“Cada vez hay más pruebas de que las principales causas de la obesidad son el consumo de alimentos con muchas calorías, azúcares y grasas pero pocos nutrientes saludables en grandes porciones, así como el consumo de refrescos y otras bebidas azucaradas, la inactividad física y el sedentarismo”. Foto: Tercero Díaz, Cuartoscuro

Con la colaboración de Fiorella Espinosa.

La evidencia científica permite comprender la realidad para ser modificada de la manera más óptima. Recientemente se publicó el libro La obesidad en México. Estado de la política pública y recomendaciones para su prevención y control, en donde más de 50 investigadores de las principales instituciones académicas del país presentan una propuesta al próximo Gobierno para enfrentar la catástrofe de salud pública provocada por las epidemias de obesidad y diabetes. La propuesta va avalada por la Universidad Nacional Autónoma de México, la Academia Nacional de Medicina y el Instituto Nacional de Salud Pública.

Cada vez hay más pruebas de que las principales causas de la obesidad son el consumo de alimentos con muchas calorías, azúcares y grasas pero pocos nutrientes saludables en grandes porciones, así como el consumo de refrescos y otras bebidas azucaradas, la inactividad física y el sedentarismo. Sin ser casualidad, este es el patrón de consumo y actividad física que prevalece en México. Nos referimos aquí a los patrones de consumo que se encuentran como la causa principal de esta epidemia.

La obesidad inició siendo una condición presentada por la población de altos ingresos, sin embargo, desde los ochentas el patrón empezó a cambiar en los países de mediano ingreso como el nuestro. En 1988, el sobrepeso y la obesidad afectaban a 11 por ciento de los adolescente y 24 años después, en 2012, la Encuesta de Salud y Nutrición identificó que más de un tercio (35.8 por ciento) tenía exceso de peso y por lo tanto un riesgo aumentado de enfermar en forma crónica. Hoy se sabe que más de siete de cada diez adultos viven con sobrepeso u obesidad y que el problema aumenta aceleradamente en habitantes de zonas rurales y en mujeres con menor nivel socioeconómico.

En el capítulo “Evolución del gasto, costo y consumo de alimentos y bebidas en México (1992-2016)” del libro antes mencionado, los resultados de las Encuestas Nacionales de Ingreso y Gasto de los Hogares en dicho periodo confirman diversos fenómenos que le han ocurrido a nuestra alimentación:

1) De 1992 a 2016, la población mexicana aumentó su gasto en alimentos muy procesados como botanas, pastelillos, postres, chocolates, dulces, helados, en un 22 por ciento, siendo más interesante lo que pasa por quintil ya que los hogares más pobres aumentaron su proporción de gasto en estos productos en 49 por ciento, mientras que los más ricos sólo lo hicieron en cuatro por cienro al final del periodo.

2) En el mismo periodo, en el gasto general de las familias en alimentos y bebidas, la proporción en bebidas azucaradas aumentó de 4.7 por ciento en 1992 hasta llegar a su valor máximo en 2002 (6.7 por ciento) para ir disminuyendo a 5.6 por ciento en 2016, debido a una reducción en su consumo reforzada en 2014 por el impuesto a estas bebidas.

3) Si bien los quintiles más altos son quienes consumen más calorías provenientes de alimentos muy procesados y bebidas azucaradas, el abaratamiento de estos productos con relación a las calorías que proveen, generan una tendencia a que se consumen cada vez más, así como los alimentos preparados fuera del hogar. Por poner un ejemplo, en 2016, el costo por cada 1000 calorías de verduras era 5.7 veces mayor que el de alimentos muy procesados no saludables.

4) En la mayoría de las gráficas presentadas sobre gasto y consumo de calorías, destacan altos incrementos de alimentos y bebidas no recomendables y decrementos de alimentos saludables como semillas, leguminosas y cereales y tubérculos (alimentos básicos), en el periodo de 2000 a 2006 que bien valdría la pena analizar con mayor profundidad para entender de qué manera las políticas o falta de, en el sexenio de Fox tuvieron repercursiones casi inmediatas en la alimentación de los mexicanos. Un elemento importante a considerar serían las importaciones de jarabe de maíz de alta fructosa.

Los grupos más vulnerables o menos favorecidos son quienes más absorben los costos de una serie de malas poliíticas en el tiempo. Son los pobres quienes se han vuelto blanco de grandes corporaciones fabricantes de alimentos ultraprocesados ya que en los países de mayor desarrollo la población está dejando de consumirlos. África por ejemplo se ha vuelto foco de inversión de Coca-Cola, y pasará lo mismo que en México, de la desnutrición se transita a la obesidad (Sudáfrica), porque estos productos dan calorías, pero vacías, además de dañar nuestro metabolismo. En Brasil Nestlé supo penetrar en las colonias pobres de las ciudades bajo el eslogan de apoyar a las mujeres emprendedoras que se ven obligadas a pagar por cierto volumen de productos, los vendan o no los vendan.

En el capítulo anterior al descrito, llamado “Hacia un sistema alimentario promotor de dietas saludables y sostenibles” los datos confirman que conforme mayor es el ingreso en un hogar mexicano, mayores son las compras de frutas, carnes (alimentos de origen animal), agua embotellada y alimentos preparados para consumo en casa, mientras que se adquieren menos alimentos básicos como tortilla, frijol, arroz, azúcar y aceites vegetales. De acuerdo a otras fuentes, esto es resultado de varios procesos económicos pero principalmente sociales y estructurales en los que se ha colocado a los alimentos tradicionales en un nivel inferior que los alimentos muy procesados.

Es decir, nuestra cultura alimentaria ha ido cambiando en el tiempo con la influencia de patrones alimentarios externos y políticas públicas que no sólo afectan nuestra identidad y nuestra salud y estado de nutrición, sino incluso el medio ambiente. De acuerdo a datos de este capítulo “en México la producción y el intercambio comercial de cultivos, principalmente con Estados Unidos, ha provocado la pérdida de más de 220 especies animales, lo que nos ubica entre los 10 países con mayor pérdida de biodiversidad asociada al consumo de alimentos”.

Como este último ejemplo, queda claro que existen múltiples políticas que no son decisión directa de los consumidores y que definen el rumbo de nuestra salud, sostenibilidad y condiciones de justicia o injusticia social en el país. Si bien mucha gente opina que nadie nos pone una pistola en la cabeza para consumir un refresco de cola, vale la pena analizar qué hay detrás de ese refresco: falta de acceso a agua de calidad, una publicidad billonaria y emotiva, arreglos Gobierno-sector privado a nivel federal hasta municipal y local (como ocurre en Chiapas), entrada fácil a los edificios gubernamentales, a las escuelas, a los hospitales, a las Cámaras, al cotidiano de las y los niños, el pago a “profesionales” de la salud y la nutrición, entre otros.

Para cerrar, es necesario mencionar a otro grupo vulnerable por su condición biológica y social y por ser quien más va a sufrir por este cúmulo de políticas pro-obesidad y diabetes y anti-salud: las y los niños de México. Los más pequeños son quienes hoy por hoy consumen más productos ultraprocesados altos en azúcares, grasas, sal, colorantes y aditivos, ninguna generación de seres humanos había estado expuesta a estos patrones de consumo en su etapa de desarrollo y crecimiento además de la omnipresente y llamativa propaganda de gomitas, donitas, agüitas, salchichitas, papitas y juguitos.

Este nuevo Gobierno tiene la oportunidad de revertir esta situación, de brindar un ambiente saludable y sostenible a las futuras generaciones. Hay que aprender de los errores del pasado para no repetirlos, de las experiencias positivas en otras naciones, y en este libro se encuentra información clave para lograrlo.

El libro se puede descargar en: https://www.slaninternacional.org/publicaciones/repositorio-informacion.php