Chihuahua ha experimentado un rápido aumento de casos de COVID-19. Foto: Nacho Ruiz, Cuartoscuro.

En diciembre el optimismo nos invadía pues una nueva década arrancaba y un nuevo estilo de Gobierno estaba empezando a funcionar, dando prioridad a los sectores más económicamente deteriorados del país; íbamos en primera reforzada, pero habíamos arrancado.

En enero comenzó a conocerse la noticia de que una gripe de alto riesgo en China alarmaba a la comunidad sanitaria internacional; con más curiosidad que temor nos llamó la atención que, en la ciudad afectada de Wuhan, se construyera un hospital a pasos agigantados, quedando listo en apenas 15 días. Aún se apreciaba muy lejos la enfermedad.

Cuando en febrero se confirmó que se trataba de un virus desconocido hasta entonces, sin medicinas apropiadas para combatirlo, la alarma se intensificó a nivel mundial y empezó la preocupación por lo que estaba sucediendo en el país oriental, pero, aunque el virus existía y era mortal para un sector de la población, todavía estaba lejos.

El primer círculo del contagio empezó a extenderse por oriente, a las naciones vecinas, hasta que, repentinamente, se amplió a Europa y se presentó el colapso sanitario en Italia y España. El virus empezaba a acercarse a nuestro continente.

El virus llegó a Estados Unidos; en Nueva York se vivieron escenas de verdadero terror, los hospitales estaban rebasados y las muertes se hicieron frecuentes, afectando fundamentalmente a las personas mayores o con ciertas enfermedades crónicas. Había peligro, pero seguíamos a salvo, con el virus a 5 mil kilómetros de distancia.

Empezaron a aparecer casos en el país, uno que otro contagio en alguna empresa transnacional con plantas fabriles en esta frontera, pero principalmente en la Ciudad de México y Guadalajara; finalmente en marzo se produjo un contagio colectivo en una planta maquiladora local, además de otros casos en la ciudad, y se decretó la jornada de cierre de movilidad en el país, aunque los viejos nos encerramos desde un poco antes. El virus llegó a la ciudad, pero todavía estaba bajo control y seguramente con el verano ardiente de Juárez llegaríamos tranquilos a septiembre. Nos sentíamos seguros.

La crisis económica se agudizó y se tuvieron que activar algunos negocios y empresas, pero el virus estaba controlado, afectando entre 15 y 30 juarenses por día. Alcanzamos el semáforo amarillo.

Llegó el 15 y 16 de septiembre y muchos juarenses salieron de fiesta, se abrieron bares, transportes, restaurantes y fábricas al 100 por ciento, y también los cientos de tianguis o segundas que venden mercancías a una enorme población con poca capacidad de compra; una sonrisa invadió los rostros de los fronterizos, ¿y el virus? Bien gracias.

Empieza octubre y estalla la cifra de personas diagnosticadas con COVID-19, aparecen las primeras cifras cercanas a la centena de contagios diarios, el virus ataca a algunos amigos de preparatoria y varios han caído víctimas de la enfermedad.

Continúan los 100 contagios diarios, día con día otro pariente me avisa que se contagió y un abogado muy cercano me dice que también cayó y que se alejará tres semanas de la oficina; en los alrededores de mi despacho y mi hogar se extienden los avisos y noticias de contagios; el virus ya no sólo está cerca, sino que me rodea.

El centenar de contagios diarios pone en crisis a la infraestructura hospitalaria de la ciudad, se declara el semáforo rojo que deriva en el cierre casi total de actividades y el regreso a las medidas de emergencia, hay que encerrarnos en casa con tres candados, sólo recibir a una persona cercana que nos apoye en lo fundamental y esperar que este virus se mantenga afuera de nuestro refugio, donde veremos pasar los días.

Este virus, que empezó a más de 10 mil kilómetros de distancia, está a la vuelta de la esquina y por primera vez en mi vida siento que mi próximo cumpleaños será bajo amenaza, y no una fiesta.