Normalmente asumo (y elijo la primera persona para no incluir a nadie) que el otro es como yo; que piensa, quiere y siente como yo. Esta presunción me tranquiliza, me hace sentir en familia y me permite, como se dice ahora, “fluir” entre la gente. Pero, ¿qué piensa, qué quiere, qué siente el otro? No lo sé. Camino entre mis semejantes convencido de que son eso: precisamente mis semejantes. Pero a veces -y hoy es de esas veces- recuerdo la sospecha que se formuló Descartes en el siglo XVII: ¿Cómo saber si mi vecino, que todas las mañanas se asoma por la ventana, a la misma hora que yo y me saluda levantando su mano, es una persona o una marioneta a la que yo le contesto el saludo?

Si esa sospecha hubiese sido literal, a Descartes le habría bastado con cruzar la calle para confirmarla o desecharla. Pero esa sospecha no era literal, sino una manera sugerente de preguntarse si un semejante era realmente su semejante. He dicho que yo lo supongo, lo doy por válido y fluyó entre la gente, pero ¿lo sé? Por supuesto que estoy convencido, como cualquiera, de que las personas que viajan junto a mí en el Metro no son maniquíes, autómatas o androides construidos con el solo propósito de hacerme creer que la Ciudad de México está sobrepoblada. Obviamente que no creo en tamaño disparate; pero ¿sé o simplemente creo que son mis semejantes? Solo lo creo. ¿Cómo podría ponerme en el camino de saberlo? ¿Cómo dilucidarlo? Lo primero, tal vez, sería interpelar a cualquiera en el Metro y esperar su reacción o su respuesta. (Distingo reacción de respuesta, porque la primera la entiendo cómo un accionar mecánico y la segunda, como el acto de alguien consciente).

Pero mencionemos un par de ejemplos que se inscriben en lo que podemos llamar la sospecha de Descartes. En el siglo XVIII un prestidigitador tramposo, de apellido Kempelen, construyó una máquina que hablaba y jugaba al ajedrez. Quienes la veían aseguraban que se trataba de un “semejante”, un ser con conciencia igual a ellos, y lo era, pues en el interior de la máquina se escondía un maestro de ajedrez que era quien respondía. El segundo ejemplo no encierra trampa:  es el artefacto denominado vulgarmente “computadora”, y que nos dejaría maravillados si no tuviéramos un trato tan cotidiano con ella. Yo ya me acostumbré a la celebérrima aplicación llamada Siri (me despierta, me dice el clima, me consigue un taxi, me arroja toda clase de datos y a veces hasta platicó con ella) y también vivo permanentemente acomplejado ante mi tablero virtual, pues no he conseguido ganar ni una partida de ajedrez en un nivel superior al de novatos.

Sin embargo, pese a que la computadora razona más rápido que yo, contiene más información que yo, se acuerda más exactamente qué yo, etc., en ningún momento creo que sea mi semejante. Y aunque me acompleja, me consuelo diciéndome: Sí, me gana al ajedrez; suma mejor que yo, etcétera, pero no se da cuenta de nada, no tiene autoconciencia, es una mera máquina.

¿Cómo sé que mi vecino es mi semejante? ¿Cómo sé que mi compañero de Metro es mi semejante? ¿Cómo sé que la computadora no es mi semejante? Porque mis semejantes tienen autoconciencia y la computadora no? Por eso mis semejantes responden y la compu solo reacciona mecánicamente, no tiene autoconciencia. Pero -y este pero es muy interesante- si la autoconciencia es darme cuenta de que me doy cuenta, ¿cómo sé que mis semejantes se dan cuenta de que se dan cuenta? Por sus respuestas; pero, ¿no serán reacciones? Yo me doy cuenta, mi autoconciencia me consta a mí directamente; pero de mis semejantes solo lo supongo por sus reacciones, porque del único de quien tengo la experiencia inmediata de que posee autoconciencia soy yo, o sea, yo me doy cuenta en mí, no me doy cuenta en ellos.

Vayamos más despacio: el boiler de paso es el más sencillo de los mecanismos cibernéticos que existen: cuando la temperatura del agua desciende (un factor ajeno al boiler), éste reacciona y enciende las llamas; cuando la temperatura llega al nivel marcado (un factor externo) apaga las llamas. ¿Reacciona o responde?

El matemático Douglas R. Hofstadter en su libro Yo soy un bucle extraño introduce para referirse a los mosquitos una simpática categoría: “ser de alma diminuta”; a estos bichos los considera, y con razón, un poco más complejos que el termostato del boiler. No sabemos si los mosquitos son conscientes, si se dicen a sí mismos: “Voy a picar ahí”, “cuidado con esa mano”… Los vemos reaccionar no responder, los vemos reaccionar como el boiler. Y así como nadie se ha metido en un mosquito para ver si tiene conciencia o no, tampoco nadie se ha metido en un semejante para experimentar desde dentro de él sí tiene autoconciencia o no… Dejaré, pues, planteado un asunto inquietante: ¿cómo, en el caso de que la inteligencia artificial se desarrolle al grado de reproducir la complejidad del cerebro, podremos saber si la máquina tiene autoconciencia o no, si reacciona o responde, si siempre estaremos ante ella, desde afuera, solo apreciando sus reacciones? Y una última pregunta que podría poner en riesgo la estima que supongo me tienen mis lectores: ¿No serán las computadoras autoconscientes desde hace ya un rato?

Twitter: @oscardelaborbol