Creo que todos contamos con una memoria con la que no podemos contar, pues cada quien recuerda lo que puede o lo que quiere. Foto: Oscar de la Borbolla.

Mi memoria es traidora y embustera: constantemente me lanza recuerdos inexistentes que lo mismo mejoran la impresión de mi vida haciéndome creer que el pasado fue bueno, que me obligan a deprimirme, pues me brindan estampas vívidas de derrotas que nunca acontecieron, y luego, para colmo, cuando más necesito recordar un nombre o una fecha, se hace un silencio como si mis neuronas específicas estuvieran rotas o muertas.

Y no es que tenga lo que se llama mala memoria; al contrario: recuerdo infinidad de poemas que me declamo mentalmente mientras paseo a mi perro o que digo en voz alta en mitad de una clase cuando vienen a cuento. De hecho, en la memoria me recargo para hacer la mayoría de mi trabajo. Sin embargo, las caras jamás concuerdan con los nombres y los lugares que supongo en un país, frecuentemente están en otro.

Me han dicho que tengo memoria selectiva, que me desprendo fácilmente de aquello que me importa poco, y es posible; pero no tan sencillo, pues a veces se me quedan grabados como vivencias indelebles aspectos nimios, eventos cuya intrascendencia no tendría siquiera por qué haber captado mi atención, y también, en ocasiones, experiencias que aprecio, que estuvieron rodeadas por (lo diré con una frase cursi) el esplendor de la vida, se me extravían empobreciendo mi biografía hasta dejarla hueca y anodina, y claro que no ha sido así.

Es un problema mi memoria, pues, definitivamente, no puedo confiar en ella y eso me pone a merced de quienes conviven conmigo, pues han llegado a convencerse de que saben más de mí que yo mismo, y temo que me estén adulterando el pasado, inventándome una vida que no ha sido la mía. Para que se dimensione mi dilema sólo imagínese que me veo invitado a arrepentirme de actos que según yo no cometí, o a ufanarme de hazañas en las que ni siquiera estuve presente.

Sospecho que mi caso no es tan singular como podría parecer. Creo que todos contamos con una memoria con la que no podemos contar, pues cada quien recuerda lo que puede o lo que quiere y, además, el pasado cambia con la misma turbulencia que cambia el presente, aunque todos estemos convencidos de que nuestra versión es la correcta.

Aunque el verdadero asunto no son las fallas de la memoria, sino la naturaleza misma del pasado, pues si éste, por definición, es lo que ya no es, lo que fue, entonces el pasado sólo puede estar en el presente, en el ahora que es movimiento perpetuo. Cuando pensamos que el pasado queda fijo en la escritura o en el monumento, no nos percatamos en que esa escritura se reinterpreta siempre desde el presente, porque nada es fijo en este mundo.

Me he quitado un peso de encima, defenderé mi versión del pasado, porque en el fondo hay la misma irrealidad en mi versión que en las otras y la mía, al menos, es la que más me conviene.

Twitter

@oscardelaborbol