La dificultad de poner un huevo de oro. Foto: Óscar de la Borbolla.

Existe un dicho que contiene una alta dosis de verdad: “Lo que no mata fortalece”. Es lacónico y suele decirse con cierta ironía, como invitando al interlocutor a poner buena cara ante la adversidad. Hoy, sin embargo, quisiera tomarlo de la manera más seria posible, pues me parece que indica una verdad que nos resultaría muy útil para que la educación fuese más eficaz.

Hemos visto emerger máquinas que facilitan el trabajo, desde las poleas hasta las grúas y, paralelamente, nos hemos vuelto menos fuertes; hemos visto juguetes que juegan solos y vuelven incapaces a los niños para encontrarle el gusto a las simples canicas, y también nos consta que, como resultado del uso extendido de las calculadoras, ya nadie sabe hacer operaciones aritméticas y, en fin, cada que aparece un mecanismo que nos facilita la vida nos arrebata esa capacidad de hacer las cosas por nosotros mismos. El perjuicio que nos acarrean las máquinas lo he comprobado vergonzosamente en carne propia, pues en la actualidad, luego de años de escribir en computadora, me duele confesar que ha desaparecido, casi por completo, no sólo mi buena caligrafía, sino esa motricidad fina que me permitía con gran velocidad llenar innumerables hojas con palabras: hoy, si se me acaba la batería, soy prácticamente un ágrafo.

Por lo visto no sólo es verdad que lo que no mata fortalece, sino la idea inversa: lo que nos facilita la vida nos vuelve incapaces para rascarnos con nuestras propias uñas. A la luz de estas brevísimas consideraciones parece necesario repensar la educación, pues puede ocurrir que los ahora llamados “facilitadores” -ya no profesores o maestros- y con un modelo educativo que simplifica los contenidos, con la buena intención de hacer más llevadero el aprendizaje, se estén produciendo educandos ineptos, algo parecido a lo que hacen los padres sobreprotectores con sus hijos: personas buenas para nada.

Facilitar, facilitar para ahorrar esfuerzos y trabajos facilita tanto que, luego, ante los problemas técnicos o profesionales que nunca son fáciles, o ante los problemas reales de la vida, que tampoco son fáciles, uno, acostumbrado a tanta facilidad, no es capaz de resolver.

Creo que no hay mejor educación que la que nos capacita para enfrentar los problemas por nosotros mismos entrenándonos en un campo de obstáculos. Lo contrario nos debilita, como nos han debilitado las máquinas, y nos vuelve sujetos dependientes. Una educación que facilita es parecida a la limosna, soluciona de momento pero convierte al mendigo en un menesteroso para siempre.

Fácil y divertido parecen ser las características de todo en nuestro tiempo: la educación fácil y divertida, la lectura fácil y divertida, el trabajo fácil y divertido; hasta el amor tiene que ser fácil y divertido. Con personas que sólo pueden entrarle a lo fácil y divertido vamos a terminar en una sociedad sin personas. Ojalá que esta reflexión no sea sólo fácil y divertida.

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