Y las opiniones tienen reglas moralinas. Foto: Especial.

Somos el volumen de nuestras opiniones pendejas. Nada más y nada menos que el largo por alto por ancho de cada cosa que sale de nuestras bocas. (Sí, ya sé que de hecho somos más nuestros actos, sin embargo hoy toca hablar en exclusiva de opiniones). Aunque nos cataloguemos como seres evolucionados, se nos da de una forma sencillísima juzgar al otro por cualquier cosa que se le ocurra mencionar. Y no solo eso, hemos aprendido a decir –y encima repetir– tremenduras como “en mi muy humilde opinión”, y otras tonterías que son todo menos humildes e inofensivas como si en nuestras opiniones no dejáramos entrever hasta el más cándido de nuestros prejuicios.

Vivo en un hostal donde, como es de esperarse, hay peregrinos de cualquier parte. Todos creemos que porque hemos viajado apenas algo, estamos más abiertos a escuchar y somos más receptivos y tolerantes a las cochinadas del resto. Es chistoso cómo creemos poseer un criterio de pronto menos cuadrado; también cómo nos suponemos autoconscientes. Pero la buena noticia es que estamos reequivocados. Somos una bola de jipis fariseos en pro de un mundo a dos colores, utilizamos la libertad de expresión como medio para exigir no solo que se respeten sino que se escuchen nuestras parcialidades sociopolíticas, nuestras sensibilidades, complejos, carencias, nuestras desinformadas y verbalizadas percepciones.

En el hostal, todos intercambiamos opinión a diestra y siniestra, gritamos a los catorce vientos lo que nos parece una atrocidad o lo que por ahí nos enternece –además de vídeos de cachorros durmiendo con bebés homosapiens–. Bueno, corrijo: todos tenemos una capacidad extenuante no de intercambiar sino de hablar de nosotros mismos durante minutos consecutivos (aunque si el otro tiene malísima suerte, serán horas). Eso me genera un algo infinito, –será regocijo– el reconocer que todos somos vulgarmente iguales a pesar de nuestro código genético científicamente –y según esto– único. No es por nada, o bueno, sí es por todo, la verdad, pero qué tranquilidad tan payasa me causa saber que somos los mismos bribones.

Hace unos días, comenté una película con una mujer que insistía en saber mi opinión –vayan ustedes a saber por qué si yo desde el día uno le dejé clara la sesgada visión que tengo de las cosas–. La película se trata de una muchacha que se enamora de su perpetrador, todo patriarcal, nada nuevo, le dije; en ese tiempo donde la película se sitúa era más común que las mujeres no supieran cómo enamorarse porque la violencia y el hombre agresor saliéndose con la suya han sido históricamente una cosa normal, también dije. Ella frunció el ceño y afirmó que más bien se trataba de una historia de amor (amor incondicional, recalcó). Me habló del despertar del kundalini que se había dado entre ellos dos a través del sexo (que fue consentido, también recalcó), luego dijo que el patriarcado fue una norma cultural que pertenecía al pasado. Me miró altiva, como si me hubiera callado la boca. Yo, claro está, me quedé muda. Más bien aterrada. Ella me sostuvo la mirada buscando aprobación y a mí solo se me ocurrió decir: ese retorcido juicio tuyo, más que bárbaro, es perturbador, además el amor es otra cosa.

Por fortuna llegó a entrometerse otro par de viajeros y se disipó el careo. Alguno de ellos había escuchado lo último que yo dije y entonces les pareció buena idea hablar de amor. Comenzó la bulla y alguien que se las daba de poeta, dijo que el amor era titiritar –así sin más–. Y como es natural cuando se está entre puro jipi jugando al tetris de la vida, vinieron más conclusiones hermosas de lo absurdas. La apreciación más honesta llegó de quien, según mi humilde opinión, era el más bobo. Dijo que frecuentemente se preguntaba qué de todo no era amor, que se contestaba “pues lo que esté mal, ¿no?”, y que siempre concluía que le faltaban ideas a pesar de sentirse cerca de la solución aunque no fuera cosa de matemáticas.

Hace ya un buen rato leí esta joya no recuerdo dónde. Decía: “Si matas una cucaracha, eres un héroe; si matas una bella mariposa, eres malo. La moral tiene criterios estéticos”. Y las opiniones tienen reglas moralinas.