Los familiares de víctimas siguen recorriendo los caminos, buscando a los suyos con sus propias manos. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

¿En qué clase de país vivimos?, ¿en qué clase de país vivíamos antes? Estas preguntas y sus respuestas son cada vez más sombrías. Una hubiera pensado que antes todo iba, en términos generales, terriblemente mal y que con la llegada del nuevo Gobierno, todo mejoraría. La verdad es que quienes así pensábamos nos equivocamos garrafalmente. He tratado de ir documentando aquí mi desaliento cotidiano, que no se ha sino ahondado, desde el primer día. La naturaleza del asedio contra todo aquello que los votantes de izquierda como yo privilegiamos, ha sido inclemente. Desde la militarización creciente que ha cedido poco a poco el poder civil a militares, hasta los ataques sistemáticos desde el poder contra aquellos que disienten, cuestionan, critican al señor Presidente, pasando por la destrucción de los fideicomisos que garantizaban la inversión pública en ciencia u cultura, así como el apoyo a víctimas de la violencia. Estoy completamente segura que si la mitad de las cosas que han ocurrido estos dos años las hubiesen hecho los expresidentes, el Gobierno se habría enfrentado a una férrea oposición de izquierda; ya hubiésemos salido a la calle muchas veces, ya hubiésemos llenado muchas plazas. Los caricaturistas e intelectuales no bajarían de “fascista” al Gobierno y ya se habría pedido la renuncia del Presidente. Las redes estarían llenas de insultos y memes, la familia del Presidente sería motivo de escarnio. Aún no entiendo cómo es que todo lo que ha ocurrido este año fatídico no tiene protestando a todos en las calles o por lo menos en las redes, los que antes protestábamos, quiero decir. Muertos por la violencia sigue habiendo, por ejemplo. Masacres, también. Los militares están en las calles con muchos más poderes que antes. Ya nos acostumbramos, en muy poco tiempo, a ver a generales en conferencias de prensa como actores políticos. No, ya no nos mueve al asombro. Ya nos acostumbramos también a que prácticamente todos los días el Presidente del país desacredite a la prensa, a medios y columnistas que le son adversos. Su lenguaje ya no nos sorprende ni indigna “prensa inmunda”, escritores, científicos, mujeres, víctimas, defensores de derechos humanos, “corruptos”. Muchos de los cuales eran aliados de López Obrador, o eso creían. Muchos votamos por él. Le creímos o quién sabe qué creímos, ensoñamos, esperanzados ese dos de julio. Queríamos un país más justo, más equitativo, un cambio que pudiese generar mejores condiciones de vida para todos, mejores empleos y salarios, mejor educación, salud, una ampliación de derechos y del Estado que había abdicado de sus responsabilidades. Una cultura más rica, más plural, menos centralista y palaciega, más creación de públicos, más acceso al arte y la cultura de todos.

Pero resulta que los pobres se mueren en sus casas por una enfermedad que pudo controlarse si se hubiesen destinado recursos para ello, que no tienen trabajos ni dignos ni de ninguna especie, que el Gobierno prefirió adelgazar el Estado a cambio de limosnas a algunos. Nada de derechos efectivos, sino dádivas que no sacarán a nadie de pobre, acaso aminoren en algo sus pesares. Los ricos seguirán siendo ricos, los empresarios amigos del Presidente seguirán explotando a los pobres hasta la extenuación y la muerte, mientras los pobres son oprimidos por el mismo sistema que les cierra todas las puertas, si acaso se ocupa de que tengan camas donde lleguen a morir. Eso sí, ahora están obligados a estar felices, conformándose con lo que tienen, nada de aspiraciones: un par de zapatos, un trapiche. El reino de los cielos los espera mientras construyen sus propias escuelas y caminos o esperan medicamentos que nunca llegaron para sus hijos enfermos. Los familiares de víctimas siguen recorriendo los caminos, buscando a los suyos con sus propias manos porque no hubo, no hay autoridad que lo haga por ellas, les dé certeza y justicia a su pérdida. Las mujeres siguen siendo asesinadas impunemente y volvieron a tener que cuidar a sus hijos porque desaparecieron las guarderías, el Presidente no puede recibir a las víctimas en los caminos ni en Palacio Nacional porque agreden su investidura y la mayor inversión cultural del sexenio regresó al corazón arbolado e hiperelitista de la Ciudad de México, bajo la batuta del artista beneficiado por el foxismo. Los estímulos a creadores ahora los determinan personas sin conocimiento de las disciplinas, mucho más discrecionalmente que antes. La categoría de cuento, del programa Jóvenes Creadores que goza de una tradición excepcional en la literatura mexicana, se le entregó a un emprendedor que escribe libros de superación personal. La editorial más importante de Latinoamérica, el FCE, abomina la poesía porque no vende, no es rentable, y su director, mientras publica a sus amigos sin comités editoriales, conmina a sus enemigos a irse del país o quedarse callados. El Presidente se concentra en sus enemigos, todos, todos los días. Ya nos acostumbramos. La gente piensa que es natural en una democracia que el hombre más poderoso de México, insulte a un escritor desde la tribuna presidencial abusando de su poder y luego a otro y otro o a un periodista, o a feministas o a quien le parezca que hay que denostar, no, ya no nos sorprende que sus subalternos hagan lo mismo, también, en su función matutina. Poco a poco, sutilmente, comenzamos a olvidar partes del rostro de la democracia, comenzamos a olvidar su lengua que se va desvaneciendo mientras aceptamos la neolengua atrabiliaria y facciosa del Presidente, con la que justifica, todas las mañanas, que no se gobierne para todos sino únicamente para “el pueblo”, que cada día luce más despoblado. Mientras, van desapareciendo, entre la soflama y el ruido, los anhelos democráticos que lo llevaron al poder.