¿Dónde queda entonces el malestar de quienes están sin empleo, sin dinero, sin amigos, sin familia, sin hogar, sin libertad? Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

La Navidad es una festividad cristiana marcada por la generosidad frecuentemente dormida y metamorfoseada en el diario devenir de las pequeñas cosas que a diario a todos nos ocurren.

Es una fecha emblemática donde salta, casi siempre, lo mejor de cada uno de los seres humanos. Son tiempos de dar y recibir; de reír y abrazar, compartir y gozar, llorar porque es una época emocional. Un momento de comunión en el trago y ese pavo con olor a intimidad.

A familia y recuerdos, por los que están y los que se han culminado su tiempo terrenal. Encuentro además con quienes regularmente no vemos el resto del año. Un tiempo de regalos y parabienes hoy multiplicadas en estampitas luminosas con textos amorosos, sutiles, buena onda.

Es cuando hasta al mayor desconocido le deseamos una feliz Navidad en un gesto de amor racionalmente incomprensible y que nos brota de una rutina con tintes mercadológicos, de una mercancía existencial que sentimos necesidad de regalar con nuestra mejor sonrisa.

Aquella sonrisa, que nos deja después de cada felicitación y abrazo palpatorio, la sensación de una sensación espontánea, plástica, irrelevante.

La Navidad es el brindis que borra momentáneamente los malos recuerdos de la memoria. Los lastres de una sociedad que se consume en la violencia cotidiana. Y donde frecuentemente las lágrimas son sustituidas por la risa y el abrazo fraterno.

¿Dónde queda entonces el malestar de quienes están sin empleo, sin dinero, sin amigos, sin familia, sin hogar, sin libertad?

La ausencia de quienes fueron arrancados de tajo en las sombras de este país. Si, esos más de 32 mil homicidios dolosos y otras tantas decenas de miles desaparecidos, o más, que solo en este año huelen a sepulcro clandestino, a tierra o agua, a rastreo y olvido.

Aquellas familias que en esa noche bendita lloraron a sus deudos arrancados por la violencia y otras que en un acto de esperanza dejaron la silla vacía del hoy ausente.

Y, que al final de esa singular cena familiar, con el olor al pino en la atmósfera sus miembros se fundieron en un abrazo largo de apoyo mutuo ante la mirada interrogante de los menores.

Con el aire contenido en los pulmones nuevamente caminan hacia un destino desconocido, incierto, inseguro. Es la vuelta de la madre, la hermana, la esposa o esposo, la hija, a la habitación del ausente donde quedó su cama, su sábana, su ropa colgada, unos cigarros, un encendedor, un cenicero.

Una foto del desaparecido con una imagen plena de vida, esperanzadora por un futuro que estaba a la vuelta de la esquina y que alguien le impidió realizarla.

Pero, ojalá, sólo fuera la ausencia del ser querido, está también el miedo que se metió a los huesos de la familia, la fragilidad y el terror ante lo desconocido o los desconocidos, que pueden volver aparecer en cualquier momento, cómo una sombra en medio de la noche. Es vivir con la ausencia y el miedo ante lo impredecible. Al zarpazo instintivo que lo alcanza todo.

Y es el vacío que genera la otra ausencia, la de la llamada “violencia legitima” del Estado, que no termina de ser eficaz. Que frecuentemente ni es legítima, ni ilegitima, que nos pone a todos en el limbo del desamparo.

Y nos sitúa frente a los agentes de los poderes fácticos venidos desde las sombras de la impunidad. Esos poderes que son capaces de levantar a cualquiera, capturar una ciudad incluso las mismas instituciones del Estado.

Acaso, un escudriño rápido de nuestras ciudades, ¿no nos arroja inmediatamente que detrás de los poderes formales está vigilante el llamado poder paralelo?

El que invierte en campañas electorales y pone representantes en todos los niveles del poder político a golpe de asesinatos, conminación, exclusión.

De ese tamaño están las cosas y eso explica la gran inseguridad que hemos alcanzado en todo el territorio nacional. Y es cuándo el discurso político, el que se sintetiza en la máxima de “abrazos no balazos”, que a muchos no parece gustar la crítica por su carácter simplificante, reductivo, de una política pública que muy a pesar adquiere su más viva manifestación.

Es la expresión de una derrota anticipada, sin sentido en una sociedad lastimada, alarmada, con el San Benito en la boca. Que no gusta porque sin ella aparentemente no tenemos futuro. Cierto, pero tampoco, presente.

Las cifras de este año son especialmente escandalosas. Rebasan todas las anteriores y eso es un mal augurio de los años por venir producto de la incertidumbre económica de crecimiento cero en 2019.

Que eleva el riesgo entre los jóvenes y eleva los incentivos para estar del lado contrario a la sociedad y eso complica más el futuro de todos. Dificulta aún más el trabajo de las instituciones de Gobierno, pero sobre todo de los miembros de las organizaciones de la sociedad civil y la gente de a pie.

Y en esa circunstancia adversa, reduce las posibilidades de recuperación de quienes han sufrido el golpe artero del homicidio o el levantamiento sin más entre gritos desesperados sin audiencia. Más que el poder de poder hacerlo impunemente.

Vivimos “tiempos de asesinos” tituló alguna vez Henry Miller una de sus obras más emblemáticas y a eso habría que agregarle de desamparo colectivo. De incapacidad de las instituciones públicas. De complicidades como las que ha mostrado fehacientemente el caso de García Luna que antes de alegrarnos su captura nos invade la desazón de sabernos expuestos a ser víctima por algunos que por ley están destinados a cuidarnos.

Viene a mi memoria esta imagen, tan cercana, por ser de Mazatlán, la del agente de la FGR que fue sorprendido con otros individuos incinerando a su padrastro en un descampado.

Aquellos que debieran garantizar los mínimos de seguridad e impidan una mayor lastimadura y reducir el agobio de sentirse inseguro, de estar al alcance de cualquiera que tenga un arma en mano y dispuesta a volverla a usarla en contra de esa sociedad, la nuestra.