Creo en la compasión. En la fuerza y el despertar colectivo. Creo en debilitar la violencia en todas sus manifestaciones. En la idea de que una sociedad igualitaria no es utópica sino trabajable. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro

De mediados del 2014 y hasta finales del 2016, trabajé en una start-up en donde teníamos como objetivo posicionar el libro electrónico y también convencer a las editoriales de que teníamos los números que ellas necesitaban para subir los suyos. Teníamos mucha fe, poco dinero y un montón de egos, entonces no funcionó. Sin embargo, trabajábamos día y noche porque creíamos en lo que hacíamos. Yo era encargada de relaciones públicas y contenido, así que parte de mi trabajo era reunirme con gente del gremio literario para formar alianzas.

Y como es arriba es abajo, tuve la fortuna de reunirme con grandes escritorxs y, por otra parte, la desventura de conocer a José Jaime Ruiz —poeta, periodista y director de la revista Posdata Editores, según el catálogo de datos de la Enciclopedia de la Literatura en México—; aunque por delante habría que agregar el título de misógino y reevaluar lo de poeta. La cosa es que quedamos de encontrarnos en El Centenario, una cantina ahí en la Condesa. Yo llegué sola y él llegó con un tal Genaro, a quien por cierto no pude rastrear por internet y a quien me presentó como su mano derecha, como un académico muy querido por el INBA y otros disparates de esos que la gente no solo inventa sino que exagera sobre sus cuates para solidificar un estatus intelectual —también inventado— con la sola idea de manipular el prejuicio del otro, en este caso el mío. Algo que si bien cabe mencionar, no sucedió, pues cualquiera que hubiese escuchado hablar menos de un minuto a ese tal Genaro, hubiese tenido clara su nula independencia de pensamiento y no lo digo por las múltiples referencias literarias —claramente memorizadas que dijo aquella tarde, sino porque ellos dos tenían una dinámica clarísima de dominado-dominante en donde Genaro asentía y validaba todo lo que José decía.

Bueno, que al cabo de un rato, se nos unió mi ex novia, algo que lamento hasta la fecha. El encuentro iba llevadero, sin mucho que resaltar excepto que José y Genaro me habían resultado el epítome del desagrado y del aburrimiento. Apenas llegó mi ex, José no hizo más que desacreditar y lanzar comentarios ofensivos y arrebatados a diestra y siniestra. “Ella no es tan guapa como alardeas”, fue lo primero que dijo, mirándome. Yo respondí que para mí ella era perfecta y él de inmediato reinvalidó: “De hecho está medio gorda”. En aquellos segundos reconocí dos cosas: una alarmante manifestación de agresión y poder y la aterradora urgencia por salir a salvo del lugar.

En el primer silencio me apresuré a pedir la cuenta, pero José golpeó la mesa con la mano y dijo: “No. Otro trago más”, entonces el mesero llevó una nueva ronda. El abuso verbal se intensificó. José trataba de forzar respuestas a través de comentarios y preguntas violentas. Me dijo: “Describiste muy diferente a tu novia y bueno, ¿esta güera qué?”. Volteó a verla y, arrogante, cuestionó su libertad y su autoestima: “¿Por qué te pintas el pelo?, ¿que no te aceptas o qué?”. Luego me miró y me hizo saber cuán decepcionado estaba de mí. En este punto de la historia cabe señalar que, tratando de mantenernos alejadas del conflicto, inconscientemente reprimí muchos otros momentos perturbadores de aquel encuentro. Bueno, que ante un nuevo intento fallido por escapar, como estrategia se me ocurrió prometer a José otra prontísima reunión, y esa fue la llave de salida. Llegó la cuenta e intenté pagar, pero él se negó agresivamente y de sus bolsillos sacó dinero en efectivo y lo aventó en la mesa. Al despedirnos, mi ex le extendió la mano y él le dio la espalda.

Al día siguiente le hice saber a José que no me interesaba en absoluto alguna alianza y que su mezquindad me desbordaba la indignación. Lo bloqueé de donde pude y, a cambio, recibí acoso vía telefónica. Genaro me llamó por instrucción de José durante varios meses consecutivos (cuando me hablaba, a la distancia escuchaba la voz de José dictándole cosas). Bloqueé números, pero me hablaban de líneas distintas. Buscaban intimidarme diciendo cosas como que yo aún estaba a tiempo de salvarme y que las oportunidades se me terminaban. Así raro y a secas.

Con el tiempo me he imaginado escenarios de partida diferentes al de aquella noche. He imaginado aquel donde reviento mi copa de vino en la cara de José. O aquel otro donde señalo su obesidad mórbida, su aliento fétido, cualquiera de sus complejos, o simplemente su miserable ser. Pero la verdad es que siempre llego a la forma en la que sucedió porque aunque las cosas pueden pasar de muchas maneras, siempre suceden de una sola. Las mujeres hemos aprendido a protegernos a través del silencio. Nuestra reacción ante momentos de amenaza es una clara inclinación a volver amistosas las situaciones de peligro porque cualquier otro comportamiento supone riesgos mayúsculos. Nuestra respuesta es pasmarnos, sonreír y flaquear. Casi siempre en ese orden.

Todavía me siento avergonzada por haberme quedado quieta y por no haber sacado de inmediato a mi ex novia de aquella cantina. Sin embargo, después de haber estudiado las aristas del encuentro, sé que haber sobrevivido a la situación no es evidencia de haber consentido conductas abyectas, sino de cómo ambas suprimimos la ira y priorizamos la encarnación de cómo se supone que una buena —y mansa— mujer debe verse y comportarse bajo el entendimiento de que nuestras mentes, cuerpos, gesticulaciones y prácticas sociales están regidas por códigos y normas construidas por un sistema patriarcal.

Este sistema, esta cultura de la desacreditación y del maltrato nos obliga a engordar y perpetuar el entrenamiento que se nos da a las mujeres para suprimir la ira (una emoción primaria y vital que nos advierte sobre indignidad, peligro, injusticia; una emoción señalada como no femenina y amenazante en lugar de lo que es: una respuesta legítima y natural ante el abuso). Se nos entrena para desvivirnos complaciendo al resto. Se nos desalienta el poder en todas sus manifestaciones. Se nos fomenta la ideología de la feminidad que el patriarcado ha definido inyectándonos ciertos estereotipos de belleza y heteronormas que, en términos generales, se tratan de vernos “lindas”, “femeninas”, de ser amables, simpáticas, de decir gracias mil veces, de pedir perdón dos mil más. Se nos entrena a ceder el espacio y a sonreír sin querer.

Abrazo la memoria de las mujeres muertas que no pudieron alzar la voz. Abrazo el corazón de cada sobreviviente que no ha podido. Agradezco a quienes han contado su historia: sus agallas nos unen a todas. Agradezco el apoyo de mi ex novia para escribir esta columna, agradezco su coraje, su amor y sus palabras: “No supimos cómo, pero ahora ya sabemos”.

Creo en la compasión. En la fuerza y el despertar colectivo. Creo en debilitar la violencia en todas sus manifestaciones. En la idea de que una sociedad igualitaria no es utópica sino trabajable. Creo en no invalidar ni un solo testimonio de violencia de género. En abrir una conversación que, sin importar lo incómoda, a todas luces busque un cambio constructivo. Creo en no trivializar las buenas causas. Creo en la empatía. Creo en el intrínseco entendimiento de la diversidad y la comprensión de la interseccionalidad. En el cese de la discriminación en todas sus manifestaciones. En escuchar para negociar. Creo en reconocer la furia reprimida y en utilizarla como un medio de transporte que nos acerque a desarmar los valores que el patriarcado ha definido. En trabajar construyendo puentes de solidaridad con quienes buscan un cambio verdadero. Creo más en la aceptación que en la tolerancia. Y en la justicia como meta de la evolución humana.