El paisaje urbano de la Ciudad de México se traduce en diversas formas y matices que se reflejan a través de barrios, avenidas, edificios comerciales; en el paisaje que distintos anuncios exhiben para captar la atención de sus habitantes. En la revista 95 de la editorial Artes de México, El otro muralismo: Rótulos Comerciales, se reflexiona sobre una de las maneras más tradicionales de establecer un vínculo inmediato entre el cliente y su producto: los rótulos.

Por Bárbara García Gasca

Ciudad de México, 27 de octubre (SinEmbargo).- Esta particular gráfica llena de humor las paredes mexicanas y otorga identidad a peluquerías, puestos de jugos, autopartes, fonditas, etcétera. José Emilio Salceda señala que los rótulos están “diseñados para comunicarse directamente con un consumidor (así sea contraviniendo las normas del diseño gráfico convencional), lo rótulos trascienden su estatus de simples objetos comerciales gracias a su iconografía poderosa y desafiante […]”. La mayoría de los rótulos inventa su propio modo de transmitir información sin necesidad de seguir un modelo determinado, ya que los rótulos actualizan su diseño publicitario a través del ingenio.

De acuerdo con Anamaría Ashwell, podemos pensar que “con el tiempo, esta decoración se convirtió en una suerte de escritura pictórica fácil y accesible para ser leída por clientes que no sabían leer ni escribir: unas formas cuadriculadas multicolores con frutas que flotaban etéreas y goteaban su miel –en tiendas que siempre se llamaban La Michoacana– anunciaban a lo largo y ancho del territorio mexicano los locales de nieves, paletas y aguas de frutas frescas; los cerdos cocinándose en cazuelas de cobre o latón y la gran paleta para removerlos en su manteca daban noticia de las carnitas […]”.

Los pollos hermanos. Foto: RAM

Estos diseños son pintados por “rotulistas”, oficio que se ha vuelto parte de la cultura mexicana y que consiste en elaborar dibujos, letras y números para transmitir lo que el dueño y el negocio oferta, embelleciendo la vista con destreza y sabor. A este respecto, Enrique Soto Eguibar menciona que “existe el rotulismo como oficio y algunos rotulistas tienen entrenamiento formal en dibujo, comúnmente en escuelas técnicas. Los rotulistas que lo asumen como un oficio producen trabajos que están fuertemente influenciados por la tradición popular y por el dibujo caricatura tipo Walt Disney y, por tanto, suelen utilizar variantes de dichos personajes en estas piezas”.

Un factor interesante es que los rótulos no son exclusivos de nuestro país, pero sí de las periferias. Al trazar un recorrido podemos ver que “no encontramos rótulos en los centros comerciales de la Ciudad de México ni en las colonias donde se agrupa la gente de mayor potencial económico como Polanco, Lomas o Interlomas”. El caso para Tepito o “la Valle Gómez” es distinto. Enrique Soto localiza el referente histórico más cercano de esta gráfica en los exvotos, pues la estética recuerda los encargos hechos por el pueblo, como también podríamos pensar los rótulos.

El otro muralismo. Foto: Benicio Guzmán

Por otro lado, muchos de estos, junto con sus edificaciones, han desaparecido y podemos estudiarlos sólo gracias al registro fotográfico. Uno de los fotógrafos que capturaron la gráfica popular mexicana y, en específico, los rótulos de varias pulquerías fue Edward Weston junto con Tina Modotti: “su interés hacia las pulquerías no se reducía a registrar el humor y la ironía que sus nombres desplegaban. También le gustaba los alegres e ingenuos murales, lo mismo que beber pulque […]”. Con este ejemplo podemos pensar que hay historias, reminiscencias y experiencias que las mismas calles y sus colores potencian, que se resguardan en los detalles que adornan la ciudad y esperan a ser vistas. Los rótulos son bellos en su composición, y su construcción no está pensada para trascender el tiempo, ni para vencer las inclemencias del clima, pues lo que importa es el mensaje y cómo se transmite. Algunos son pintados con base en pintura de aceite o vinil, y usan figuras como “cerditos sonrientes, pollos cariacontecidos, terneras hieráticas, llaves parlanchinas, camarones jubilosos, frutas lustrosas, pasteles suculentos, tortas apetitosas o retratos de peluquería estereotipados[…]” u otras imágenes que le puedan otorgar sentido a la pared, como Martín M. Checa Artasu y María del Pilar Castro Rodríguez explican.

De esta manera, las autoras desarrollan la idea del rótulo: “se trata de una forma de comunicar eminentemente urbana, mutable, hasta hace poco tiempo valorada, pero que cubre la necesidad de comunicar un amplio espectro de la sociedad (de ahí el adjetivo de popular)”. Su composición alcanza a cualquier transeúnte y, lo más importante, a su memorial, a través de la reutilización constante de figuras y productos que circulan y permanecen vigentes en el mercado: “el rotulismo es también un ejemplo perfecto de híbrido cultural, pues utiliza los recursos y los mensajes provenientes de los mass media globales, se apropia de símbolos originados desde el arte culto, los altera y adapta para transmitir un mensaje”.

El otro muralismo. Foto: Enrique Soto

A pesar de que hoy podemos ver rótulos por toda la ciudad, algunos recién pintados y otros más luchando por permanecer, el oficio está desapareciendo poco a poco debido a la aparición y sofisticación del medio. Ahora, banners, espectaculares, recortes de vinil y lonas impresas abrazan los locales. De esta manera, se vuelve más importante apreciar y valorar el trabajo artesanal de los rotulistas, mismos que se ven deslumbrados por el desfile de luces que cada día inundan más el espacio social.

Esta reflexión ahonda en la entrevista que Giovanni Troconi realiza a Adán Navarrete, donde expresa este sentimiento al decir que: “Hace muchos años la gente le metía más imaginación a la chamba, ahora eso se va perdiendo. Podría ser que el oficio desapareciera, pero la gente todavía sigue solicitando el servicio de rotulista para las fachadas, sobre todo en las ciudades grandes, ahí se hacen más rótulos que en provincia”.

Por lo tanto, prestar atención a esta gráfica, que se manifiesta en alguna miscelánea o papelería de la esquina, se vuelve importante; somos testigos de un producto colectivo originado en la creatividad popular. Estudiarlo, repensarlo y capturarlo es un ejercicio pertinente antes de observar su extinción total, pues su presencia no sólo enriquece los espacios, sino las vivencias que ocurren en estos lugares, además de ser un claro referente del diseño popular mexicano.