Vino la pandemia y el encierro. Si seguí corriendo fue porque descubrí, en ese parque que queda a 300 metros de mi casa, a las cinco de la mañana cuando está vacío, que correr me aportaba ese silencio que ya no había en casa. Foto: Crisanta Espinosa, Cuartoscuro.

Nunca me ha gustado correr. Quien me conoce, puede dar cuenta de ello. Si no soy obeso, estoy más cercano de serlo que de ser alguien atlético. Soy un tipo pesado que, para colmo, se ha dedicado a labores bastante alejadas de lo deportivo. Al menos en una primera impresión: leer, escribir y dar clases no suenan a actividades propias de la cultura del fitness. Si acaso, disfruto del juego más que del ejercicio en sí mismo.

Da igual. Por azares del destino, de la palabra descolocada, de alguna ocurrencia u otra razón, a mis dos compadres y a mí nos pareció que no sonaba tan mal la idea de correr el medio maratón del Día del padre. Así que en febrero nos inscribimos. Yo no había siquiera entrenado un poco. Tan sólo un par de veces con M, a quien sí le gusta correr. Los resultados fueron lamentables: corrí 1.4 kilómetros antes de detenerme, exhausto. Las cuentas eran claras: tan sólo debía correr 15 veces más esa distancia que había terminado conmigo.

Comencé a correr tres veces a la semana sin más guía que algunas lecturas en blogs especializados y los consejos de varios amigos que, ellos sí, disfrutan de la carrera y han corrido maratones. Confieso que, en la mayoría de las sesiones, buscaba cómo darle la vuelta al esfuerzo pero no hay rutas más cortas. También, que la primera vez que corrí tres kilómetros seguidos lo sentí como un triunfo que se repitió a los 5 y a los 10.

Más que el acuerdo con los compadres, me motivaba una imagen que muchos podrán tachar de cursi: en esa carrera en particular, está permitido que los hijos pequeños de los corredores se sumen a los últimos kilómetros para cruzar la meta juntos. Así que disfrutaba, con una anticipación casi irresponsable, la idea de que mis dos hijos me acompañaran a cruzar la meta.

Vino la pandemia y, entre muchas otras cosas, la consecuente cancelación de la carrera.

Vino la pandemia y el encierro. Si seguí corriendo fue porque descubrí, en ese parque que queda a 300 metros de mi casa, a las cinco de la mañana cuando está vacío, que correr me aportaba ese silencio que ya no había en casa. El problema es que el parque tiene un perímetro de 200 metros y dar vuelta tras vuelta es demasiado repetitivo. Sin embargo, como soy ingeniero, durante todas esas sesiones me la pasaba haciendo cuentas: fracciones y porcentajes sobre lo que llevaba recorrido, sobre lo que me faltaba por correr.

El sábado pasado me acosté temprano. El mayor problema es que la banqueta que rodea al parque apenas tiene un metro de ancho. Si hay muchas personas, resulta complicado guardar la sana distancia y correr bajo la acera puede ser peligroso. Así que me levanté a las 4:20 de la mañana. Mi madre, que vive cerca, llegaría al parque a las 6:00 y, dependiendo de cómo fuera, llamaría a M y a los niños para que me alcanzaran. Eso sí, lo haría sólo si el parque estaba vacío.

Lo estuvo. Y los niños llegaron antes de lo pensado, cuando yo iba por el kilómetro 15. En el 17 sentí que ya no podía más y se los dije. Me animaron. Corrieron tras de mí una distancia que no creí que pudieran pero, bien visto, yo también estaba haciendo algo que, meses antes, me parecía imposible.

Cruzamos la meta imaginaria 105 vueltas después de iniciado el asunto. Agotado. Contento. No orgulloso, como podría pensarse. Si acaso, satisfecho. Y contento. Por haber podido y, sobre todo, por haber cruzado con mi mujer y mis hijos. 105 vueltas son demasiado. En verdad, no entiendo a quien corre maratones. Creo que no lo haré nunca, aunque mis amigos dicen que esto es un vicio que no se puede dejar. Quizá. El asunto es que sigue sin gustarme correr. Disfruto los resultados, por supuesto, pero la idea de correr sin parar durante horas me sigue costando demasiado.

2:32:37, para quien se lo pregunte. Un tiempo tremendamente alto para corredores serios. Un tiempo al que llegué con menos de medio año de entrenamiento. Un tiempo que es relativo para quien corrió las últimas 25 vueltas acompañado por los pequeños.

Para bien o para mal, la inscripción de la carrera del Día del padre será válida el año próximo. Quizá consiga bajar ese tiempo. Eso sí, la correré sólo si ese par me acompaña en el cierre.

Por cierto, C, uno de mis compadres, también hizo su carrera ese día. Hizo 10 minutos menos que yo. Lo celebro.