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Alejandro Calvillo

27/07/2022 - 12:05 am

Democracia o colapso

Los Estados han dejado de servir a los intereses colectivos y la incapacidad de la gobernanza mundial es uno de sus principales efectos.

Es común que predomine la discusión y la denuncia de los intereses partidistas y de los actores políticos, pero poco, muy poco se habla de las formas de actuar de las grandes corporaciones que son hoy en día quienes dictan la política haciendo que la democracia sea, en varios sentidos, un gran engaño. La manipulación que ejercen se encuentra en la principal causa de algunos de los mayores problemas que vivimos como humanidad y que enfrentamos en nuestro país.

Los Estados han dejado de servir a los intereses colectivos y la incapacidad de la gobernanza mundial es uno de sus principales efectos. De hecho, aquellos conceptos que anteriormente se entendían como parte de un bien común, de un bien social, ahora se presentan como mercancías para quienes las puedan adquirir. El CEO de Nestlé, la mayor empresa de alimentos ultraprocesados en el mundo, llegó a decir que el agua no debe ser considerado un bien común, que su naturaleza es la de ser una mercancía. En Bolivia, las empresas privatizadoras del agua llegaron a intentar cobrar a quienes almacenaban el agua de la lluvia. La descomposición social y el fin de la democracia, como la forma de Gobierno que, entendemos, debería velar por los intereses colectivos, es una realidad. 

El persistente bloqueo que durante años ejercieron las grandes petroleras a escala global para evitar que se llegaran a acuerdos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, provocó que perdiéramos 30 años vitales. El paso decisivo debería haberse dado en 1992 durante la Cumbre de la Tierra en Río en la que la Organización Meteorológica Mundial señaló que era urgente una revolución energética y social de fondo, recomendaba reducir en 80 por ciento las emisiones de bióxido de carbono. 

El Gobierno estadounidense negó el cambio climático, y una parte importante de los políticos de ese país lo ha seguido haciendo, como el propio Donald Trump. Atrás de eso ha habido una gran inversión de las corporaciones petroleras comprando políticos, científicos a modo y creando organismos internacionales. Así lo han hecho todas las grandes corporaciones cuando la realidad muestra el daño que están generando. Con todas sus diferencias, el negacionismo ha sido el arma de las corporaciones para evadir sus responsabilidades. Millones de vidas se hubieran salvado si las tabacaleras no hubieran negado y ocultado la evidencia del daño de sus productos por varias décadas. Ahora que se ha bajado el tabaquismo en gran parte del mundo, introducen los vapeadores negando sus daños, como lo hicieron con el tabaco, y para ello cuentan con políticos, científicos y la creación de organizaciones.

En el siglo pasado, como resultado de una muy larga lucha por los derechos civiles, se logró en muchas naciones el reconocimiento al derecho a la salud, a la educación, a la vivienda, en el llamado Estado del Bienestar. Este sistema se manifestaba en una relación entre la democracia, el capitalismo y el bienestar social, en medio de fuertes contradicciones, sobretodo, con las naciones periféricas. Sin embargo, se avanzaba y se mantenía una esperanza en la permeabilidad social, en las mejoras de las condiciones de vida. 

En el periodo del Estado del Bienestar se establecieron las jornadas laborales de ocho horas, la seguridad social y el acceso a la salud y la educación como derechos, entre otros avances frente a la exclusión que provocaba un sistema que concentraba la riqueza en unos cuantos. Estos derechos eran concebidos como derechos sociales a todos los ciudadanos. De esta manera, se establecía un límite a un sistema, el capitalismo, que se centraba en el bien individual por encima del bien común. Se establecía una política que hacía algo para redistribuir la riqueza, el bienestar. Se concebía al propio bienestar como un bien común al que debía aspirarse. Es la época en que más se avanza en las regulaciones para la protección ambiental. 

Sin embargo, la agenda de gobiernos, como los de Thatcher y Reagan, que gobernaron durante los años 80, de bajar impuestos, reducir el gasto social, privatizar los servicios de salud y educación, desregular, darle el poder al mercado, debilitar los derechos laborales, afectó radicalmente las perspectivas de mejora social y se convirtió en una política de deterioro de las condiciones de vida de las mayorías trabajadores y promovió una alta concentración de la riqueza. En ese nuevo paradigma convertido en ideología, el mercado por si sólo crea el mejor de los mundos posibles, limitar la competencia es atentar contra la libertad. Buscar una mayor equidad, buscar acuerdos globales entre los gobiernos, buscar que el Estado vele por el bien común, es ineficiente, el mercado es la mano invisible del desarrollo humano.

Algunas naciones del norte de Europa resistieron estos cambios del llamado neoliberalismo manteniendo un fuerte Estado del Bienestar a su interior, en que todos los individuos tienen acceso a la seguridad social, la atención médica, a la educación gratuita, convirtiéndose en las sociedades con mayor igualdad. Reconocemos que lo han hecho a su interior, pero del exterior, de los demás países mantienen sus políticas extractivas de capitales y recursos que les permite su alto nivel de vida. Hace unos años se realizó un referéndum en Suiza para que los ciudadanos decidieran si se obligaba a sus numerosas y poderosas empresas transnacionales a llevar a los demás países las prácticas que realizan en su país de origen, es decir, a no establecer un doble estándar. La votación no fue favorable, la mayoría de los ciudadanos suizos votaron por mantener el doble estándar, que les permite realizar en otros territorios aquello que no podrían hacer en su nación de origen.

En las naciones del llamado Sur, con las que las naciones del llamado Norte tienen una enorme deuda ambiental por el saqueo de recursos naturales a las que las sometieron y las siguen sometiendo, las instituciones financieras internacionales presionaron, a partir de las negociaciones de deudas y préstamos, el debilitamiento del Estado, el debilitamiento y/o desmantelamiento de la seguridad social, de la atención médica, de la educación gratuita, de gran parte de los programas sociales. Ahí tenemos el “gran modelo” chileno del neoliberalismo que llevó a una profunda desigualdad. 

De manera paralela al debilitamiento del Estado y el abandono y deterioro de los servicios que deberían garantizar un mínimo de bienestar en la población, la ideología neoliberal abrió el espacio de la gestión de la política pública a las grandes corporaciones, a su influencia, tomaron el control. Surge así el llamado “capitalismo salvaje”. Se generó así una normalización en el servicio de los funcionarios y dependencias públicas a los intereses económicos poniendo en entredicho el hecho de que sean funcionarios “públicos”, para ser en la práctica funcionarios “privados”. 

Los efectos comenzaron a verse sobre el planeta. Las corporaciones tomaron el mando en las negociaciones internacionales, detuvieron el Protocolo de Montreal para proteger la capa de ozono hasta que desarrollaron y patentaron los sustitutos de las sustancias que las estaban afectando, como lo hizo la empresa Dupont con los clorofluorocarbonos, cuando había sustitutos sin patente que eran eficientes y que se podrían haber implementado varios años antes. Por su parte, las petroleras formaron la Coalición Global del Clima para boicotear las negociaciones contra el calentamiento global del planeta.

La llamada “mayor democracia del mundo”, los Estados Unidos, está capturada por estos intereses. Si se mueve para promover las energías renovables es porque están las grandes corporaciones que se beneficiarían de esa política y porque hay una gran oportunidad de impulsar económicamente a ese país a través de esa reconversión energética. Sin embargo, no se enfrenta el modelo de consumo y la obsolescencia tecnológica programada que impide que el modelo de consumo pueda ser sostenible. No habrá energías renovables y materias primas suficientes para mantener el modelo de consumo estadounidense. ¿Puede hablarse de democracia en un país en que las corporaciones financian las campañas de los políticos? ¿A quiénes terminan sirviendo los políticos electos?

El reto que enfrentamos está en la necesidad de establecer los mecanismos que protejan el que hacer político de la interferencia y cooptación por parte de los intereses económicos. Hacerlo desde lo local hasta lo global, desde los municipios hasta los organismos internacionales. Cada uno de nosotros tenemos una labor que realizar para que prevalezca el bien común.

Alejandro Calvillo
Sociólogo con estudios en filosofía (Universidad de Barcelona) y en medio ambiente y desarrollo sustentable (El Colegio de México). Director de El Poder del Consumidor. Formó parte del grupo fundador de Greenpeace México donde laboró en total 12 años, cinco como director ejecutivo, trabajando temas de contaminación atmosférica y cambio climático. Es miembro de la Comisión de Obesidad de la revista The Lancet. Forma parte del consejo editorial de World Obesity organo de la World Publich Health Nutrition Association. Reconocido por la organización internacional Ashoka como emprendedor social. Ha sido invitado a colaborar con la Organización Panamericana de la Salud dentro del grupo de expertos para la regulación de la publicidad de alimentos y bebidas dirigida a la infancia. Ha participado como ponente en conferencias organizadas por los ministerios de salud de Puerto Rico, El Salvador, Ecuador, Chile, así como por el Congreso de Perú. el foro Internacional EAT, la Obesity Society, entre otros.
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