Los que apoyan las fronteras abiertas comienzan a identificarse con los nuevos movimientos progresistas o lo que llaman “la nueva izquierda internacional”. Foto: Isabel Mateos, Cuartoscuro

El complejo fenómeno de las caravanas migrantes y los cientos de miles de refugiados que buscan un hogar en el mundo desarrollado nos llevan inevitablemente al debate entre globalistas y nacionalistas sobre la pertinencia de la apertura o cierre de las fronteras, sobre la construcción de puentes o muros, y sobre el derecho o no a migrar libremente. La defensa de las fronteras abiertas—que se contrapone a las posturas de la construcción de muros o las políticas migratorias restrictivas enarboladas por gobiernos como los de Estados Unidos, Israel, Hungría o Polonia—es ahora la bandera de los nuevos movimientos progresistas del mundo occidental.

La firma del pacto mundial sobre las migraciones y la oposición al mismo por parte de algunas naciones parece dividir hoy a dos posturas distintas que se confunden con ideologías. Los que apoyan las fronteras abiertas y se oponen a las políticas migratorias restrictivas comienzan a identificarse con los nuevos movimientos progresistas o lo que llaman “la nueva izquierda internacional”. Algunos representantes de la generación de los denominados millennials (generación que inicia con la década de los ochenta) no parecen reconocer las ideologías de la guerra fría y comienzan a identificarse con otros temas y con otras ideas; con ellas justifican sus luchas y sus protestas.

Ahora ser de izquierda en el mundo occidental significa, para muchos, apoyar el pensamiento de las fronteras abiertas, apoyar los movimientos indigenistas (o pseudo-indigenistas), los movimientos ambientalistas, la lucha feminista, las protestas LGBTQI+, la legalización de las drogas y el movimiento de reducción de daños. Desconfiar de Greta Thunberg, llamar a los antifascistas grupos paramilitares, dudar de la espontaneidad de las caravanas migrantes y no apoyar a Bernie Sanders o a Alexandra Ocasio Cortés y su “Nuevo Acuerdo Verde” (o Green New Deal) no es ser de izquierda, no es ser progresista, es definirte como ultra-conservador y apoyar los valores más despreciables de la ultra-derecha o del proto-fascismo.

Para ser de izquierda y pertenecer a los movimientos progresistas de hoy, representados por “los buenos del mundo”, es también recomendable colocar una “x” después de sustantivos clave, como latino o chicano (decimos Latinx o Chicanx en inglés); ello con el objeto de acabar con el pensamiento binario en materia de género y reconocer múltiples identidades. Esto es un must, o algo “que debe ser” para definirse uno como de izquierda. También, para estar a tono con el pensamiento progresista moderno, hay que estar en contra de las prisiones y desear un “mundo libre de milicos (militares) y policías.” Estas son las reglas de la nueva izquierda a comienzos de la tercera década del siglo XXI. Libertad, liberalismo y (¿por qué no?) libertinaje son parte de los nuevos valores de la izquierda moderna.

Y hay de uno si tiene la osadía de criticar al movimiento anti-fascista o antifa, que en la realidad es difícil de descifrar. Los autonombrados miembros de la nueva izquierda pueden llegar a verlo a uno con recelo y desconfianza y pensar que, si uno alguna vez se identificó con la izquierda, ahora le ha vendido su alma al diablo, a la ultra-derecha o a los mismísimos hermanos Koch. Se puede llegar a pensar incluso que uno es partidario de Donald J. Trump o de los movimientos neo-nazis, supremacistas blancos (tales como los que representan el orgullo machista de los Proud Boys).

Es interesante analizar los valores de la auto-denominada nueva izquierda mundial. En realidad, dichos valores están bastante alejados del marxismo y se acercan más bien al laissez-faire de Adam Smith, conocido por algunos como el “padre del capitalismo”. También, si lo pensamos bien, el nuevo progresismo internacional se identifica, de alguna forma, con algunos aspectos del pensamiento de los defensores del liberalismo clásico como Friedrich Hayek o Ludwig von Mises. La idea de promover “una sociedad abierta” que debe ser defendida de sus enemigos como lo propone el filósofo austriaco (inglés) Karl Popper parece adoptarse con gusto por el nuevo pensamiento progresista. Todas estas filosofías justifican y apoyan al sistema capitalista.

Es verdad que la nueva izquierda internacional busca mayores libertados y también mayor igualdad (objetivos a veces contradictorios), critica la discriminación en el sistema judicial o la aplicación desigual de la justicia en base a clase o raza, apela al término socialismo y propone, en ocasiones, medidas realmente progresistas (como la construcción de un sistema de cobertura de salud universal). La nueva izquierda internacional se enfoca en la defensa de los derechos civiles y tiene como piedra angular la política de identidad.

La parte que parecería ser contradictoria en lo que respecta a los objetivos de la izquierda tradicional o clásica—que busca la igualdad y un cambio de sistema que modifique las estructuras económicas para minar la explotación de las mayorías por parte de la clase capitalista—es esta defensa a ultranza de todas las causas del liberalismo de segunda generación (que llegan con el reconocimiento de los derechos civiles en Estados Unidos). Esta nueva lógica, que olvida el motor de la lucha de clases y mueve ahora las conciencias de los jóvenes en base a la política de identidad, consolida y apoya los valores capitalistas dentro del esquema denominado neoliberal. Karl Popper parece superar a Karl Marx en la búsqueda de la igualdad. Y así la nueva izquierda se afianza bien en una sociedad abiertamente capitalista.

Lo negativo de esta nueva visión, es que representa nuevas formas de imperialismo pues impone en el mundo en desarrollo lo que deberían ser las nuevas causas sociales en un mundo desarrollado donde imperan los libres mercados. En un mundo de fronteras abiertas para unos y no para otros, los migrantes seguirán siendo explotados y las nuevas luchas identitarias no ponen en duda existencial al gran capital. En otras palabras, parecería que el enfoque en la política de identidad como lo propone la nueva izquierda, reprime la conciencia de clase e inhibe un verdadero cambio en el modelo económico, es decir, un verdadero cambio social. Las nuevas luchas de la izquierda caben perfectamente en la visión popperiana de la sociedad abierta. En realidad, en esta sociedad no hay mucho camino para lograr la igualdad en el nivel ingresos, que es lo que menos importa. Importan más bien las libertades; se acepta de facto el status quo neoliberal.