“Ese es el regalo que le harás a tu vida”. Foto: Cuartoscuro

Por Antonio Calera-Grobet y Melisa Arzate Amaro

Nota:
Queremos aprovechar la coyuntura de la fecha para ponernos a pensar, a hacer una propuesta de reflexión individual hacia los otros, que devenga en práctica comunitaria de comparecencia amorosa y francamente libertaria. Bajo un techo arbóreo y venturosamente estrellado, nos sorprende la angustia del advenimiento de la pesadilla goyesca, la terrible posibilidad mortecina y el horror del final que, en seres bucólicos se vuelve adictiva. Nos ponemos a pensar en la muerte, en la del año calendárico y en la de nosotros mismos que somos tan tristemente perecederos, tan frágilmente efímeros y tan cortos de tiempos y de miras. Porque sea que te halles en el paréntesis de la juventud, o bien adultez o la vejez, todas las reuniones deberán ser consideradas como las últimas. No sólo porque uno no sabe ni sabrá nunca cuándo se irá (de cáncer agresivamente ocupa, en grotesco accidente automovilístico, nimio de tina o tropezón de escalera, común y corriente paro cardiaco), sino porque en este país mínimamente te matan como si pasara un pájaro, cayera una hoja.

Veámoslo de cerca. Sabemos que los ministerios de escritorios y peritos de sillas rotatorias con las vestiduras gastadas no harán nada en pos de lo justo. Porque “los sueldos no les alcanzan”, dicen, y porque ninguna señora Justicia ha pasado por aquí. En estos parajes la única ley es individual, natural, la del menor esfuerzo y la del pecunio a cambio de a duras penas abrir un expediente que se convierta en altero de forraje en oficinas, serialidad del delito, módulo y repetición de fotografía contemporánea que ni siquiera se embellece al convertirse en impresión sobre plata. Puro diario rojo. La gelatina es la que corre por las venas de quienes creen que gobiernan porque aquí ya no hay estado ni nación, mucho menos patria idealizada en portada de texto gratuito. Nos matan. Dejan que nos maten.

Y apenas se escribe esto en la página y correjimos. Sí, bajo el amparo de un holocausto cotidiano con la argamasa de la corrupción y las más complejas formas en que se ha cuajado el infierno sobre la tierra, en este país muere su gente al respirar. Nos están matando al aire libre, por deporte, a discreción. Con cinismo. Tantas muertes hay aquí como si estuviéramos en guerra con otro país y para muchos deberíamos haber sido ya intervenidos por la Organización de las Naciones Unidas. Sí, nos caemos como fichas de dominó. Eso lo sabemos cuando volteamos al salir para todos lados, al apretar el esfínter, cuando nos asomamos por las ventanas para revisar que no hayan entrado a nuetras casas, al menos no estando nosotros ahí, cuando vamos apurados y temerosos por cualquier camino desde que abrimos el ojo hasta cerrarlo, extenuados. Incluso cuando dormimos. Damos en el sueño gracias a no sabemos qué dioses porque no nos hayan quitado lo que portábamos, ganado con esfuerzo, pero al menos no nos fue arrebatada la vida que es lo único que de verdad tenemos. Si eso se llame así.

Correjimos porque debería escribirse aquí que si bien, así, en un tris uno pierde la vida en lo que sigue siendo un hermoso país aunque de nuestro ya no tenga nada, debería también decirse que no se muere casi nunca por la vía de la misericordia, rápida y dignamente, como despacho. No. Aquí, medievales nuestras maneras, la muerte es bronca, vulgar, y se muere secuestrado, golpeado, torturado, violado, descuartizado o decapitado, para nunca más volver a ser cuerpo unido, reconocible o, en tantos casos, aparecido, un muerto en concreto con nombre y apellido, familiar de otros vejados. Hasta se borran al soterrarnos, al escondernos o esparcirnos, las huellas de nuestro paso por el mundo. Aniquilación absoluta. Y habrá que hacer una pausa, larga y necesaria, para recalcar que en esa guerra la probabilidad aumenta si se es mujer, la acometida de la violencia es mayor y la cobertura mediática, por indicación oficial, reducirá la tragedia a crimen pasional, revictimizándola como si de ella aún quedara algo. Por decir lo menos. Sabemos de la ignominia y el oprobio.

De manera que en este estado casi de entredicho de la vida misma, de desazón filosófica por la posibilidad real de la muerte repentina, de la discontinuidad para millones del imperio de nuestras pulsiones y deseos, su súbita desaparición, habría que ir tomando algunas decisiones. Es por eso que nos ponemos graves en estas fechas, no por pesimismo gratuito o malestar por el milenarismo secular de lo propio decembrino. Proponemos, entonces, a quien ha llegado hasta aquí sin abandonar la lectura por parecerle pesimista y ajena al villancico de la época, el siguiente empeño, apretón de manos. Que sin importar su motivo, causa de festejo, los qués de cualquier congregación en torno a una mesa y su fuego, deberá ser pensada y gozada desde una vivencia que se planteé como una posible última para regodeo hinchado de la vida sobre sus rieles, sin cortapisas, sin muñones o muletas, temores o rubores por más virginales y genuinos estos sean, en pos del derecho natural por decir lo que se quiera decir, hacer lo que se quiera hacer.

Ahí, arropados por otros en el mismo cadalso, compañeros de viaje en esta nave de los locos que intuyen tristemente lo que nosotros, deberemos de querer, deberemos de amar, al fin y ante todo, pese a esto que nos mutila, como cada quien lo sueñe. Sin impedimentos ambientales o del interior: o bien como el primer día del resto de nuestras vidas, o como el último en el que habremos de vernos y tocarnos, la oportunidad final en que habremos de hilvanar juntos la urdimbre de un relato.

Y cuando estemos en esa última cena, en comida y bebida porque así lo decidimos y se amerita, distendiendo los músculos de lo habitual y cotidiano borroso por medio de la gula y la soltura de todos los amarres del placer, no irás, querido lector, no iremos (no porque resulta atrozmente falaz, demora la llegada de ti a ti mismo y por ende al corazón profundo del otro), al pasado cuando se trate éste de un escenario para la justificación de tus, nuestras miserias, ni como un pretexto para anclar en él el origen de nuestras limitaciones, causas de nuestro deterioro. En todo caso, irás, querido amigo, a ese pasado para justo buscar en él lo contrario: saber de dónde viene tu justicia, tu radicalidad inherente sólo a ti y por la cual los demás te vindican. El pasado como oasis protector de lo que eres con toda la fuerza, para beneplácito de los hombres, tus seres queridos primero. No hay nada en el pasado que nos interese más. No traeremos al presente, que tanto nos costó iluminar, vestir, embellecer, citar y acometer, a nadie que no lo merezca. Mucho menos a los que fueron infames, a los que salieron de nosotros porque era justo y necesario, a quienes defenestramos de la nómina de nuestras vidas por su mediocridad o por ser saqueadores, ladrones de la alegría cuando les confiamos un quehacer de amor y creación de belleza. A la mierda. No más vivirán de gratis en nuestra cabeza. No existe nada tan importante como para distraernos de lo que estamos amando (¿armando?) del instante, nunca más invitados a eso que nos es obsequiado por el misterio de la vida, como promesa de verdad. Todo lo que no esté en tu misma trinchera será visto como amenaza y herida potencial pero con un cuidado: que el estado de guerra en que vivimos nos obligue, antes que nada, a combatir los demonios dentro de nosotros mismos. Ese será el calibrador, el cernidor que nos ayude a saber de trigo y cizañas.

No hablarás más de los defectos o los errores de otras personas, y por lo tanto tampoco de las vicisitudes que te hayan hecho pasar, los agravios ya aplanados de esas historias que tanto te quitan el tiempo de la luz. Porque lo que no hay, par, reflejo de mí mismo, ser querido a la lejanía, lector de este extravío, es justo, tiempo que perder. No hay necesidad de aplazar más la llegada a nuestro propio puerto. Ya por eso hemos perdido casi todo. No más. Habremos que concentrarnos en las dianas y no en los destapacaños. En las flechas y no en los guardapolvos. No en los reposets sino en las plataformas de despegue que son los pequeños trampolines que nos impulsan, nuestros pequeños saltos al vacío, que si apuramos el pensamiento y despejamos la mirada, nos daremos cuenta de que hemos dado muchos saltos, todos los necesarios para estar con estas ansias de estar vivos. Estar presentes hoy, tócate, mírate al espejo, nos convierte en sobrevivientes de una cruenta batalla donde el enemigo puede hacerse pasar por cualquiera. Piensa en ello y discierne, decanta. Habremos, pues, de congraciarnos y estar, sin demorarnos en la lamentación o la mentada autocompasión. Ser y estar en luz. En apremio de luz. Ansia de luz. Sí, es cierto, nos han carcomido casi por entero y sin andarnos por las ramas del chismorroteo como plañideras que se duelen enormemente por todo cuanto han sufrido, casi que no nos sentimos vivos. Por eso mismo consintamos: nos hemos olvidado entre tantas palomitas de ser, entre tantas alitas de pollo de la existencia, nosotros otrora dioses. No más. Nos queremos a todos justo y a tiempo. Basta de dilatarnos en lamentaciones, extrañamientos y falsas conmiseraciones. Es aquí donde estamos: caro todo lo que somos, en peso absoluto ya olvidando a los nefastos y construyendo a partir de las fiestas que queramos ritualizar. No es tiempo ya de quemar las naves, sino de fabricarles un sistema de poleas que se conviertan en alas que transformen al submarino en transbordador espacial: al fin que ya sabemos que son igual de inmensas las constelaciones que las medusas y mantarrayas.

Y es que, repasemos concienzudamente el menú de nuestras charlas como reflejo de nuestras ideas para darnos cuenta de que vamos repartiendo codazos, sorrajando bostezos al decirle al otro cómo es que estábamos llamados a la gloria y, por un chicle pegado por el destino en nuestro zapato, ya no fuimos salvo el remedo de ello. Escuchémonos llorar en los hombros del otro al recetarle todo lo que no pudimos hacer porque nos fue hurtado a nosotros tan puros, fuimos mentidos y nuestros errores son los menos y los más pequeños, en lugar de arremeter en pos de una suerte máxima, alcanzar la cima de nuestro Klimanjaro. ¿Acaso no nos mentimos nosotros, no engañamos y no nos corrompimos con nuestro propio engaño? Aunque nos neguemos a aceptarlo, en el resquicio más profundo de nuestra conciencia, si es que aún la tenemos, sabemos que sí. Pero es más fácil y menos pornográfico volvernos mártires afectados que parrillas, flechas, espadas o simplemente un orgulloso pero real petardo. No más sonrojemos al otro con tales artimañitas, tamañas cloacas de ardides y falsas realidades. Sigamos mejor hacia adelante porque el camino se abre ahí, por periodos de luz, a la espera de que lo acometamos. Son esos haces de luz los que vuelven áurea la vida, los que anuncian el rompimiento de gloria de la existencia verdadera donde la gracia es lo que se hace con el pensamiento a cada día. Ese es el pan que buscamos como dicha. La luz que se asoma entre los helechos de lo que viene. Hay ahí, aquí, más de lo que pesamos y eso debería bastarnos para tomar el kayak y hacer nuestros los ríos del porvenir.

Habla de lo que eres, es decir, de lo que te gusta, de lo que quisieras que te gustara, de lo que quieres hacer mañana apenas se asome la grandiosa realidad de que no te has muerto, que no te han matado como estabas seguro sucedería, tal y como sucedió a otros y los suyos, tan iguales a ti en sus limitaciones, al doblar la esquina de sus tareas, sin deberla ni temerla. Ahí, en el dedo índice apuntando hacia adelante, caminando en gerundio, es donde están los grandes cobertores, la electricidad del ser y su calor. Limítate hacia adelante, no hacia atrás. Es decir, no te hagas de cobertizos para la guarecencia de tus trabazones. Por el contrario, enciende tu velocidad y avanza sin mirar atrás desde las potencias de tu cuerpo. Apunta hacia el lado opuesto, en donde no tengas trabas, ni vallas, ni digresiones. Sé una magnitud y no una mojonera, un vector y no una gasolinera para comprar donitas azucaradas para inflarte de historias de oropel. Basta de eso de la levadura, de la tonicidad mentirosa de tus músculos. Bien que vendría, pensémoslo con humildad, sabernos deteriorados, defectuosos, colindantes más con el fracaso que con el éxito. Porque cansa (¡cómo no habría de agotarnos!), eso de andar por el mundo sintiéndote que sabes todo, que a todos enseñas, que eres el científico y el artista más sabio y bello, apolíneo y dionisiaco, presto a resolver con su sabiduría y máximas modalidades las turbias, parcas, cojas vidas que lo rodean. No más semejante barbaridad, no serás más tal monstruo supurante de baba egotita. Por favor, dite que ahí vas, que apenas vas alzando la cara, que eres poroso y tus llantas se deben de inflar, que debemos cargarnos de combustible de amor en cada parada, necesitamos brindarnos aire. Bríndate un descanso y bríndate a los demás como un espacio para la cocreación, la aculturación, sé la posibilidad de un hogar para una segunda o tercera revolución educativa de tu ser. No como partitura cansada que se ha convertido en sonsonetes y estribillos bajos, bajos, realmente bajos en su variedad tonal. Mejor una paleta de pintor sin grisallas, reventón technicolor en vez de escala de grises que se advierten, tal y como un cineasta contemporáneo, al filmar en blanco y negro, como una medianía o una mediocridad decidida. No decidas por ahí pues, habiendo tanto bosque. Ni siquiera es así de monótona la nieve, ni siquiera el desierto o la niebla. Ni siquiera una piedra. Es hora ya de ser un espacio, de abrirse a la posibilidad de ser habitado por las ideas, los pensamientos, los encuentros y las proyecciones de lo que aún es posible porque seguimos con vida, cuando menos mientras leemos y nos contamos historias, nos sabemos, por otro, en ellas. Mucho hemos hablado de la mesa y de la comida: entonces seamos ahora la tabla, el mesón caliente, la masa de pan, el alimento nutricio del alma, para nosotros y para quienes amamos porque ese es nuestro verdadero derecho, el de amar sin descanso a los que quedan a nuestra embarcación, en nuestra hoguera que es horno de cocción y calentador de cuerpos que se sonríen a pesar del desencanto.

Y algo más. Quítate los lastres, líbrate, libérate de todos los pesos muertos, ahora mismo, hic et nunc, en este preciso instante: záfate ya. Presto a partir. Porque hay dos maneras de hacer escultura. Una, sumando sustancia en donde no la había para luego darle forma, hacer aparecer una pirámide, incluso una invertida que desafíe las apuestas de los incrédulos y obtusos que no pudieron más que construir sobre los basamentos de lo que ya estaba, sin imaginar la posibilidad de que en la heterogeneidad hubiera una mezcla magnífica como una salsa o un caldo, potaje de relato hirviendo. Otra, teniendo una sustancia dada y descubrir, devanándola, lo que había adentro de ella: un David. O un Goliat, en donde ya sabemos quién gana según su historia, el personaje que quiera ser.

Los seres humanos hacen a lo largo de su vida, de sus primeros años a los 25, de los 25 hasta unos más, la primera manera de esculpir. Acumulan experiencia y sueños. Luego, de los treinta a los cincuenta, habrán de quitarse de lo que les sobra, tirar a la basura los pelos de su lengua, los ademanes afectados del cínico o el charlatán que dice que no ha sido porque no le dejaron. Y en ello se habrán de ir, claro, humanos que en verdad desmotivaron, hicieron daño. Falsos maestros, falsos amantes, falsos prospectos de sustancia para moldearnos en el torno de los días, en torno al fuego de nuestras mesas. Esos, los mentidores, los gesticuladores coronados por su sombra, no tendrán, por caridad, homenaje a la vida en el día de hoy. Patéalos fuera de tu casa con la misma decisión con que cometieron, robaron, te quitaron de ti en su absoluta ingeniería empresarial del timo, la cortina humeante de su baba. Se irán por la puerta de atrás. Se irán del amor por la humanidad por ellos mismos, por el ritmo de sus melodías tan tristemente inhumanas. Quizá alguno de ellos, de esos que se ajuarearon con la retórica y el engaño, nos lean ahora: sabrán entonces que quedan fuera, de esta y de todas las vidas donde el código sea el de la verdad, la libertad y el amor.

Así, mira. Que en las últimas cenas que serán desde ahora todas, no tienes licencia para no pasarte revista, para no sonreír y cantar. Cantar para olvidar y danzar de nuevo. Habrás de ponerte al centro, artista tú y no otros, de lo que sientes y sueñas. Menos te sentirás con derecho de torcerte, en la procastinación bárbara de lo que importa. Cometerás con los pares la fuga desde las costas hacia los destinos inciertos en donde haya nueva lluvia, nuevo sol. Ahora: come pescado, come ese cerdo divino y abraza, abraza a los tuyos como si fueran a morir, como si no hubiera mañana. Ese es el regalo que le harás a tu vida. Vivirla sin demora, sin mentira, vivirla hasta el día de mañana en que habremos de cerrar la puerta para convertirnos en tierra de porvenir, serenos nos convirtamos en el puro arte de la agricultura, la siembra de la poesía y la libertad.