Cuando Trump y Peña se hayan marchado, quizá entonces México y Estados Unidos podrán encontrar el paradigma perdido. Foto: Cuartoscuro

Washington—Enrique Peña Nieto es el mandatario que los mexicanos más desprecian, después de Donald J. Trump. Según Reforma, la aprobación de Peña es de 20 por ciento (en enero era 12 por ciento). En comparación, la de Trump es de 5 por ciento, de acuerdo a una encuesta reciente del Centro de Investigaciones Pew. Mientras, 41 por ciento de los mexicanos tiene una percepción positiva del ciudadano estadounidense, que si bien está por debajo del promedio mundial, es mucho más alta que la popularidad de Trump.

Este último dato sugiere que pese al profundo rechazo a Trump, la gringofobia en México no se ha disparado o generalizado.

El historiador Andrew Paxman define gringofobia como una “deformación del nacionalismo mexicano” que toma la expresión de culpar a los estadounidenses—tácita o explícitamente–por los problemas que aquejan al país. Para Paxman, la creencia de que Estados Unidos representa lo peor es “un artículo de fe” para  sectores de la sociedad mexicana, como serían las facultades de ciencias sociales de universidades públicas y medios de comunicación como La Jornada y Proceso.

La gringfobia no nació de la nada. Las intervenciones armadas y la perdida de la mitad del territorio nacional siguen vivas en la psicología colectiva del mexicano. Todo mexicano, o casi todo, lleva en sus genes el fantasma de esos traumas.

Lidiar con México para Estados Unidos ha sido un reto. La relación en gran medida ha se ha caracterizado por la desconfianza. Antes de Trump, los estadounidenses más detestados habían sido Joel Poinsett, el primer enviado de Washington quien fue retirado a petición del gobierno mexicano, y Henry Lane, que fue embajador durante la Revolución.

El que más de cuatro de cada diez mexicanos sigan teniendo una percepción positiva del ciudadano estadounidense indica que Trump es visto más como una aberración transitoria y menos como el legítimo representante del pueblo estadounidense. El sondeo sugiere que los mexicanos parecen estar diferenciando entre el odio de los partidarios racistas de Trump y ampliaos sectores de la sociedad civil a quienes Trump les da pena ajena. Pese a sus múltiples defectos, el estadounidense es predominantemente más tolerante que Trump.

La cifras indican que a diferencia de Trump, quien ha tachado a los indocumentados de violadores y criminales, los mexicanos no miden a todo Estados Unidos con la misma vara. El ciudadano promedio no es cruel como Trump. No hay que olvidar que la mayaría del electorado no votó por Trump, sino por su adversaria. Trump debe su Presidencia fundamentalmente a los rusos y a un obsoleto sistema llamado Colegio Electoral.

Los gobernantes vienen y van. Tarde o temprano, Trump va a regresar a su mundo de intrigas y frivolidades en Nueva York del que nunca debió de haber salido.

Son varios los escenarios que podrían forzar el retiro de Trump antes de cumplir su primer mandato. Las investigaciones sobre su presunta colusión con los rusos, de no sabotearlas, tienen el potencial de producir resultados demoledores en su contra. De ser así, correspondería a los republicanos en el Congreso iniciar el proceso de destitución como hicieron con Richard Nixon. Otro escenario es que los demócratas obtuvieran la mayoría en una de las dos cámaras en las elecciones de medio término en 2018 y promovieran su destitución.

Cualquiera sea el desenlace la lucha es de largo aliento. Hay Trump para rato.

En momentos en que el paradigma de la relación entre los dos países se ha perdido–luego de que Trump echó por la borda la política que había imperado durante más de seis décadas que valoró la estabilidad interna y el bienestar económico del vecino del sur como factor de seguridad nacional–la presencia de millones de indocumentados en Estado Unidos sigue siendo una realidad insoslayable. Quiero pensar que las comunidades de inmigrantes mexicanos, las que el TLCAN agrandó luego de la eliminación de subsidios del maíz en las zonas rurales, sobrevivirán los embates de Trump y el entreguismo de Peña. Tarde o temprano la pesadilla llegará a su fin.

Como digo en “Donald Trump: El Aprendiz” (¿ya lo tienen?), texto recién publicado por la editorial Planeta del que soy co-autora, no hay alternativa óptima para México. En el mejor de los casos, la relación con Estados Unidos seguirá siendo contenciosa y fría. En el peor, Trump sellará la frontera con su muro y amenazará con enviar tropas para combatir a los carteles. El matrimonio por conveniencia ha degenerado en una unión tormentosa y abusiva sin opción de divorcio. Cuando Trump y Peña se hayan marchado, quizá entonces México y Estados Unidos podrán encontrar el paradigma perdido.

 

Twitter: DoliaEstevez