¿En qué momento preciso es que empezó esta historia en particular? Aún no logro convencerme de que fuera con la muerte de Alejandro. Tampoco fue en la Puri el día en que me dijiste que ya no podías sin el M. No fue el día en que se embarcaron con el rollo de los monederos de Liverpool.

Voy para atrás. Me pongo paranoica y pienso que quizás sucedió hace seis años, cuando se puso enferma tu mamá y le dijeron que le quedaban pocos meses de vida. Rehúyo tu recuerdo de manera sistemática, pero es el ruido alegre y disperso que me deleita y me duele en lo más profundo de la identidad.

Por Fernanda Mora Triay

Ciudad de México, 26 de octubre (SinEmbargo).- He visto una y mil veces al futuro repetirse en su afán caleidoscópico, y en cada una de ellas, me he encontrado tu cara insinuada otras mil por las cosas del mundo: entre las piedras que suben hasta el puente de Chimalistac; entre los rostros de extraños cuando se aglomeran multitudes; en el zumbido de los coches cuando cruzo Insurgentes y no quiero fijarme hacia un lado o hacia el otro; en el llanto, sobre todo en el llanto; y en la risa, la que provoca la inercia, o quizás sean las drogas, o haya sido la desesperación.

Me siento ridícula porque es como si todos pudieran ver lo que estoy pensando. Como si ahorita que estoy sentada y que pretendo que me importa lo que sea que esté diciendo el pobre diablo frente a mí, mi semblante se hiciera transparente y cualquiera adivinara, desde mis ojos hasta sus ojos, la angustia, aunque no sea la mía.

Estoy a dos bancas del ahora y del futuro; a metro y medio de la realidad, de la inmensa puerta metálica y azul que se encarga de separar lo efectivo de lo probable. Aquí adentro no pasa nada. En el salón 302 de la Facultad de Filosofía y Letras, nada es, sólo está. Aquí adentro vive Pito Pérez y su mundo anquilosado; Pito Pérez y su, tan atinadamente, vida inútil. El retorno del pícaro no tiene nada que ver conmigo.

Miro fijo al frente y veo un par de ojos que me observan, pero que no me ven: el cañón oscilante de un arma que, por el incierto traqueteo de la mano indecisa que la sostiene, con esa misma intermitencia, se transfigura en dos; dos túneles fijos que me atraviesan; que están buscando algo en mí que quizás nunca ha existido. Es este afán de exprimir piedras de quien ya no entiende nada. Qué mane agua de donde tenga que manar. Ante sus ojos soy, digo, somos sus pupilos; algo así como una redención; la alternativa menos ociosa para una vida perdida por lo que fue una corazonada y una beca del FONCA hace más de quince años.

A cierta edad no se es más que una fruta que se inclina desde el borde de la rama, madura, completita, y a punto de caer del árbol; pronta para morir. Me giro y, entonces, al otro lado del salón hay una nueva quimera; un nuevo espejismo: eres tú ese dos de noviembre atravesando Las Islas. Eres tú sosteniendo mi adolescencia entre tus dedos; esos dedos firmes y helados que me aprietan el hombro y que me revuelven el pelo; tú, tú, tú con la sonrisa de tonto y la Canon Rebel T3i que te robaste de Liverpool el septiembre pasado, ¿o acaso no eres?

Se escucha vibrar un teléfono sobre algún pupitre en la redonda. Tres pisos abajo, comienza a sonar una batucada. Miro sobre mi hombro y, a través de la ventana, alcanzo los límites de la Isla más próxima, de ese edificio en la mitad del campus donde sólo hay oficinas y entusiastas parejas que bailan salsa. Me distraigo viendo dos perros que se persiguen las colas y después…una pelota. Mi celular no tiene batería, pero sé que aún falta un rato para que se acabe este suplicio. Empieza a darme vueltas la cabeza una vez más. Empiezo a preguntarme sin querer qué hacer, en dónde estás. Me empiezo a hacer preguntas sobre hilos y puentes y novelas río.

¿En qué momento preciso es que empezó este momento, esta historia en particular? Aún no logro convencerme de que fuera con la muerte de Alejandro. Tampoco fue en la Puri el día en que me dijiste que ya no podías sin el M. No fue el día en que se embarcaron con el rollo de los monederos de Liverpool. Voy para atrás. Fue mucho antes. Me pongo paranoica y pienso que quizás sucedió hace seis años, cuando se puso enferma tu mamá y le dijeron que ya no le quedaban sino unos pocos meses de vida, que se hicieron largos y largos, hasta que cesaron de golpe. A lo mejor no estarías metido en esto si no me hubieras conocido, pero eso es demasiado ególatra de mi parte.

Rehúyo tu recuerdo de manera sistemática, pero es el ruido alegre y disperso que me deleita y me duele en lo más profundo de la identidad. Van y vienen las imágenes: de dos en dos, en filita, del pizarrón a tu cara. Tenía doce años, recién cumplidos, la primera vez que te vi. Me visto otra vez, en mi cabeza, como si fuera a salir contigo al cine o alguno de los parques de Taxqueña y las Torres como en aquellos días furiosos e intempestivos de nuestra pubertad. Pero no. Me visto más bien como si fuera para un entierro.

Todo lo que acaricia el olvido empieza a reverdecer con la suave lluvia que está cayendo sobre las Islas.

A lo mejor si logro revolver esta historia

te pueda a encontrar de nuevo

en alguna costa extranjera,

limítrofe con el abismo.