Ganadora del Prix Femina des Lycéens 2017 y nominada al Grand Prix du Roman que otorga la Academia Francesa esta conmovedora novela, Los pasatiempos de la reina que buscaba catarinas, es una oda a la singularidad, la libertad y la imaginación. 

Ciudad de México, 27 de abril (SinEmbargo).– A través de la voz y el pensamiento de un niño al que todos consideran «diferente», Jean-Baptiste Andrea celebra la infancia, pero también la crueldad que puede nacer de los juegos más inocentes.

Shell no es un niño como los demás. Sin amigos y sin la posibilidad de asistir a la única escuela del pequeño pueblo donde vive, tiene que cargar con el estigma, el acoso y el miedo que su condición despierta: su cerebro no se desarrolló con normalidad.

Tras provocar un incendio en la estación de gasolina que atiende su familia, Shell tiene que escapar de sus padres, quienes, incapaces de cuidarlo, deciden internarlo en un psiquiátrico. Él piensa que ir a la guerra es la única forma de demostrarles que ya no es un niño y que puede cuidarse solo.

Sin embargo, cuando huye de su casa no encuentra batallas ni ejércitos enemigos, en su lugar conoce a una misteriosa niña, Viviane, quien inicia un perverso juego en el que ella es una reina y él debe cumplir sus deseos, sin importar lo imposibles que sean.

Ganadora del Prix Femina des Lycéens 2017 y nominada al Grand Prix du Roman que otorga la Academia Francesa esta conmovedora novela es una oda a la singularidad, la libertad y la imaginación.

La información anterior pertenece a Grupo Planeta.

Fragmento del libro Los pasatiempos de la reina que buscaba catarinas, de Jean-Baptiste Andrea: copyright: 2019. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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A fuerza de repetirme que yo no era un niño, y eso estaba bien, llegó lo inevitable. Quería demostrarles que era un hombre. Y los hombres van a la guerra, lo veía todo el tiempo en la televisión, un viejo y abultado aparato frente al que comían mis padres cuando la estación de gasolina estaba cerrada.

En esa época no pasaba mucha gente por el camino hacia la campiña de Asse, en el borde del cual vivíamos, olvidados por la provincia. Nuestro hogar no era más que un viejo ático sobre el par de bombas de gasolina. Antes, mi padre solía pulir las bombas regularmente, pero con la edad y la falta de clientela había renunciado a la tarea. Yo extrañaba eso, las bombas brillando. No tenía derecho a limpiarlas solo, porque la última vez que lo había hecho había terminado empapado y mi madre me había regañado, como si ella no tuviera suficiente trabajo con un vago por marido y un hijo retrasado. Cuando ella se ponía así, mi padre y yo decidíamos ignorarla. Aunque es cierto que tenía demasiado trabajo, especialmente los días de lavandería con las imborrables manchas de grasa del taller. También es cierto que cuando yo tomaba una cubeta, toda el agua terminaba en el piso. No podía evitarlo, así era yo.

Mis padres hablaban poco. En casa, un rectángulo de cemento detrás de la estación que mi padre nunca terminó de enyesar, los únicos ruidos eran los de la televisión, las suelas de cuero sobre el linóleo y el viento que bajaba de la montaña y se quedaba atrapado entre la fachada y el muro de mi habitación. Pero nosotros, nosotros no hablábamos: ya nos lo habíamos dicho todo.

Mi hermana nos visitaba una vez al año. Ella era quince años mayor que yo, estaba casada y vivía muy lejos. En cualquier caso, parecía estar lejos ese lugar que me mostraba en un mapa. Cada vez que venía, todo terminaba en una pelea entre los padres y ella. Ella pensaba que una estación de gasolina, en un rincón como este, no era un lugar para mí. Me costaba entender por qué, pues la estación se veía bien para mí, sin contar las bombas sucias. Cuando ella se iba, yo miraba siempre el mapa y me preguntaba qué podría haber mejor allá donde ella vivía.

Un día le hice la pregunta. Ella acarició mi pelo y me dijo que en su ciudad podría tener amigos de mi edad, gente con quien hablar. Y ¿tal vez algún día conocer a una mujer? Mujeres, las conocía mejor de lo que ella pensaba, pero no dije nada. Mi hermana continuó: los padres estaban viejos, ¿qué pasaría conmigo cuando ellos ya no estuviesen aquí? Sabía que cuando decía que ya no estuviesen aquí, quería decir que era para siempre, que ya no volverían nunca. Respondí que me haría cargo de la estación yo solo y ella fingió creerlo, pero pude notar que mentía. No me importó. Secretamente, me regocijé de poder algún día pulir las bombas.

Mi hermana tenía razón sobre algo. Amigos, no tenía ninguno. El pueblo más cercano estaba a diez kilómetros de distancia. A los chicos de la escuela les había perdido la pista cuando dejé de ir. Sólo veía a los automovilistas que se detenían a cargar gasolina y yo, orgullosamente, llenaba el tanque desde la parte trasera con la hermosa chamarra Shell que mi padre me había dado. Eso fue antes de que Shell se diera cuenta de que no vendíamos suficiente gasolina, lo que nos obligó a recurrir a una marca italiana a la que no le importaba cuánto vendíamos. Pero, de todos modos, yo me ponía mi chamarra. Los clientes me hablaban, eran amables, a menudo me daban alguna propina y mis padres me dejaban conservarla. Incluso teníamos clientes habituales como Matti. Pero ningún amigo.

Eso no me molestaba. Estaba bien ahí. Lo que me hizo partir fue un cigarro.

La campiña estaba saliendo de un crudo invierno que se había caramelizado en el verano; la pobre primavera había sido aplastada entre ambos. Había escuchado a un cliente decir eso, pensé que era gracioso, era como el viento entre mi habitación y la montaña.

Entre las tareas que se me habían confiado estaba la de poner papel higiénico en el sanitario marcado con la letra C, la W se había caído y, una vez que descubrimos que era un excelente soporte para las ollas calientes, nunca la pusimos de vuelta. Papel higiénico era una gran expresión para referirse a un periódico cortado en cuadros, pero eso era justo lo que amaba, cortar los cuadros. Había que tener cuidado de no cortar un periódico que mi padre no hubiera leído en su totalidad. Una vez recibí un buen golpe por hacerlo y mi padre me obligó a pegar la página de deportes entera, hasta que nos dimos cuenta de que un cliente había usado el cuadrado con los resultados, que eran lo que a él le interesaba. Me gané entonces un segundo golpe.

Eran las dos en punto y sólo había parado un carro ese día, un Renault 4L azul. Claro que recuerdo ese 4L. La montaña ardía como una lámina de acero detrás de la estación. Me había pasado una hora recortando y había ido a los C, como les llamábamos, para dejar el periódico. Jamás respiraba en los sanitarios, tenía fobia a los malos olores desde que era muy pequeño. Y aunque nadie había usado el C desde hacía algunos días, despedía siempre un olor desagradable a suelo viejo podrido, olor que asociaba con la muerte, con la composta llena de cosas asquerosas que mi madre ponía alrededor del geranio, la única flor que había en la estación. La flor se moría con cierta regularidad pero mi madre siempre la reemplazaba. Mi padre le gritaba siempre que era la composta lo que estaba matando al geranio, pero ella nunca lo escuchaba.

Cuando salía de la pequeña cabaña, noté el paquete de cigarros que había caído debajo del lavabo. Quedaban dos. Nunca había fumado. Mi padre siempre contaba cómo había visto, durante la guerra, a un tipo que, fumando mientras rellenaba un tanque, se había prendido fuego. Habían necesitado una cisterna entera para extinguirlo. Cada vez que los bomberos pensaban que lo habían conseguido, el tipo se volvía a encender. Creo que mi padre exageraba para hacerme entender. En casa, había un gran letrero gigante a un lado de las bombas con un cigarro tachado.

Pero yo estaba lejos de las bombas, lejos de casa, y por seguridad fui a instalarme en el pequeño mirador detrás del sanitario. Traía cerillos conmigo, siempre eran útiles para quemar algún insecto. Un cliente me vio un día hacerlo, me llamó «sucio y cruel», pero recordé que en la escuela habíamos diseccionado ranas vivas, así que no me quedaba clara la diferencia. «Estúpido y sucio y cruel serás tú», le respondí. Luego me fui llorando, lo había dejado sin palabras. Mi madre fue a hablar con el tipo, el sucio cruel, los vi desde lejos, hacían grandes ademanes, especialmente ella. Él no decía casi nada. Al final, no pasó nada. El tipo se fue y, cuando estuve seguro de que no podía verme ya, le mostré las nalgas.

Encendí el cigarro como en los westerns y después de dos inhalaciones de prueba, aspiré con todas mis fuerzas. Fue peor que aquella vez en que casi me ahogo cuando tenía ocho años, las últimas vacaciones que recordaba: habíamos ido al lago. Una mujer me había sacado del agua. Pero esto, además, quemaba.

Dejé caer mi cigarro, cayó sobre una pila de agujas de pino. Quería pisar la colilla pero saltó, las agujas se encendieron así, con chispas risueñas, en un enorme rojo y amarillo que me atrapó el zapato. Grité, mi madre salió, mi padre también, de inmediato entendieron lo que estaba pasando. Aquí no nos reímos de los incendios. Mi padre llegó con un extintor, jamás lo había visto correr tan rápido, ya no era tan joven. Al final quedó un trozo de tierra quemada en el mirador. No mucho, pero no fue poca cosa. Eso es lo que mi padre dijo de todos modos. «No es poca cosa». Mi madre cayó sobre mí como una fiera. Creo que mi papá también me habría pegado, pero no se atrevió a levantarme la mano porque ya había crecido.

Grité que ya no era un niño, mi madre respondió que sí, que era uno, y que mientras viviera bajo su techo haría lo que ella dijera, y que más me valía meterme eso en mi cabeza de doce años.

Esa noche llamaron a mi hermana. Escuchaba todo a través de la puerta. Pensaban que hablaban en voz baja, pero como los dos estaban un poco sordos, su voz baja casi sonaba como a todo volumen. Usaron el teléfono grande de baquelita, la única cosa que me dejaban limpiar en la casa porque no podía romperlo y porque tampoco requería agua. Lo frotaba varias veces al día, brillaba como alquitrán fresco, se sentía uno bien de sólo mirarlo. Y ya que me encantaba ese teléfono, tuve la impresión de que me habían traicionado doblemente.

Le dijeron a mi hermana que tenía razón, que ahora eran demasiado mayores para cuidar a un niño y que hacía falta que ella enviara a alguien. Le dijeron que otra vez casi había provocado un incendio, pero yo no recordaba que esto ya hubiese sucedido antes. Hubo un gran silencio mientras mi hermana hablaba y entendí que iba a venir para llevarme. No sabía cuándo: mañana, en un mes, en un año, no hacía gran diferencia. Vendría por mí y eso era todo lo que importaba.

Ese fue el día en que decidí irme a la guerra.