el hombre tomó camino de la costa a Iguala y esperó encontrarse con su muchacho, uno de los más jóvenes.

Ya había fallecido uno y, horas después, alrededor de las 11 de la noche, se confirmaron las muertes de dos más. Había lesionados y fracturados. En ese momento se hablaba de la desaparición de 57, pero la cifra se redujo en los siguientes días a 43.

Los demás habían escapado y logrado refugiarse en el campo. Unos llegaron a sus casas, en las rancherías de Guerrero adentro ciertos de que la muerte andaba suelta como perro sin dueño.

Desde entonces, cada fosa nueva rellena de muertos en Guerrero es una nueva razón para que la tragedia se desenmascare bien y una nueva posibilidad para justificar la esperanza.

Se espera que un hombre que llore a su hijo desaparecido sea un hombre viejo, pero Manuel Martínez apenas pasa los 35 años de edad. Su hijo tiene 17 años, es uno de los muchachos más jóvenes entre los desaparecidos, varios de ellos estudiantes del primer semestre de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos.

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Sólo era cuestión de tiempo para que su hijo dejara San Mateo del Mar, Oaxaca.

Los muchachos que ahí se preparan como profesores llegan de las regiones más pobres de dos de los tres estados más pobres de México, Guerrero y Oaxaca. Y llegan a un sitio donde las cosas no son muy diferentes.

Uno de los problemas con lugares como Acapulco es que se crea cierto prejuicio por el que se piensa que todas las playas mexicanas son de oro molido.

Los padres de Mario Martínez son aún más pobres que él. Nacieron campesinos y pescadores y así morirán. Son huaves o mareños [mero ikoots, en su habla], indígenas del mar, cuya lengua única apenas hablan 17 mil personas al sur de Oaxaca, en los pueblos aislados de San Dionisio del Mar, San Francisco del Mar, Santa María del Mar y San Mateo del Mar.

El término huave tiene en su origen una impronta impuesta por los zapotecos, pues significa “la gente que se pudre en la humedad”. Alguna versión coloca el origen de los huaves en Nicaragua y luego en una migración hacia el norte que los dispersó por la costa chiapaneca. Las pugnas por la importancia comercial de la zona, así entendida desde épocas precolombinas, los empujaron hasta terminar entre la ribera del mar y las lagunas del Golfo de Tehuantepec.

La devastación ecológica redujo la vida a la sobrevivencia dependiente de una mezquina temporada de lluvias coincidente con el encontronazo, ahí mismo, de los vientos del norte y el sur.

Entre octubre y febrero, el norte sopla hasta desplazar las dunas hacia los terrenos que alguna vez fueron cultivables y ahora son llanos de arena y sal. Los siguientes meses de viento del sur casi deseca el litoral y su reposición depende de las irregulares lluvias de junio a septiembre.

Los huaves rezan por la lluvia en dos sentidos: suficiente para el rebosamiento de camarones en lagunas y estanques, pero sin los excesos de los ciclones. Los originarios de San Mateo del Mar consideran que la regularidad de las aguas depende de las ofrendas presentadas hacia el Cerro Bernal, en las zonas costeras de Chiapas, peticiones relacionadas con la noción de monteoc, empleada por los huaves para referirse a los rayos y relámpagos.

En lenguaje cotidiano, teat monteoc significa “padre rayo”. Su contraparte femenina es müm ncherrec, “madre viento del sur”. El sur es un viento femenino: viene del mar, de las olas que formó la Virgen de la Candelaria cuando su pie descalzo pisó el Océano Pacífico.

El Cerro Bernal es casa de matrimonios sobrenaturales entre relámpagos y vientos, en esencia los mismos de los hombres y mujeres huaves de San Mateo del Mar.

El acto de enterrar la placenta de los niños en el norte de la casa está, por tanto, en correspondencia con el sepulcro de los cuerpos de los varones en la parte norte del cementerio, de la misma manera que la placenta y el cuerpo de las mujeres serán depositadas, la primera, al sur de la casa y, el segundo, en el lado sur del panteón.

En la iglesia, las mujeres ocupan el extremo sur, que corresponde a la Virgen de la Candelaria, mientras que los hombres se ubican en el lado opuesto, presidido por San Mateo Apóstol desde el altar.

La marcha de corazones estrujados, el 22 de octubre pasado. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

La marcha de corazones estrujados, el 22 de octubre pasado. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

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A fines de los 90, los maestros de Ayotzinapa salieron en brigadas a las comunidades de todos los estados y llegaron a la escuela donde Manuel Martínez estudiaba, un telebachillerato con 20 muchachos.

Martínez entendió que la Normal Rural era su única opción de futuro escolar. Junto a él se formaron 1 mil 200 aspirantes, de los que sólo ingresaron 120.

“Yo estaba acostumbrado a sobrevivir con 50 o 100 pesos y el internado era, para mí, una alegría y un triunfo. Le dije a un familiar que me iría y que, si algún día regresaba, todo cambiaría. Desafortunadamente, la realidad es otra”.

Pero es al contrario, porque la realidad es la misma que hace 20 años. San Mateo del Mar continúa siendo el mismo caserío de con techos de palma y piso de arena, sin agua potable ni drenaje. La energía eléctrica existente está maltrecha y no existe telefonía de ningún tipo. La gente aún vive con 50 pesos al día y las compras se hacen por cinco pesos de frijol, cinco pesos de tortilla o cinco pesos de queso.

Martínez es un privilegiado al ganar 4 mil 200 pesos quincenales.

“Todas las telesecundarias están mal. La situación de la educación aquí y en el país es malísima. Es algo indignante de contar. En mi telesecundaria no hay electricidad. Los alumnos viven en una condición igual a la nuestra o peor tantito porque sobreviven del maíz, del frijol. De la siembra del jitomate y el chile. Por las tardes siembran o cosechan. No cuentan con un par de zapatos, usan huaraches o sandalias. Buscamos la manera de que sobresalgan, pero sus bajos recursos no ayudan y no hay trabajo. Llegan a la telesecundaria y después de eso no estudian más.

“A mí sí me ha costado demasiado trabajo y no me van a decir a mí lo que es el sufrimiento. Tratamos de dar algo a nuestros hijos, pero desafortunadamente no alcanza para sustentar a la familia. Por eso el internado de Ayotzinapa es una opción para nosotros. Yo recomendé a mi hijo estudiar ahí para sobresalir y le metí la idea de que podría seguir adelante y le hice ver que habría sufrimiento, pero lo importante es que tendría sustento y apoyo.

“La Normal Ayotzinapa es un sistema internado por el que, probablemente, él lograría algún día ser una persona de provecho. Él sintió que estaba cumpliendo con sus sueños propuestos desde la primaria”.

−¿Qué esperaba usted en la continuidad de su hijo como maestro?

−Espero. Yo espero. Espero, porque yo sé que mi hijo está vivo. Si nos entregan a nuestros muchachos, yo le aseguro que mi hijo continuará y se convertirá en maestro.

−¿Qué propósito tendrá eso para su vida?

−No. Esto le servirá como experiencia. Como lo hemos dicho los 43 padres, nos servirá de experiencia a todos para soportar mejor los golpes de la vida, para que nos podamos levantar y nuestros jóvenes sobresalgan.

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Cuando el hijo de Martínez se formó para solicitar su ingreso a la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, la escuela entregó fichas a 319 interesados en cursar alguna de las tres licenciaturas disponibles: Educación Primaria, Educación Primaria con Enfoque Intercultural Bilingüe y Educación Física.

En los tiempos en que Martínez hizo la misma fila se abrieron 140 lugares. Para comprender una parte de la importancia que ha tenido Ayotzinapa en la educación rural del sur mexicano se puede decir que, en sus 84 años de funcionamiento, ha formado 5 mil 400 profesores dispuestos a dar clases en aulas hechas por ellos mismos con maderos y láminas, bajo un árbol si hace falta y esto aún hace falta hacerse en México.

El presupuesto de Ayotzinapa es provisto por el gobierno estatal y la manutención de los 532 estudiantes depende de esos recursos públicos.

Las condiciones económicas en la Normal siempre han sido difíciles, excepto durante los años de la Presidencia de Lázaro Cárdenas, entre 1934 y 1940. Los muchachos que hoy se buscan completaban el plato con la crianza de cerdos y gallinas y la siembra de maíz, frijol, jitomate y chile para autoconsumo. Para la mayoría de ellos si no es que todos, es esto o ningún título universitario.

La situación política también ha sido compleja. Manuel Ávila Camacho, Presidente entre 1940 y 1946, acusó a los muchachos de quemar la bandera mexicana y colocar en su lugar una tela rojinegra. Varios estudiantes fueron apresados bajo cargos de sedición y asociación delictuosa, cargos que antes del conflicto estudiantil de 1968 el gobierno mexicano utilizaba para encarcelar a la disidencia política.

Uno de los maestros egresados de la escuela fue Lucio Cabañas Barrientos, líder estudiantil y jefe del grupo armado Partido de los Pobres durante los 70. Murió acribillado durante la Guerra Sucia o de Baja Intensidad, modelo de contrainsurgencia operado por el Estado mexicano a la vez que permitió la colusión de los militares y policías que cazaban comunistas con el narcotráfico.

Por sus aulas también pasaron los combatientes Genaro Vázquez Rojas y Othón Salazar. Así es que Ayotzinapa es considerada –y esto es cualidad o defecto– un seminario de guerrilleros.

A diferencia de su predecesor, Zeferino Torreblanca, el saliente Gobernador Ángel Aguirre asumió al inicio de su gobierno, en abril de 2011, una actitud conciliadora con la escuela rural.

Ese año, los alumnos demandaban el cumplimiento de un pliego petitorio que exigía, entre otras cosas, la reparación de instalaciones y el aumento de recursos para mejorar las condiciones en el interior de la escuela. Los muchachos bloquearon la Autopista del Sol que comunica la Ciudad de México con el Puerto de Acapulco y los gobiernos federal y estatal emplazaron cuerpos antimotines que dispararon contra los manifestantes. Dos alumnos murieron. Desde entonces, existe la exigencia de juicio político a Aguirre.

El hijo de Martínez ingresó en junio de 2014, así que no vio aquellas muertes. Vería otras, la de los primeros seis muchachos acribillados en la plaza de Iguala el 26 de septiembre pasado. Quizá, al día siguiente, presenció la suya.

− ¿Ángel Aguirre es descendiente de aquél Rubén Figueroa, el Gobernador que persiguió a los guerrilleros? –pregunto a Martínez.

−Tal vez sí –el hombre desconfía.

− ¿Su hijo es descendiente de Genaro y de Lucio?

−Así es –no reprime el orgullo. −Son personas campesinas, personas de pueblo. Siempre buscaron terminar con la pobreza y terminaron siendo uno más de ellos.

− ¿Qué le gusta a su hijo? ¿Qué le gusta de la vida? ¿Le gusta el mar, las muchachas?

−Le gusta la costa, le fascinan sus tierras. Lo entiendo porque siempre adoramos nuestras raíces. Él estaba fascinado con el deporte y le gusta  el futbol. Le va al América –Martínez gesticula para pronunciar el reconocimiento de la falta política que supone esta preferencia− y siempre discutí con él, pero a final de cuentas le dije que él era libre de hacer lo que quiera.

Las movilizaciones han estado encabezadas, casi siempre, por universitarios y maestros sin partidos políticos. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Las movilizaciones han estado encabezadas, casi siempre, por universitarios y maestros sin partidos políticos. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

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Esta vez, policías, alcaldes, narcotraficantes, secuestradores y extorsionadores fueron por los más jóvenes. Los 43 de Ayotzinapa tenían –tienen, exige Martínez hablar de ellos en presente– entre 17 y 19 años de edad. La mayoría son alumnos del primer semestre, como el hijo de Martínez.

“A mi hijo le gustan todas las materias, igual que a mí: español, historia, ciencias naturales, cívica y ética, artística”.

− ¿Qué cualidades tiene su hijo? ¿Cuáles son los aspectos que como maestro usted considera son favorables para que su hijo sea un buen maestro?

−Su preparación, su humildad, su sencillez. El respeto a las personas y el esfuerzo por siempre educarlas, porque eso te fortalece frente a la sociedad. No se vale lo que les hicieron… Ellos no son delincuentes. Son jóvenes con una ilusión y muchos padres [de los cuarenta y tres desaparecidos] son campesinos y no tienen un nivel de vida favorable. No se vale lo que les hayan hecho esto. Las autoridades deben pagar lo que hicieron porque le han hecho lo peor a las personas más humildes.

− ¿Es diferente la violencia en Oaxaca?

−En algunas partes de la costa están viviendo la situación. En nuestra región estas cosas no se ven. Está otro compañero del estado de Tlaxcala y lo ve igual, porque desconocen esta situación y nos avergonzamos, es una tristeza lo que sucede en el estado de Guerrero.

−Ángel Aguirre tiene un hijo que se llama como él y es diputado local. ¿Cree que pueda entender el dolor de usted y los otros 42 padres de familia?

−Si él estuviera en nuestro lugar, viviendo esta situación, tal vez lo comprendería. Que se hagan esa pregunta, que los políticos se pongan en nuestro papel. Que se pongan en nuestro papel de campesinos, en el papel de pescadores, en el papel de amas de casa. Que se ponga en el papel de ser padre y perder un hijo.

− ¿Cómo es el sufrimiento?

−Confiamos en que los jóvenes están bien. Pensamos que los jóvenes estén en un lugar… Independientemente de la condición política de estas personas, de quienes se los llevaron y los tienen, queremos que nos entreguen a los muchachos. Desafortunadamente, las fosas que han encontrado con las personas que han aparecido y el cuerpo de ellas es indignante la crueldad que se vive en el estado de Guerrero… Personas inocentes no es una ni dos, son varios muertos los que están apareciendo en las fosas de los cerros. Nos duele, como padres de familia, saber lo que estamos pasando, lo que se está viviendo en el estado de Guerrero y no lo podemos… Es cruel, es indignante que así sea como en el país y el mundo se conozca la realidad de la República Mexicana.

− ¿Cómo está su esposa?

−Mal. Está muy mal, se encuentra en casa. He tratado de motivarle, de convencerla de que no se desespere y tenga fe en que lo vamos a encontrar. Le he pedido que no venga. Siento que le duele y lo que menos quiero es meterla en una situación más grande. Ojalá que lleguemos a la casa con el chamaco.

−¿Qué le diría usted a Ángel Aguirre si estuviera aquí enfrente de usted?

− Que entregue a los jóvenes. Él sabe dónde los tienen. Y si los diputados y senadores tienen dignidad, ellos también deben renunciar a su cargo. No podemos tener unos representantes como este.

− ¿Y a Emilio Chauffet [Secretario de Educación Pública]?

−Le diría lo mismo: que se vaya. Son ellos quienes fomentan la corrupción nacional. El país está así por ellos. Los partidos políticos dan lástima, vergüenza porque al fin y al cabo son los mismos. A mi hijo le desagradan por lo mismo, porque son ellos quienes lucran contra la dignidad de las personas.

− ¿Recuerda usted el momento en que decidió que su hijo estudiara en Ayotzinapa? ¿Puede describir el momento? –pregunto al hombre sentado en una banqueta, en la Costera Miguel Alemán.

−En una ocasión estábamos platicando y yo le preguntaba qué quería hacer de su vida. “Mujeres, algún día te van a llegar”, le dije. Él estaba muy chico, muy chico –parece hablar consigo mismo− y traté de impulsarlo. “Tu situación será diferente y todo a su tiempo, hijo; traza una meta: ¿quieres ir a Guerrero? ¿Te quieres quedar en Oaxaca?”. Y él decidió irse de Oaxaca. Siempre me dijo que quería ser como yo. “Haz amigos y, cuando pueda, iré a visitarte”. Y ya no lo vi. Ya no he visto a mi hijo. *