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Melvin Cantarell Gamboa

26/10/2021 - 12:05 am

Por qué pensamos como pensamos

Hoy la prohibición, el mandato y la ley han sido reemplazados por los proyectos, las iniciativas y la motivación.

Una mujer practica yoga durante una sesión al aire libre en la plancha del Zócalo capitalino denominada Meditación por la Paz.
“Para vivir y vivir mejor es necesario pensar y reflexionar para dar una dirección a las acciones, meditar con el objetivo de trazar una ruta existencial, hacerlo sin miedos, por la sola búsqueda de lucidez”. Foto: Rodolfo Angulo, Cuartoscuro

Desde sus inicios la sociedad contemporánea se planteó la necesidad de exonerar a los hombres de su capacidad de pensar, para imponerle el deber de obedecer, con la calculada intención de que se inclinen por su esclavitud como si se tratase de su libertad. Es cierto, la libertad es una ilusión y como tal es nuestro deber rechazarla, pero el hombre puede devenir ser libre sin dejar de estar sujeto a causas externas.

Pensamos a través de una cultura y somos tan inteligentes como lo es la cultura en la que nos formamos y vivimos; en consecuencia, pensamos, junto con aquellos que pertenecen a nuestro tiempo, a partir de lo que el entorno y el sistema nos hayan inculcado. Hay, pues, una experiencia existencial que determina la visión que tenemos del mundo y de las cosas.

El discurso de verdad que se deriva de esta condición se le denomina episteme y se nos impone como un determinismo social, histórico, psíquico, geográfico, sociológico y familiar que conforma nuestro Yo que, como dice Michel Onfray, “recibe salvajemente todas las fuerzas provenientes de la brutalidad del mundo. La herencia, los padres, el inconsciente, la época, el lugar de nacimiento, la educación, las oportunidades, las desgracias sociales, todo ello tritura una materia dúctil, plástica en extremo y predeterminan” programas neuronales a los que no podemos escapar. (La fuerza de existir. Anagrama. 2006).

Ahora bien, este discurso de verdad o episteme no es, como se creyó durante siglos, un saber cierto y absoluto que conduce al conocimiento de la entera realidad, es una verdad impuesta desde el poder; es el marco de verdad de cada época y es muy difícil para el común de los mortales entender el conocimiento fuera de esos límites, y mucho más darse cuenta que condiciona nuestra vida y formas de pensar.

¿Cómo puede un discurso operar como dispositivo de poder? Michel Foucault, quien estudió ampliamente sus alcances en tanto mecanismo de poder y como recurso táctico y  estratégico de dominación, descubrió que todo poder tiene como objetivo el sometimiento del cuerpo. “Todo poder es físico, y entre el cuerpo y el poder político hay una conexión directa”. (El poder psiquiátrico. FCE. 2012).

En los años setenta cuando Foucault escribió lo anterior la disciplina era la técnica por excelencia de dominación, pues el poder disciplinario fabrica cuerpos sujetos, fija con toda exactitud su función, de tal manera que el individuo no es otra cosa que el cuerpo sujeto.

Cincuenta años más tarde, la sociedad disciplinaria de Foucault (que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles y fábricas) ya no se corresponde con la sociedad “de rendimiento” (Byung-Chul Han. Herder 2012). Hoy la prohibición, el mandato y la ley han sido reemplazados por los proyectos, las iniciativas y la motivación. Aquella generaba locos y criminales; hoy, por el contrario, produce depresivos y fracasados. Al inconsciente social del presente siglo le es inherente el afán de maximizar la producción provocando que el rendimiento substituya a la disciplina.

El nuevo tipo de hombre constituido en el siglo XXI trabaja, indefenso, desprotegido y falto de soberanía; este cuerpo depresivo se explota a sí mismo, se agrede voluntariamente sin coacción externa; desafortunadamente, la supresión del dominio externo no conduce a la libertad, pero el sujeto de rendimiento se cree libre cuando es víctima y verdugo de sí mismo. El resultado es que la sociedad de rendimiento y la actividad que la nutre producen en él cansancio y agotamiento; signos de violencia del individuo contra sí mismo.

Consecuente con esta lógica, la ideología neoliberal de la resiliencia trastoca la experiencia traumática del trabajo en una actividad incontrolable; utiliza como catalizador el ansia de los sujetos de pasar como triunfador en una competencia salvaje de todos contra todos, cuando lo único que logran es incrementar el rendimiento, la productividad y la competencia entre sus iguales. De ahí que el sistema constantemente llame a la uotomotivación y al éxito para realizarse porque negarse sería un síntoma de debilidad. De esta manera el trabajador, el empleado y el profesionista que se explotan voluntariamente y creen haber alcanzado sus objetivos; ignoran que el precio de un mayor salario para consumir más y disfrutar las experiencias vitales que ofrece la hipermodernidad tienen un tributo amargo, que pagan con el propio cuerpo en forma de sometimiento a fuerzas que escapan a su visión de los hechos y que sólo le aportan dolores, renuncias y autolimitaciones.

El sistema neoliberal conoce perfectamente esta anormalidad y en la absolutización de su poder, genera en los sujetos una dictadura interior, es decir, un régimen de autocontrol de los comportamientos que se resume en el discurso de verdad signado y hegemonizado según las exigencias del momento. De esta manera la vida cotidiana, las imágenes que se consumen, la información que se recibe, así como creencias, roles, ideologías, instituciones, aspiraciones y la personalidad son impuestas al sujeto desde el poder a través de la episteme. Ahora bien, este discurso pensado, planeado y presentado como verdad, con argumentación, ilustración, desarrollo, encadenamiento de causalidades produce un efecto del que es muy difícil escapar.

A los sometidos les queda la ilusión de que son libres, de que hacen lo que hacen por voluntad propia; actúan como la piedra de Spinoza: es lanzada hacia arriba, y si pudiera pensar, creería que sube “porque quiere” y al bajar “piensa” que esa es su decisión. De la misma manera, los hombres se creen libres porque ignoran las causas que los determinan; no saben que incluso sus más absurdos caprichos son ajenos a su entera voluntad.

El hombre es un ser domesticado y condicionado por la civilización y la cultura; cierto, ambas lo han empujado a salir de la brutalidad, el instinto y las pulsiones que les impuso la naturaleza; sin embargo, esas fuerzas primitivas no lo liberaron de otros hombres más fuertes: el amo, el señor feudal, el patrón, el capitalista, el empresario, el financiero y el trabajo; que juntos dan existencia al depredador de depredadores que agota, empobrece, mengua, fatiga, debilita y ablanda la vida de los débiles, víctimas del formateo de una época y del discurso de verdad que le impone desde la infancia la sociedad, la familia, la escuela, la universidad, etc., una marca sin retorno que crea rutas, caminos por los que se ve obligado a transitar si no aprende a romper con ese imprinting que automatiza los comportamientos. Esas son las razones por las que se piensa como piensa.

¿Qué hacer para escapar a esos condicionamientos, dispositivos e imposiciones? ¿Hay opciones diferentes? Sí, superar la dominación cognitiva de la episteme dominante y recuperar lo que hemos perdido al dejarnos manipular por la información y el conocimiento técnico-científico que hoy domina el mundo; así como evitar fanatizarnos con distractores y paliativos como el deporte profesional, espectáculos masivos, modas, consumismo, etc. que tienen poco que ver con la madurez humana que da la sabiduría; no debemos dejar las cosas a su propio curso, porque si la superestructura de la civilización ofrece tentaciones, seducciones confortables, ideales, idea del deber, promesas, esperanzas, metas de ambición, posiciones de poder, carrera, riqueza a cambio de arrebatarnos conciencia, libertad, alegría de vivir y serenidad, entonces vale la pena inclinarse por la construcción de un espíritu insobornable y soberano, libre de decir la verdad, que niega el deseo de poder (sobre todo el poder del deseo), la ambición, el éxito, la avidez y el apetito de figurar. Este poder, que es el poder sobre uno mismo, sólo se conquista aprendiendo a vivir con sabiduría; un saber que no se vive contra los otros ni a pesar de ellos, tampoco de cualquier manera; es posible en esta vorágine una vida que no sea una vida bruta ni mutilada, sino una vida buena, justa y lograda que se construya individualmente, no con teorías, sino con la práctica de la eumetría, es decir, la exacta medida de una vida vivida sabiamente.

Para vivir y vivir mejor es necesario pensar y reflexionar para dar una dirección a las acciones, meditar con el objetivo de trazar una ruta existencial, hacerlo sin miedos, por la sola búsqueda de lucidez; lo que permitirá vivir según el propio pensamiento y pensar según la propia vida, para no seguir a nadie ni guiar a nadie. No pensar con ideas y conceptos, sino con verdades concretas. Denunciar toda barbarie, luchar contra la injusticia y la inequidad, dar la palabra a quienes están privados de voz y preferir la austeridad del pobre a la insolencia del rico.

Melvin Cantarell Gamboa
Nació en Campeche, Campeche, en 1940. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es excatedrático universitario (Universidad Iberoamericana y Universidad Autónoma de Sinaloa). También es autor de dos textos sobre Ética. Es exdirector de Programas de Radio y TV. Actualmente radica en Mazatlán, Sinaloa.
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