Estamos en el principio del fin

27/12/2016 - 12:00 am
Tal vez nosotros (aquí sí los incluyo a todos), que intentamos mucho y logramos poco, seamos los culpables de que hoy nos encontremos con un país que tiene fe ciega en un político, o una candidata. Foto: Cuartoscuro
Tal vez nosotros (aquí sí los incluyo a todos), que intentamos mucho y logramos poco, seamos los culpables de que hoy nos encontremos con un país que tiene fe ciega en un político, o una candidata. Foto: Cuartoscuro

Dedicado al Coco Reyes.

Cumplo siete años y medio escribiendo para Alejandro Páez y debo agradecerle su paciencia y tolerancia; nunca me ha insinuado un tema o ha cambiado una sola palabra de lo que he escrito, sólo una vez me pidió que revisara mejor mis trabajos y desde entonces mi hijo Alejo corrige o reescribe mis artículos.

Por eso hoy me atrevo a escribir algo relativamente personal, que sale del aquí y ahora: Hoy escribo sobre la generación de 1946, la mía.

Una generación que, por cierto, va a paso veloz con rumbo a los crematorios, cementerios, asilos y demás receptáculos de los que fuimos.

Somos los hijos de la posguerra, a los que los gringos llaman Baby Boomers porque tras el conflicto se dispararon los nacimientos, y como mis padres vivieron un par de enfrentamientos bélicos y una revolución, se dedicaron a repoblar la patria con 14 hijos de los que sobrevivimos 11.

Tal vez fueron estas circunstancias, que se recordaban día a día en las charlas de sobremesa de forma obligatoria hasta que se levantara mi padre, las que influyeron en el imaginario de quienes alcanzamos la madurez mental con el impacto de la muerte de Pedro Infante en el 57, que fue como el 11 de septiembre del México de aquella década.

Nos parecía heroica la recuperación que había logrado el país en tan sólo 40 años, desde la guerra interna que se vivió entre 1910 y 1917.

Para el 59 vivíamos en una comunidad industrial con escuela, casa, agua, luz y leña por cuenta de la fábrica, y con un excelente salario para mi padre; muchas empresas apoyaban a sus empleados de la misma manera y seguían registrando ganancias importantes.

Diez años después, esa narrativa de la capacidad natural del mexicano para reponerse de las grandes catástrofes sembró en nuestra imaginación la profunda certeza de que podríamos mejorar para bien aquel país que recibimos a nuestros veintitantos, y lograr la hazaña que nos llevará en los siguientes 40 años a una nación del primer mundo.

Creo que con estas convicciones, de que el sufrimiento no existe, que nunca hay derrota total y que los muros que se levantan en nuestra contra sólo son obstáculos para superar, nos lanzamos en 1968 a pelear por la transformación de México. Queríamos acelerar el paso del cambio, aunque no fue toda la generación sólo unos cuantos amanecidos a medianoche.

Tal vez nosotros (aquí sí los incluyo a todos), que intentamos mucho y logramos poco, seamos los culpables de que hoy nos encontremos con un país que tiene fe ciega en un político, o una candidata.

Los obreros no existen en el diálogo nacional; se le considera a los campesinos una especie en extinción por su migración y la narcoviolencia que se ha cebado en ellos; los jefes de los partidos sustituyeron el interés general por sus negocios particulares; y los responsables del país desmantelaron la industria nacional, regalaron la banca a los extranjeros, mermaron el valor del salario, debilitaron las instituciones, acabaron con la buena educación, terminaron con la economía doméstica y ahora, que se necesita pensar en el futuro inmediato y en el mañana de nuestros nietos, respiran tranquilos porque Slim se reunió con Trump.

Ante esta realidad, recuerdo una frase universitaria que usábamos para describir una situación difícil: “Estamos entre Echeverría y los extraterrestres”.

Gustavo De la Rosa
Es director del Despacho Obrero y Derechos Humanos desde 1974 y profesor investigador en educacion, de la UACJ en Ciudad Juárez.
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