No aceptar que existe responsabilidad de este Gobierno sobre los hechos del pasado también es impunidad. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro

El Presidente busca que cada mexicano/a tome una postura respecto a él y ha perdido la cabeza. ¿Qué postura además de la exigencia de justicia y verdad puede haber cuando algún familiar ha sido desaparecido o asesinado? ¿De verdad se espera que todas las víctimas fijen una postura política sobre lo que está en su corazón y se les ha arrebatado?

Al Presidente se le ha olvidado que las víctimas en este país llevan exigiendo cambios por más de 50 años, durante los cuáles el Estado les ha negado la identidad, reprimido por salir a las calles y perseguido por alzar su voz. Desde el inicio de la llamada “guerra contra el narcotráfico”, hemos visto cómo el espacio cívico, no solo en la Ciudad de México también en muchas otras ciudades, ha sido ocupado por miles de personas que exigen respuestas a la autoridades respecto a sus familiares, de los cuáles aún no saben su paradero, o bien, respecto la justicia que aún no llega.

Aunque parezca paradójico, decir que quienes marcharon el fin de semana con fotografías de sus hijos/as, esposos/as, hermanos/as, padres o madres, etc., tienen una agenda política conservadora es en sí conservador. El Presidente hace lo mismo que sus antecesores: mantener la negación sobre el sufrimiento y el dolor al que se enfrentan las víctimas, voltear a otro lado donde le aplaudan y esperar a que el tiempo cure algo que no tiene sanación.

Sin embargo, en esta ocasión existe una diferencia, su fijación por hacer que las personas tomemos una postura “con él o contra él” hizo que esas víctimas que, en otro momentos, habían sido acompañadas por una sociedad que empatizaba con su sentir, sufrieran el desdén y el odio de otros integrantes de la sociedad que les acusan de provocar al Gobierno y de atacarlo. Fueron muchas las escenas en las cuales los familiares tuvieron que justificarse por ser víctimas.

En 2011, cuando el Movimiento por la paz, la justicia y dignidad marchó por primera vez, miles de personas salieron a la calle. El miedo de que la violencia tocara a nuestras puertas nos hizo reaccionar. No obstante, aún cuando la violencia se ha intensificado desde entonces, el domingo los opositores a la marcha mostraron la indiferencia. Tal vez la narrativa de que la violencia sólo toca a las malas personas logró su cometido y algunos asumen que están más allá del bien y del mal. Tal vez, la sociedad se cansó de sufrir y de escuchar el sufrimiento. Independientemente de la razón, ¿cuál es la esperanza?

La negación es una forma de mantener la impunidad. Y no aceptar que existe responsabilidad de este Gobierno sobre los hechos del pasado también es impunidad. ¿Hasta cuándo vamos a escuchar que todo es culpa del pasado? ¿Cómo podemos soñar en el futuro si aún no hay nada claro para las víctimas en el presente? ¿Cómo podemos creer en la bondad del Presidente, en su tan aclamada moral, si no puede asumir el dolor de sus hermanos/as?

Los únicos cambios en el mundo se han dado a través de la sociedad. Ningún gobierno ha sido capaz de cambiar a un pueblo, si este no decide cambiarse primero. Por esto, si hay que fijar postura, habría que hacerlo por la justicia, la verdad , la no repetición y la reparación para esos cientos de miles de víctimas que hasta hoy lo único que han recibido es la espalda o el garrote del Estado.

La postura es por la verdad no por la negación, la postura es por la gente no por un político, por los derechos, por la paz y por la libertad.