Lo que le toca al Presidente y su corte no es moralizarnos, sino aplicar las leyes. Hacer justicia es lo mejor y lo único que puede hacer para moralizar la vida pública. Todo lo demás, comenzando por la Guía Ética para la Transformación de México, es propaganda de un Presidente predicador. Foto: Daniel Augusto, Cuartoscuro.

¿En qué momento La Mañanera se convirtió en la misa de siete?, ¿quién le dijo al Presidente que su trabajo era ser guía moral? No hay duda qué este país, como muchos otros, requiere de mejores gobernantes, mejores funcionarios y en el fondo mejores ciudadanos. La pregunta es qué tiene que ver esto con la violencia y la corrupción. Dicho de otra manera, ¿es verdad que moralizando el país con una guía ética y predicando el amor al próximo, como decía el Nazareno, tendremos un mejor país; es verdad que detrás de la violencia contra las mujeres está la estela de podredumbre del neoliberalismo y que en el fondo son las mismas causas por las que se asesina a una mujer que a un miembro del crimen organizado? Por supuesto que no.

En el tema de homicidios, por poner un ejemplo, los datos, no los otros datos sino los reales, los del Inegi, dicen otra cosa. Contrario a lo que suele pensarse, la última década no es la más violenta de la historia de Méxcio. Medida en tasa de homicidios por cien mil habitantes el récord lo alcanzamos en el año 1940 justo en la transición entre Lázaro Cárdenas y Ávila Camacho en la que la tasa de homicidios llego a 67. La tendencia a la baja se mantuvo y tuvo su nivel mínimo con Vicente Fox, ya en pleno neoliberalismo, en que llegamos a tener un índice de nueve. Se disparó con Calderón y siguió en aumento en los sexenios de Peña y López Obrador, ya muerto el neoliberalismo, para ubicarse en valores cercanos a 29. Un dato interesante es que, si quitamos las muertes asociadas al crimen organizado, los sexenios de Calderón, Peña y López Obrador mantienen los tres valores similares cercanos a 10. Lo mismo podemos decir de la corrupción. Desgraciadamente no tenemos datos comparables pero, con todo el detestable cochinero del sexenio de Peña Nieto, podemos estar seguros de que no es tampoco el sexenio más corrupto.

Con todo respeto, diría el clásico, no es cierto que todo pasado fue mejor y tampoco que la terrible violencia que estamos viviendo se deba a una crisis de valores. Los valores han cambiado de un siglo para acá, algunos para bien y otros para mal. Con todo, hoy somos una mejor sociedad que hace 20 30 o 50 años. Estamos, para bien, lejos, muy lejos de los años de la vida no vale nada de José Alfredo Jiménez, como también es cierto que el crimen organizado ha despedazado comunidades enteras, que los feminicidios van al alza o que hemos perdido, merced a pésimas políticas de desarrollo, valores esenciales vinculados a la vida en comunidad como la solidaridad. Confundir el cambio axiológico de una sociedad con la pérdida de valores es una visión típica y claramente conservadora cuando en realidad ante lo que estamos es un grave problema de falta de Estado.

El trabajo, la obsesión, del Gobierno debería ser la justicia y el fortalecimiento del Estado. Lo que le toca al Presidente y su corte no es moralizarnos, sino aplicar las leyes. Hacer justicia es lo mejor y lo único que puede hacer para moralizar la vida pública. Todo lo demás, comenzando por la Guía Ética para la Transformación de México, es propaganda de un Presidente predicador.