Moneda por aniversario de docencia. Foto: Óscar de la Borbolla.

De las muchas maneras en las que uno puede instalarse en su vida y vivirla, hay dos diametralmente opuestas, entre las que alterno continuamente: echarse en el mundo cotidiano y preocuparse por todo: desde la buena cocción de los frijoles hasta la política, pasando, por supuesto, por la amenaza del Covid, y otra, en la que el mundo, la realidad que nos circunda, se manifiesta como rotundamente falsa, pues desde ese talante se comprende que el Mundo no es otra cosa que una colección de imágenes que aparecen en la conciencia.

En el primer caso, me aflige hasta el qué dirán de mí y, no se diga las pequeñas intrigas laborales y el dinero, principalmente, por el acelerado ensanchamiento del abismo entre los precios de todo lo que quiero o necesito y mi menguante poder adquisitivo. Cuando me encuentro en esta modalidad tengo la visión clavada en la vida diaria, en el día a día cuyo torbellino me embrutece y no me permite levantar los ojos más allá de lo urgente, de lo imperativo, de aquello que me obliga a reaccionar como si me hallara en mitad de un incendio.

En el segundo caso, satisfechas o, por lo menos, acalladas esas urgencias, me detengo y me pregunto ¿qué es lo real?, ¿y cuál es el sentido de mi existencia? Soy, me digo el resultado de la casualidad; nací aquí, pero bien podría haber nacido en cualquier parte o, incluso, no haber nacido jamás y, sobre todo, ¿para qué estoy?, ¿qué caso tiene todo lo que hago si, haga lo que haga, algún aciago día tendré que morir? En estas ocasiones, la palabra “morir” retumba en mi cerebro no como un estribillo manoseado, sino como un verbo rotundo, contundente, que me provoca escalofríos.

Y siguen las preguntas: ¿esto que pomposamente llamo Mundo es real?, ¿en verdad la imagen que producen en mí mis cinco sentidos, esa representación en mi conciencia, se parece siquiera al objeto mismo cuyas emanaciones capto?, ¿cómo es lo real al margen de mi percepción? Y de nada me sirve que los demás concuerden con mi apreciación, porque una alucinación colectiva no necesariamente garantiza que las cosas en sí mismas sean como las vemos.

Como podrá suponerse, con estas preguntas me pongo metafísico y, desde ahí, me importa un rábano no sólo el qué dirán, sino hasta el qué me harán que, eventualmente puede resultar mucho más peligroso. Pasan unas horas o unos minutos y, de pronto, ya es hora de comer o se me hace tarde para acudir a una cita y vuelvo a clavar mi atención en lo urgente, en lo perentorio, en el camión que se me viene encima y que me fuerza a brincar para salvarme y, por supuesto, soy de nuevo quien grita al conductor una majadería.

Así ha transcurrido mi vida: construyendo aquí, resolviendo aquí, malogrando aquí, y pensando, pensando en los asuntos más profundos, en los temas verdaderamente trascendentales. No envidio a quienes viven siempre en un solo plano.

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@oscardelaborbol