“Doña Rosario traza una línea, un gran reto, y tiene toda la autoridad moral para hacerlo”. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro

Confieso que me dio un gusto enorme que se otorgara la Medalla Belisario Domínguez a la señora Rosario Ibarra de Piedra, a la que tuve oportunidad de tratar y acompañar modestamente justo al inicio de su memorable lucha de todos conocida. Contenido en ese gusto está el recuerdo al Senador sacrificado por la usurpación huertista, lo que hace a la presea una distinción al valor cívico de encarar con la vida misma un momento adverso para impugnar el autoritarismo atroz y la violencia transgresora del derecho a la vida.

El otorgamiento de la medalla ha sido polémico, por decir lo menos, por algunos que la han recibido sin mérito alguno y sólo por la displicencia de un Senado desatento al significado mismo del galardón. A la par de hombres y mujeres de mérito, la recibieron Fidel Velázquez, el “charro” sindical por antonomasia, y el empresario Alberto Bailleres González. Empero, no es la miga principal de este texto. Lo notable ahora, y doña Rosario Ibarra nos deja la lección, es el subrayar que no se ufana del reconocimiento, y mucho menos lo concibe como una justicia transicional, o una reparación por las violaciones a los derechos humanos durante la llamada “Guerra Sucia”.

Su actitud nos recuerda algo doloroso, pero no por ello ocultable: “si vivos se los llevaron, vivos los queremos”, lo que nos trae a la memoria el sacrificio de don Belisario. Fue elegante su proceder: no asistió personalmente a recibir la medalla por razones de salud, pero fue bien representada por su hija Claudia Ibarra, que en su nombre leyó el discurso que en esta ocasión, a diferencia de otras, no se tornó en lo protocolario, lo ceremonial ni lo vacío que suelen presentarse en estos eventos. Cómo no recordar estas palabras que quedarán cinceladas en los anales del Senado de la República: “No quiero que mi lucha quede inconclusa…”, precisamente porque no se acude a la restauración de una herida nacional que aún no ha cicatrizado.  

Palabras fuertes que no fueron obstáculo para tratar a López Obrador como un Presidente y como “querido y respetado amigo”, al que se le exige que la sombra del pasado y la impunidad no pervivan ni se proyecten hacia el futuro. Doña Rosario traza una línea, un gran reto, y tiene toda la autoridad moral para hacerlo; su larga lucha la respalda (cuando la inició, López Obrador militaba en el PRI), y las vicisitudes por las que pasó su hijo se constituyen como en la rúbrica con la que se recibe la presea y a la vez se deposita en manos del presidente, como custodio, para que en un futuro sea devuelta con la condición de que concluya un expediente muy negro que aún nubla al país.

De acuerdo a vieja conseja en materia de premios notables, se sostiene la opinión de que estos ni se buscan, ni se rechazan, ni se presumen. Pienso que la estupenda moraleja que nos deja la acción de la señora Ibarra en la alta tribuna del Senado fue recibir el premio y regresarlo para que se traduzca en hechos que beneficiarán no tan sólo el esclarecimiento de las desapariciones forzadas, sino porque se sienten las bases para desterrar la ancestral impunidad que lacera al país, y en algún momento realizar se restaure la confianza en el derecho y las instituciones. 

De lejos viene distinguir de entre la multitud la magnanimidad de unos pocos. Porque, a final de cuentas, son los fuertes de espíritu, los que a a pesar de saber de las penalidades y los placeres, no se arredran ni se apartan de los grandes peligros, como los que corrió doña Rosario en los tiempos en los que levantar la voz, como lo hizo ella, era arriesgar la vida. Justo como don Belisario. 

24 octubre 2019