La Resistencia. Foto: Especial.

Los eventos se precipitan e incluso se atropellan

y la política se convierte así en una bomba de tiempo.

La inercia comienza a perder su poder de resistencia

que suele facilitar los reajustes y reacomodos.

La amenaza del desplome ya no es un mal agüero

o una hipótesis exagerada, incluso catastrófica.

Demasiados hilos están rotos, sueltos.

Diversas capas del entramado cotidiano se friccionan

y comienzan a tensarse:

lo económico se debate entre la incertidumbre

y sus contradicciones a flor de piel:

la pesada losa de la desigualdad,

el resquebrajamiento de sus modelos de consumo,

la complejidad astillada de su binomio con la política

y sus grilletes adquiridos con el crimen;

busca cuidar al menos la apariencia de que el mal tiempo no tarda en pasar;
lo social por su parte, se congestiona

cada vez más de malos augurios;

un ánimo agrio nos sumerge en confrontaciones estériles,

que aumentan la irritación creciente

donde se apunta más a las rupturas múltiples

que a una cohesión necesaria;

el temor es una pandemia paralizante

que se suma a la erosión de la salud colectiva.

 

La política se encuentra atrapada

en la resonancia de sus fantasmas

que impiden un mínimo de renovación vital;

los cadáveres se apilan en sus veredas

y no encuentra un camino cierto.

La propaganda tarde o temprano

se incendia a sí misma

y el tiempo consumado

sin retorno,

será la pérdida

de otro capítulo de la historia.

 

 

Arden los ojos al contemplar

el denso amanecer de la República

cuando despierta cada día

cargando más peso en su hinchado vientre.

Hay un tufo que se propaga

y pareciera advertir de los sin sabores que nos rodean;

ciertamente el espectáculo comienza a ser frustrante,

la abyección se apropia del discurso público,

tanto como el odio,

los balances mínimos desaparecen.

 

Las armas, se sabe, son muchas

y están ocultas en los jardines públicos y privados.

Se pretende seguir caminando por un laberinto

que se estrecha y no tiene salidas de emergencia.

Se ignoran los signos de toda naturaleza que coinciden en tiempo

para expresar una interrogante mayor,

la advertencia de una alerta inédita para la nación misma y su destino.

No se escuchan las voces sensatas,

ni se comprenden los sucesos de toda índole

que nos redactan una frase: ¡aguas!

fíjate bien por donde caminas México.

 

Los anhelos se acotan a la sobrevivencia misma.

La ciencia ficción,

aquella cuyos guiones exaltan las pesadillas de la humanidad,

adquiere carta de naturalización en nuestro país.

Las señales de la naturaleza, sus ritmos golpeados,

sólo se agregan a esta cadena de infortunios

que nos obligan a despertar.

Es imprescindible evitar que esa siniestra dinámica

ataje las opciones posibles y necesarias

para que la nación se reencuentre

en su palpitar creativo y en su tradición generosa

al asumir con sabiduría

los desafíos de nuestras diferencias y pluralidad.

 

Atravesamos un siglo XXI,

urgido de ejercitar una pausa civilizatoria

donde la pandemia de la COVID

puede ser el preámbulo de la misma,

si se saben leer los tiempos

más allá de ideologías

y sus madejas de enredos petrificados.

 

Encontrar el ritmo requerido no va a ser tarea fácil

pero no hay de otra, es lo que está roto,

y mientras no lo repongamos

el desastre será mayor en todos los ámbitos.

 

Volver a respirar humanidad

desde la parcela de cada quien

en el planeta que nos sostiene a flote

dignificando nuestra pequeñez

ante el infinito.