No se entiende que el 61 por ciento de los mexicanos estemos inconformes (35 por ciento conformes) con el gobierno del país y, aún así, una mayoría relativa oponga furibunda resistencia a cualquier iniciativa de cambio. El país va bien sólo en discursos y declaraciones, pero nuestra pasividad sugiere que nos creemos los mensajes oficiales. Veamos.

¿Cree usted que el Chapo se escapó de la cárcel sin ayuda de quienes lo tenían encerrado? ¿Cree que los normalistas de Ayotzinapa fueron incinerados en un basurero utilizando llantas? ¿Cree que los expertos independientes que investigaron este caso son unos ignorantes que no saben lo que hacen? ¿Cree usted que Enrique Peña Nieto NO rebasó los topes de campaña en su propósito de llegar a Los Pinos? ¿O que la Casa Blanca realmente se la compró Angélica Rivera? ¿O que la otra casa blanca, la de Videgaray, no es regalo de una constructora? ¿Cree usted que el Partido Verde realmente es de oposición, o el PAN, o el PRD? ¿Cree que nos irá mejor con las Reformas o con la Alianza Transpacífico? Yo creo que no.

Pese al elevado nivel de desconfianza en la población, hay quienes se acurrucan en el no-cambio. De vez en cuando aparentan hacer un esfuerzo para ayudar a la evolución social, pero realmente se oponen a ella. Eso es lo más cómodo: hacer como que se busca el cambio mediante acciones que no llevan a cambio alguno, que no dan otro fruto que la inercia. Actuar así lleva a una doble –y dudosa– gratificación: la de quedar bien (con los demás inconformes) aparentando que se hace algo por impulsar un avance, y la de permanecer en una cómoda mediocridad íntima.

Todo esto me hizo pensar la postura del poeta Javier Sicilia, quien criticó a los familiares de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Se queja de que en su protesta este grupo sólo exige el esclarecimiento del destino de los normalistas, y no otras desapariciones, otras masacres. Sólo la de los 43, se queja el poeta.

Pero Sicilia hizo lo propio cuando fue su turno. Su voz tuvo resonancia nacional y sus actos tuvieron consecuencias: los asesinos de su hijo fueron encontrados, procesados y están presos. Su hijo fue su bandera, su motivo central, la leña que alimentó el fuego de su rebeldía, hasta que llegó al Alcázar de Chapultepec a darle un beso a Felipe Calderón y a su equipo. Así, México perdió la batalla que estaba librando Sicilia.

Con motivo del linchamiento de dos jóvenes en Puebla hace una semana, a quienes la turba enardecida confundió con delincuentes, surgió una reflexión interesante: ¿A quién se debe castigar por este doble crimen? El asesinato fue perpetrado por la turba. Pero, ¿cómo castigar a la turba? Es imposible.

Volvamos a Sicilia y a su demanda de que las luchas no se enfoquen en una causa sino en todas. Me parece que eso será lo mejor que le podría pasar a los autores de miles de crímenes no aclarados: que se busque la justicia en abstracto. Pero si así se hiciera la indignación se iría desgastando hasta apagarse. Sería una efectiva táctica para disolver la atención, sacar del imaginario colectivo la indignación de cada caso y convertir todo en un abstracto sin tiempo ni forma. Sucede un poco así, de hecho.

¿No será que por eso no logramos detener estos crímenes? Lo que sí logramos es aparentar que tenemos conciencia social, que sentimos indignación y que estamos decididos a actuar. Pero no es lo mismo actuar que hacer como que hacemos.