Como todos los días a las siete de la mañana en las orillas de Ginebra, Eduard enseña su identificación electrónica al inspector de seguridad, el guardia asiente y lo siguiente es colocarla sobre un dispositivo electrónico que verifica si dicha identificación está autorizada y actualizada; la luz verde indica que puede entrar.

Ahí todos toman mucho café. Más de lo necesario quizás. Pasa por la primera taza de las muchas que tomará al día, un pan, una dona (y aunque sonase tedioso, en Suiza les quedan particularmente deliciosas las donas) y se dirige al siguiente retén, donde tiene que pegar uno de sus ojos a un lector cuyo láser examina su retina de arriba abajo y en cuestión de segundos es capaz de identificar su identidad:


Una vez que atraviesa la puerta de retina, introduce una llave en un extremo de la siguiente compuerta. Sin embargo esta sólo abre si alguien hace lo mismo del otro lado. Nadie puede entrar solo al interior del colisionador. Por seguridad. Es tan grande y laberíntico y frío allá dentro (puede ser que las profundidades en donde se encuenra el colisionador sea el lugar más frío del universo, sus temperaturas son de menos 273º C) que en caso de accidentes y que a pesar del minucioso sistema de seguridad implantado para minimizar cualquier riesgo no están exentos,  alguien pueda pedir ayuda. No sólo eso. Uno nunca sabe en qué momento se pueda sufrir desde un desmayo hasta un paro cardiaco.

Los científicos a veces tienen que bajar cuando hay que instalar algún dispositivo, hacer una reparación al LHC, el Gran Colisionador de Hadrones.

Pero hoy el colisionador está operando. Es decir que en este preciso momentos se llevan a cabo encontronazos de protones. Todos los científicos tienen estrictamente prohibido bajar a los túneles por donde viajan las partículas, unas según las manecillas del reloj y otras en sentido contrario. Dichos túneles cuentan con puntos de impulsores magnéticos, algo así como potentes imanes, que les dan como un empujoncito a las partículas, provocando que éstas se desvíen y se impacten de frente, estrellándose unas con otras. La radiación que desatan tales choques son de niveles tan potentes que acabarían con cualquier ser humano. Porque después de las colisiones, las partículas dejan una especie de estela de humo, como cuando los aviones vuelan por nuestras cabezas. Ese trazo de vapor es radiación.

Gran colisionador de hadones, LHC por sus siglas en inglés. Foto: CERN

Aunque gracias a ese vapor de restos es que han podido descubrir los primeros rastros de lo que pudiese ser el Bossón de Higgs. Eso sucedió no hace mucho, apenas una semanas. Aún hay júbilo y una enorme expectación en el ambiente.

Las colisiones se monitorean desde avanzadas consolas ubicadas en las superficie: “Incluso cuando ya han finalizado las colisiones, se tiene que dejar pasar cierto tiempo para que la radiación disminuya, y hasta entonces se puede volver a bajar para verificar cosas”, cuenta Eduard de la Cruz Barelo.

Pero no todos los días hay que descender entre los 80 y 100 metros de profundidad, que es la distancia en la que se encuentran ubicados los túneles y los detectores, máquinas gigantescas que guardan todos los residuos atómicos de una colisión.

Cuando no hay que bajar, Eduard se dirige a su oficina, la cual también es digital. Hay que pasar de nuevo la identificación electrónica por un lector, del otro lado sólo hay computadoras y libretas y bolígrafos, pero aún así los sistemas de seguridad en verdad son estrictos.

¿Para que gastar tanto en la protección de un equipo de cómputo que al final sólo guardan resultados de partículas que al parecer sólo esos tipos entienden ? Bueno, la mayoría de los científicos que trabajan en el CERN usan sofisticadas computadoras. De hecho, el Internet como lo conocemos hoy día, el que están utilizando para leer este reportaje, se desarrolló en las mismas oficinas en las que hoy trabaja Eduard. hace ya varios años. Para el experimento de la búsqueda del Bossón de Higgs, la desarrolladora Intel les fabrica computadoras especiales a los científicos del CERN, laptops de 64 cores que son capaces de bajar toda una película en seis segundos.  Así como ahora el internet es parte de nuestra vida diaria, en un futuro no muy lejano, las computadoras de los científicos como Edurad estarán al alcance del ciudadano común.

No todo son partículas, bichos a primera vista inexistentes. El Gran Colisionador de Hadrones además de buscar el Bossón de Higgs, de su propia tecnología se pueden extraer beneficios cotidianos. Por ejemplo, dada la intensa radiación de las profundidades, los equipos tienen que estar protegidos para mantenerlos intactos. Pues bien, el material desarrollado ex profeso para recubrir esos equipos, pueden ser utilizadas en el futuro por seres humanos, en catástrofes relacionadas con plantas nucleares.

UN TRABAJO EN EL CERN

Oficinas del CERN. Foto: CERN

Dentro de las oficinas hay que repasar cálculos. Después vienen una serie de reuniones con otros colegas en las que hay que discutir problemas del detector y gran número de teorías.  La reuniones aquí parecen más bien conferencias.

Los científicos, además de su aportación especializada al colisionador, trabajan en investigaciones personales.

“Como investigador, mi trabajo consiste en estudiar uno de esos bichos a los que llamamos quarks, que son uno de los constituyentes básicos de la materia. Estudiando su comportamiento, podemos accesar a información sobre cuestiones de la simetría de la materia y antimateria del universo y tratar de entender como es nuestro universo”, explica Eduard de la Cruz Burelo, uno de los 11 investigadores mexicanos que actualmente trabajan en las instalaciones del monumental experimento del Gran Colisionador de Hadrones, del el Laboratorio Europeo de Partículas CERN.

Tan sólo un experimento del CERN requiere del trabajo de entre tres mil y cuatro mil científicos. Si tomamos en cuenta que actualmente se están llevando cuatro experimentos además de la búsqueda del Bossón de Higgs, quiere decir que la nómina del CERN asciende a 16 mil científicos, provenientes de todas partes del mundo. México aporta con una plantilla de 40 miembros entre investigadores y estudiantes de posgrado.

Casi todos los científicos trabajan turnos de ocho horas, y de estas jornadas hay tres a los largo del día puesto que el colisionador funciona las 24 horas.

Desde luego, no todos los científicos se encuentran al mismo tiempo.

Eduard planeó su estancia laboral dentro del CERN desde principios del 2012. Y no pudo haber sido mejor coincidencia. Eduard llegó un 2 de julio, para el 4 se dio a conocer la noticia de que habían descubierto los primeros rastros que daban pista de que el Bossón de Higgs andaba cerca. En realidad la comunidad científica ya sabía de estos rastros desde mayo del 2012, pero amén de que todo resultado debe tomarse con altísima discreción, el CERN no emite comunicados, boletines de prensa sin antes un consenso en el que todos los científicos estén de acuerdo.

“Tenemos un sistema interno de revisión que consiste en meses de observaciones y pruebas, que a su vez están ligados a sistema de alarmas hechas a base de focos: amarillo, anaranjado y rojo. Cuando está encendido el rojo es que hemos descubierto algo nuevo. Aunque siempre hay que tomarlo con precaución”, cuenta Eduard de la Cruz Brurelo, mexicano egresado del CINVESTAV, profesor investigador en el Centro de Investigación y Estudios Avanzados del Politécnico y que ha participado en otros experimentos como el CMS y ATLAS: “Poco antes de que se haga un anuncio, la gente que trabajó en esto tenemos que estar informados para entre todos llegar a un acuerdo de lo que se dirá al exterior del CERN, al mundo entero. En ese sentido, uno como participante de estos experimentos, tienes todo el derecho de manifestar si estás de acuerdo o no con los diagnósticos de las colisiones, criticar o proponer, agregar comentarios.”.

Eduard también lo sabía desde mayo. Como era su deber guardó el secreto, pero no a todos. No llegó solo a Suiza, con él arribaron sus estudiantes: “Consideré que era realmente importante que a la luz de un descubrimiento de tal importancia, ellos tenían que estar aquí. Aunque sea un mes” comenta el científico mexicano.

EL CLUB DEL BIG BANG

Gran colisionador de hadrones. Foto: Maximilien Brice, CERN

Para pertenecer a un experimento del CERN, las instituciones, los centros de investigación, tienen que presentar sus propuestas de trabajo a cada uno de los experimentos que existan. Un cuerpo especializado evalúa las propuestas, el interés, el curriculum de quienes envías las propuestas y en un momento dado deciden si aceptan o no los nuevos grupos.

El grupo mexicano está actualmente formado por once investigadores: “Nuestra institución de origen es en México. Luego entonces viajamos de dos a tres meses por año a estancias al CERN que se encuentra en la frontera entre Francia y Suiza. Planeamos, organizamos toda nuestra vida para venir a trabajar tres meses de lleno en la parte que nos corresponde aquí”, explica De la Cruz Barelo.

Casi siempre hay alguien en plan sabático, siempre hay un representante. No obstante, una prioridad, al menos para Barelo, es tratar que sus estudiantes estén en el CERN al menos un año o el tiempo que sea posible con los fondos económicos con los que cuenta.

Aparte de los 11 científicos hay estudiantes involucrados: de maestría, doctorado, gente que está haciendo su tesis. Están en México pero viajan a la frontera de Francia y Suiza a enrolarse en el trabajo que hay ahí desarrollan, así conocen y aprenden.

La idea es que siempre haya al menos una presencia mexicana.

De acuerdo con Eduard de la Cruz: “Hay libertad de escoger tu área de trabajo en estos once mexicanos. La mayoría de nosotros trabaja en la parte que se encarga de que el detector de partículas siga funcionando sin problemas, los sistemas que usamos para reconstruir las partículas que se producen en las colisiones. Y también nos encargamos de investigar la física que nos pueda interesar. Es decir, hay gente que está buscando desde el Higgs hasta nuevas cosas más allá de La partícula de Dios”.

PERO EN MÉXICO, ¿QUÉ ES LA CIENCIA?

Digamos que la mayor parte de los fondos para transporte, estancia, alimentación, proviene del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología CONACYT, a través de proyectos. Como cualquier investigador en México, hay que enviarlos a un comité nacional quién es el que se encarga de evaluarlos. En función de los fondos que logran obtener, se busca la manera de rotar a investigadores y estudiantes para que viajen al CERN.

“A veces logramos obtener fondos de otros proyectos europeos o americanos pero en su gran mayoría es con el apoyo del CONACYT, quien tiene firmados acuerdos con el CERN precisamente para asegurar un mínimo de financiamiento hacia nosotros. Al CERN le importa mucho que los científicos que trabajan en sus instalaciones tengan un respaldo fianciero” explica Eduard de la Cruz Barelo.

La planta de países miembros del CERN está conformado por aproximadamente 28 naciones entre los que predomina una mayoría perteneciente al bloque europeo, principalmente potencias como Inglaterra, Alemania, Francia, Suiza, Dinamarca, Holanda, etc. fuera de Europa son muy pocos los que pertenecen como miembros.

De hecho Estados Unidos no es un país miembro, tampoco es invitado, participa bajo la modalidad de país observador. Observador tiene un rango por encima de invitado puesto que tiene que aportar fuertes sumas de dinero. Otros de los países que participan como observadores son Israel, Turquía e incluso la India. Japón lo era hasta hace poco tiempo pero ya se incorporó al grupo de los miembros.

México y prácticamente Latinoamérica participan en el proyecto del LHC como invitados. Sin embargo esto no implica que haya concesiones bajo esta modalidad. Tiene que haber seriedad y ésta la tiene que demostrar el CONACYT financiando la estancia de los mexicanos en el laboratorio del CERN, y aunque hay mexicanos involucrados directamente en el trabajo de este laboratorio, no están contratados bajo la nómina oficial, por decirlo de algún modo. Y esto es que su estancia no es permanente.

Otros países involucrados a manera de invitados son aquellos pertenecientes al  continente africano como Sudáfrica, Chipre o Marruecos, del lado de Asia lo están Corea del Sur y también países como Australia, Irlanda o Canadá.

“Yo diría que para ser un país miembro del CERN, la cantidad del dinero que aporte tiene que ser sostenida. Lo que pasa es que en México, y lamentablemente es muy común que con cada cambio de gobierno, de administración, o simplemente de director del CONACYT, puede cambiar de una forma radical la filosofía de llevar a cabo una administración. Es decir, no hay continuidad en los financiamientos”, considera el investigador egresado del Politécnico.

Este fenómeno no es exclusivo de México, pero de alguna forma se siente mucho más aquí dado que la cantidad de dinero que se invierte en ciencia es poco comparado a otros países, en opinión de Eduard de la Cruz Barelo “Probablemente a otros países les quiten un poco de dinero por invertirlo en otras cosas, pero nunca se pierde la continuidad”.

En México la cantidad de dinero que se destina a ciencia es poca y cuando llega alguien nuevo, con nuevas ideas  y sobretodo nuevas prioridades, los proyectos ya existentes suelen desviarse, se descuidan.

Actualmente el presupuesto que el actual Congreso otorga a la investigación científica es del 0.03 por ciento del Producto Interno Bruto, muy poco. Por si esto no fuera decepcionante, gran parte de ese 0.03% ya está preasignado. No va directamente a ciencia. Una buena cantidad de ese monto se van a becas para estudiantes, proyectos pre establecidos como es el caso de la exploración espacial en México. No todo del 0.03% queda abierto a un concurso de investigación.

“Una de las cuestiones que yo veo, es que México sigue siendo bastante competitivo. Claro, si comparamos la velocidad con la que se está desarrollando Brasil, India y demás países similares, obviamente no llevarán la delantera (si no es que ya lo hicieron). Pero México tiene ya por muchos años una cantidad de gente que se ha ido preparándose, y en momentos somos bastante competitivos. Yo te puedo asegurar que no veo una diferencia abismal entre nuestros chicos que vienen a trabajar aquí al CERN con los de otro países. Muchos de los estudiantes mexicanos que vienen por acá son contratados por Universidades Norteamericanas o Europeas, lo cual te dice que al menos en preparación y trabajo somos equiparables”, opina Eduard de la Cruz Barelo.

Si bien México invierte en sus estudiantes, en otorgarles becas y prepararlos, no ha pensado en un mecanismo que permita retener a esos estudiantes. Muchos salen a estudiar al extranjero pero si regresan a México no tienen oportunidades.

Eduard de la Cruz lo plantea sin grandes complicaciones: “Además de que no podemos negar el hecho de que estos países, como Brasil o India, simplemente han invertido mucho más dinero en ciencia y es probable que van a desarrollarse mucho más rápido que México, estos países cuentan con una política científica. Aquí esto ha faltado. Una visión hacia donde quieren dirigir al país en cuestión de ciencia. Por ejemplo, en Brasil existe una legislación que indica que si el país compra una tecnología extranjera, se tiene que pagar un impuesto muy grande que se va directamente a la inversión en ciencia y tecnología. Pero si se compra tecnología producida dentro de Brasil , se aplican descuentos y esto provoca que las empresas prefieran invertir en desarrollar las tecnologías localmente”.

Tan sólo en la perspectiva de Brasil de entender la ciencia como un segmento fundamental para el desarrollo de un país, ya nos lleva la delantera.

-¿Estamos a tiempo de alcanzar a la ciencia?

-Siempre estamos a tiempo. Y recuerda que un principio básico es medirse en función de uno mismo más que en función de los demás. Pero no puede ser un pretexto para aceptar el hecho de que países considerados como subdesarrollados se están adelantando mientras México se rezaga. No es que no esté haciendo cosas, digamos que simplemente le falta cerrar el círculo en cuanto al tema de ciencia se refiere”, concluye el mexicano Eduard de la Cruz Barelo.