Mathias Goeritz. Ecos y laberintos parte de la intención de la autora por traducir ciertos documentos del archivo personal de Goeritz, donado al Instituto Cultural Cabañas de Guadalajara. Laura Ibarra notó el potencial de estos documentos para complementar una búsqueda exhaustiva de los caminos laberínticos de Mathias. Conjunta, además, la visión de la crítica alemana, poco conocida en México, para complementar la indagación alrededor del trabajo del artista.

Ciudad de México, 28 de julio (SinEmbargo).- Mathias Goeritz. Ecos y laberintos es una investigación de Laura Ibarra García que nos acerca a las distintas dimensiones creativas del artista. No sólo aborda su producción plástica, —como artista visual, arquitecto emocional, poeta concreto— sino que también hace énfasis en su importancia como maestro y gestor cultural. A partir de estos roles, abrió el espacio artístico mexicano a la exploración constante, retó los límites impuestos de la hegemonía (como el yugo muralista o el funcionalismo arquitectónico), para dar cabida a otras posibilidades que podían florecer en el país. Asimismo, la investigadora nos acerca a sus inquietudes de místico, su interés en devolver el carácter trascendental que creía perdido en el arte. Todos sus esfuerzos se volcaron en lograr una conexión divina, social, con la creatividad, que fuera más allá del ego del artista, la lógica de la producción y el reconocimiento.

Este libro parte de la intención de la autora por traducir ciertos documentos del archivo personal de Goeritz, donado al Instituto Cultural Cabañas de Guadalajara. Laura Ibarra notó el potencial de estos documentos para complementar una búsqueda exhaustiva de los caminos laberínticos de Mathias. Conjunta, además, la visión de la crítica alemana, poco conocida en México, para complementar la indagación alrededor del trabajo del artista.

Ibarra hace hincapié en la manera en que los símbolos del “eco” y el “laberinto” cifran la exploración creativa de Goeritz. Funcionan también para explicar lo que sucede dentro del libro; tanto el eco como el laberinto nos sirven como claves de lectura para las distintas dimensiones y aproximaciones que leemos sobre el artista. En el primer capítulo, “Al inicio del laberinto”, nos adentramos en los ecos que forjaron sus intereses, desde aquellos que provienen del contexto histórico —uno tan precario como el régimen nacionalsocialista— como de las vanguardias artísticas que pudo conocer en su momento. Se discute, también, el eco que las pinturas rupestres de Altamira harían en su visión particular del arte, la pureza de su forma y su relación íntima con la esencia humana. Nos enteramos de su conexión con Hugo Ball y sus inquietudes místicas. La autora desglosa sus orígenes, los distintos diálogos que establece con otras corrientes estéticas y con los artistas que encuentra en su camino, como Klee, Miró y Chagall.

Mathias Goeritz, cartel de las cuevas de Altamira, 1948, Altamira. Litografía en Offset. Instituto Cultural Cabañas.

Mathias Goeritz, dibujo ideográfico de El Eco, 1952. Tinta sobre papel. Colección Pedro Friedeberg. Fondo Mathias Goeritz, Cenidiap/INBA.

Más tarde, en el segundo apartado “Ecos: reflexiones estéticas”, se exploran los caminos que traza a lo largo de su producción artística y la forma en que los inicios hacen eco en las manifestaciones maduras de su obra. Así, se describen ciertas preocupaciones filosóficas de Mathias, para después analizar a detalle los ecos que proyectan en las obras específicas que se estudian en el libro. La autora nos habla, entonces, de la dedicación de Goeritz para buscar puntos de encuentro para el diálogo, uno que permitiera la experimentación, el acercamiento entre artistas preocupados por devolver al arte su calidad trascendental. Con este afán, durante su estancia en España fundó la Escuela de Altamira, cuyo planteamiento se reflejaría, de nuevo, en sus empresas mexicanas, relacionadas con la construcción del Museo Experimental el Eco —que se encuentra en la colonia San Rafael — así como el arte colectivo que inspiró algunas de sus exposiciones.

Ibarra nos lleva de la mano, también, por el laberinto creativo que propone el artista. Los caminos que lo constituyen son tan distintos que nos muestra obras representativas de su labor en la arquitectura emocional; la gestión cultural de exposiciones que acercaron a la comunidad mexicana con la escena internacional de arte; su postura rebelde como Hartista harto de la producción artística de su época; sus incursiones en la poesía concreta y el lenguaje particular que desarrolló, sobre todo, en placas de oro. No sólo eso, sino que, desde el recuento que hace de los proyectos de Goeritz, nos invita a recorrer nuestra propia ciudad laberíntica.

Así, nos adentramos al laberinto de El eco, el proyecto donde se cifraron todas las inquietudes de un arte en el que destaca la importancia del diálogo: entre disciplinas, entre las emociones que transmite y aquel que las experimenta y, en última instancia, la propia construcción como un lugar de intercambio entre artistas e intelectuales. Cabe destacar el valor de la descripción que hace Laura Ibarra de este lugar, pues nos permite aventurarnos en el universo goeritziano, manteniendo ese algo de misterio ante lo que nos podemos encontrar en la siguiente parte del museo: “El corredor causa la sensación de dejar un mundo conocido para aventurarse en otro, completamente extraño. Es como una resbaladilla imaginaria entre las realidades del día y de la noche, de la vigilia y del sueño […] El visitante se siente impelido a seguir adelante, como si lo arrastrara una fuente corriente de agua o una fuerza magnética” (página 83). Además, da cuenta de las transformaciones que ha sufrido el lugar, desde la concepción de Mathias, la pérdida momentánea de su arquitectura emocional, hasta la restauración y su estado actual.

Mathias Goeritz, manifiesto Estoy Harto, 1960. Fondo Mathias Goeritz, Cenidiap/INBA.

Mathias Goeritz, manifiesto Los Hartos, 1960. Fondo Mathias Goeritz, Cenidiap/INBA.

Recorremos en el libro, también, la Ciudad de México desde Satélite hasta Pedregal, para analizar a detalle las intervenciones en el paisaje urbano. Gracias a este recuento, vemos cómo influyó en la dinámica de la ciudad, en la vida cotidiana del transeúnte. Destaca el rescate que hace la autora de la voz de Goeritz, que nos habla de su satisfacción al proveer a las personas de puntos de encuentro. En una ciudad laberíntica donde se necesita un punto de referencia para encontrar al Otro, Goeritz esperaba que sus incursiones en la arquitectura plástica cambiaran las interacciones de los habitantes de la ciudad con su entorno.

El laberinto incluye, además, las iglesias que restauró el artista, con sus respectivos comentarios sobre la polémica que suscitaron. Mathias realizó una investigación exhaustiva sobre la estética virreinal y las técnicas medievales de vidrio soplado, para restaurar los vitrales de templos como la parroquia de San Lorenzo, la Catedral de México, la Catedral de Cuernavaca, y la iglesia dominicana de Azcapotzalco, por mencionar algunas. La autora nos enfrenta, entonces, a la posibilidad de recorrer espacios desde la divinización de la creatividad, más allá de los dogmas, ateniéndonos al espíritu de Goeritz y su confianza en la necesidad de volver a encontrar la espiritualidad en nuestro tránsito por la vida.

Destaca, asimismo, el interés por las torres, como parte del laberinto estético que construyó a lo largo de su actividad creadora. Entre ellas resaltan, por supuesto, las Torres de Satélite, así como distintas maquetas que realizó para explorar esta particular obsesión. La autora incluye el testimonio de uno de los amigos de Goeritz sobre las torres que tenía en su taller de Temixco, gracias al cual podemos leer la particular experiencia que suscitaban en el espectador: “De sus cuerpos parece emanar la luz de otra realidad. Apartadas del mundo ruidoso y caótico se transforman en materializaciones de fuerzas telúricas”. (página 99) La fuerza mística de sus torres hacen eco, de nueva cuenta, de sus inquietudes; la torre era otra conexión con el Todo, con su búsqueda espiritual. Y en la acertada combinación de comentarios externos, tanto críticos como testimoniales, Ibarra nos acerca a una experiencia envolvente de la creación.

Mathias Goeritz, dibujo para el piso del patio del Laberinto de Jerusalén, 1974. Archivo Fotográfico Manuel Toussaint, IIE, UNAM.

Mathias Goeritz y Luis Barragán, Torres de Satélite, ca. 1957. Archivo Fotográfico Manuel Toussaint, IIE, UNAM.

La lectura sobre Goeritz no deja de ser crítica. Si bien es notable la admiración que suscita la obra de un artista de su calibre, Ibarra presenta una lectura objetiva de sus manifiestos y sus pretensiones en el grupo de Los Hartos. Tras un recuento de su exposición colectiva en la Galería Antonio Souza, que incluyó obras de Cuevas, Friedeberg, Reyes Ferreira, un niño, su institutriz, y una gallina —entre otros colaboradores—, hace énfasis en las contradicciones internas del grupo. Si bien, esta exposición respondía a su molestia frente al “arte-mierda”, aquel que ignoraba la necesidad de búsqueda trascendental, no dejaba de ser un tanto imposible cumplir al pie de la letra sus pretensiones. La autora nos habla tanto de sus logros como de la ambigüedad de la materialización de sus convicciones; el libro es un acercamiento completo, que no deja de lado la pertinente admiración ni la objetividad.

De una manera u otra, concluimos, gracias a la guía de la autora que, en efecto, los dos símbolos del laberinto y el eco nos ayudan a comprender los distintos caminos de las exploraciones del creador que nos ocupa. Laura Ibarra mapeó los ecos laberínticos de una producción artística tan compleja y diversa como la de Mathias Goeritz, conjuntando los archivos ya mencionados del Instituto Cabañas, los artículos escritos en México, las investigaciones alemanas, así como la viva voz del maestro y de aquellos que lo conocieron para conformar un texto sólido, completo y revelador sobre una exploración artística que tiene mucho de misticismo, de poesía y de integración emocional con el medio urbano.