Para Maite, Marcela y Paulina Azuela, con mi cariño y solidaridad.

El martes, cuando el Reino Unido alcanzó la fatídica cifra de cien mil muertes registradas producto de la COVID19, el Primer Ministro Boris Johnson dio la cara ante los medios y dijo “lo siento profundamente y asumo la plena responsabilidad”.

Aquí, cuando la cifra registrada de defunciones ha superado ya las 150 mil y el INEGI ha hecho púbico el dato del aumento de la mortalidad durante el primer semestre del año pasado –36.8 por ciento más decesos que durante los mismos meses de 2019– con el cual es posible hacer proyecciones certeras sobre el numero real de muertes por el virus, que deben rondar ya las 350 mil, López-Gatell se reafirma en sus dichos, según los cuales las causas de la tragedia son la desigualdad, la mala salud de los mexicanos y un sistema de salud históricamente desmantelado. A él, dice, solo le echa la culpa una “minoría muy vocal.

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López-Gatell se reafirma en sus dichos, según los cuales las causas de la tragedia de COVID son la desigualdad, la mala salud de los mexicano. Foto: Cuartoscuro.

En algo tiene razón López-Gatell: solo una minoría advierte la magnitud desproporcionada del impacto de la pandemia en México. Indudablemente, el deshonroso tercer lugar mundial en muertes totales (sin considerar el subregistro) que México se disputa con la India, país con diez veces más habitantes que el nuestro, y una tasa real de 277 fallecimientos por cada cien mil habitantes, ¬diez veces mayor que la escandalosa tasa de homicidios resultado de la otra epidemia que nos asuela, es el resultado de la indolencia gubernamental, que decidió dejar a la pandemia seguir su curso sin ninguna acción para atajarla, ni económica ni sanitaria, como si estuviéramos en el siglo XIV y nos hubiera caído la peste negra. Sin embargo, la opinión pública parece creer que, en efecto, no había mucho que hacer, que se trata de una desgracia producto de la fatalidad, que a todo el mundo le ha ido mal y que las muertes eran inevitables, designio divino inescrutable.

Más allá de las débiles medidas de confinamiento iniciales y de llamados a la ciudadanía para que se rascaran con sus propias uñas y se quedaran en casa si podían, la única estrategia que López-Gatell ha encabezado ha sido la de propaganda para lavarle la cara al gobierno y convencer al público de que lo han hecho muy bien. No importan los datos reales, los cuales manejan con mañas: si Forbes dice que México es el peor país del mundo para vivir la pandemia, descalifican ad hominem a la agencia, sin desmentir sus datos.

Todo parece indicar que tanto el Presidente de la República como su subsecretario le mintieron descaradamente al país con lo de la compra de las vacunas y ahora andan desesperados buscando cómo conseguirlas, al grado de darle autorización sanitaria a la rusa, que no ha pasado los criterios universalmente aceptados para garantizar razonablemente su uso seguro. Sin embargo, buena parte de la población les sigue creyendo.

Tiene razón Fernando García Ramírez cuando, en su artículo del lunes pasado, dice que hasta ahora la única política exitosa del gobierno de López Obrador es la propaganda. Falta, claro, ver si le resulta su mayor apuesta, la de construir la hegemonía de su movimiento sobre la base de la mayor operación clientelista de la historia de México, pero hoy por hoy su gestión hace agua por todas partes, aunque ya sabemos que la culpa de sus fracasos no radica en la inepcia presidencial, ni en la torpeza e ignorancia de sus subalternos, sino en el malévolo neoliberalismo que les dejó el campo minado.

Pero la propaganda sí que le ha salido bien. Me sorprende oír, incluso entre personas críticas, que en realidad frente al virus todos los gobiernos han dado palos de ciego y que López-Gatell no ha hecho las cosas peor que los demás. No importa, insisto, que la estrategia –es un decir– del porfiado subsecretario con ínfulas de científico solo compita en su fracaso con la de otros gobiernos negacionistas e indolentes frente a la pandemia, ni que las cifras muestren el pésimo desempeño comparativo de México: la batalla propagandística la va ganando.

Mientras tanto, a todos se nos van acumulando las muertes. Cada día sabemos de nuevas pérdidas de amigos familiares o conocidos, diario tenemos que dar nuevos pésames por personas con nombre y apellido, no meras cifras difundidas en la perorata vespertina. Las historias terroríficas de quienes recorren la ciudad en busca de oxígeno o de una cama de hospital, de quienes murieron porque no pudieron tener atención médica oportuna o adecuada son ya letanía. Pero aquí nadie da la cara. Aquí la pandemia se combate con palabrería, ahora que sabemos del fracaso de los detentes y los escapularios.