La reacción primitiva le ganó a la inteligencia y en lugar de reaccionar como humanidad la mayoría de los gobiernos promovieron un discurso de miedo irracional al avalar la idea de que el contagio “viene de fuera”. Pasajeros con mascarillas en una estación de transporte colectivo en Tokio. Foto: Eugene Hoshiko, AP.

En medio de la pandemia por COVID que aqueja al planeta entero hemos aprendido muchas cosas. Algunas son solo pequeños adelantos de lo que nos tocará reflexionar en el futuro, cuando pase algún tiempo y la pandemia ceda y la humanidad se estabilice gracias a lo que esperamos sea una vacuna que se comparta como una solución que incluya al grueso de la población mundial de 7 mil millones de seres humanos que habitamos el planeta. Hasta que se dé ese alcance, el foco del contagio exponencial se mantendrá activo, dado el inmenso número de terrícolas que debemos ser vacunados para que el contagio realmente deje de multiplicarse. O sea, que va para largo.

Al inicio de la pandemia, muchos se apresuraron a señalar aprendizajes que resultaron prematuros. Que si la humanidad revisaría sus valores, su estilo de vida, su actitud voraz ante el consumo y su acción depredadora sobre la naturaleza. A estas alturas queda claro que solo fueron reflexiones a bote pronto, un tanto inocentes pues se daban a los pocos días o semanas en que se iniciaba el confinamiento planetario y algunos celebraban ver cambios dramáticos en su entorno con menos tráfico, contaminación y aglomeraciones. Otros hablaban de un nuevo encuentro solidario entre gente que jamás convivía y que de repente hasta cantaba desinhibida desde su ventana para alegrar a otros. Muchos nos reencontramos con la tecnología como aliada y nos habituamos al trabajo virtual sin las quejas del inicio, descubriendo que podemos mantener el ritmo, la productividad e incluso redoblar compromisos en geografías muy distantes gracias a la virtualidad.

Fueron momentos relevantes del inicio de un proceso pandémico que a estas alturas no sabemos realmente que duración puede tener. Si es que estamos al inicio de un largo proceso o tal vez ya se le vea el fin. La autoridad sanitaria de cada país ha repetido prácticamente lo mismo con diferencia de días, qué si para el verano acababa todo, qué para octubre, ahora ya nos vamos resignando a la navidad en pequeños grupos, y el sueño de reactivarnos en pleno para inicios del próximo año es el mayor anhelo de la mayoría cuando la vacuna, como el santo grial deseado por tantos, se haga realidad. La nueva normalidad de la que tanto se habló al inicio del encierro en el ya lejano marzo de 2020, se ha ido volviendo la realidad cotidiana de la inmensa mayoría del planeta y por primera vez en nuestra historia como humanidad, estamos viviendo de manera realmente simultánea una experiencia compartida por todos. Este es nuestro diluvio bíblico.

Pero si por un lado es prematuro querer sacar lecciones de un proceso en marcha, sin embargo, ya podemos destacar algunos puntos que pueden tener consecuencias inimaginables para la humanidad y que, irónicamente no tienen nada que ver con el miedo al contagio en términos de salud. Una es a propósito de la reacción de los gobiernos ante el contagio que resultó lo más anticlimático que nos hubiéramos esperado ante un escenario de globalización, movilidad humana y, sobre todo, acuerdos transfronterizos de gran calibre como la Unión Europea por ejemplo. Ante la COVID los gobiernos cerraron sus fronteras, se atrincheraron, buscaron amurallarse para supuestamente evitar el contagio en una actitud semejante a la del que sopla queriendo evitar una tormenta. Decenas de años de investigación y estudio no sirvieron para defender que el contagio debía rastrearse, pero era imposible evitarlo al ser un evento de la propia naturaleza en que los seres humanos solo somos moldes de transmisión. Al paso del tiempo quedó claro que cerrar las fronteras fue un acto de ignorancia y desconocimiento de todo lo que la epidemiología aconseja. El aval de la propia población de muchos países ante este hecho, que a la luz del contagio que siguió al cabo de unas semanas, demostró que efectivamente, cerrar fronteras no detiene a ningún virus microscópico cuya fuente de movilidad es completamente imposible de detener, aún menos en territorios compartidos que solo dividen fronteras administrativas que son todo menos algo natural.

En este contexto la reacción primitiva le ganó a la inteligencia y en lugar de reaccionar como humanidad la mayoría de los gobiernos promovieron un discurso de miedo irracional al avalar la idea de que el contagio “viene de fuera”, cuando quedó claro que la COVID, como el aire, suele moverse a sus anchas.

México no cerró sus fronteras, optó por seguir las lecciones de años de acuerdos internacionales ante un escenario catastrófico por una pandemia. Esa decisión ni aumentó ni propagó más el contagio, pero si evitó, y esta es la lección que quiero resaltar, un discurso absurdamente cruel de asociar un contagio maldito que todos tememos, con quienes vienen de “fuera”, de “lejos”, del otro lado de una frontera. Con esta decisión se sentó un precedente que hay que valorar, la nacionalidad como vehículo de contagio, por lo menos en México, no debe tener espacio para utilizarse como pretexto de xenófobos de clóset. Como diría Hugo López- Gatell, subsecretario de Salud, en la conferencia informativa del 24 de noviembre 2020: “Cuando de una pandemia se trata, la nacionalidad no provoca el contagio y por el contrario, se evidenció como lo que es, un accidente administrativo de la organización político-administrativa de los estados”. Ojalá esta postura basada en la propia ciencia que no ve ninguna nacionalidad cuando de dolor humano se trata, sea un paso contundente para ayudar a modificar nuestra visión político-administrativa en temas como el de la nacionalidad que, vaya que en México necesita una revisión a fondo. Asunto que comentaremos por aquí más adelante.

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